El Bernabéu pierde la paciencia con Florentino y Mourinho
La temporada 2026/27 del Real
Madrid se ha roto antes de que el calendario marque el otoño. Tras la derrota humillante que abrió la cuarta parte del seguimiento más largo del club en la red, la afición no discute un partido: discute un proyecto entero. El diagnóstico que recorre las páginas es demoledor y tiene un nombre propio,
Florentino Pérez, al que se acusa de haber convertido la planificación deportiva en un ejercicio de obstinación senil. La venta o el regalo del club planea sobre cada mensaje como una amenaza de fondo.
El detonante inmediato es el regreso de
Mourinho, presentado como el último baile de un presidente que ya no admite réplicas. Pero el malestar no se queda en el banquillo: apunta a una plantilla mal construida, a renovaciones inexplicables y a un vestuario que se cae a pedazos. La liga, dicen varios, está «terminada en septiembre», y no por mérito propio.
La planificación que nadie defiende
El argumento más repetido no es el juego, es la gestión. Se sostiene que el club lleva
cinco temporadas en blanco y que esta es solo la tercera de la travesía. La crítica apunta a una política de fichajes errática: extremos, laterales y veteranos libres mientras las posiciones clave siguen sin cubrirse. La renovación de
Vinicius hasta 2032 aparece como el símbolo de todo lo que va mal, una decisión que se atribuye a la terquedad del propietario y que se califica sin matices de error mayúsculo.
Hay quien va más allá y describe un club «hundido en la mierda» institucionalmente: un presidente que monta un pollo con un periodista del ABC y amenaza con darse de baja, jugadores que se agreden en el parking, casos de conducción bajo los efectos del alcohol y tramas judiciales que salpican al vestuario. La conclusión que se impone es que el problema no es táctico, es estructural.
Mourinho, entre el talismán y la marioneta
El portugués genera una división que atraviesa todo el material. Para unos es el único capaz de imponer disciplina en un grupo de millonarios sin hambre; para otros es un entrenador marioneta que ha aceptado el cargo sabiendo que no puede tocar a los intocables. La gestión de
Vinicius y Mbappé se convierte en el test definitivo: se pide que siente a uno de los dos, o a ambos, y que apueste por un nueve de verdad.
La irrupción de
Espinete —cuatro goles en 43 minutos, según el recuento que circula— reordena el debate. Cuando el equipo ha jugado con un delantero centro y gente con ganas, ha ganado. Cuando ha dependido de los nombres, ha naufragado. La pregunta que flota es por qué el entrenador tarda tanto en verlo.
El relato arbitral como coartada
No todo el mundo compra la tesis del atraco. Una corriente sostiene que culpar al
sistema arbitral y al VAR es la coartada perfecta para no reconocer una planificación deportiva desastrosa desde el verano de 2024. «Es mucho más fácil decir que la culpa es de los árbitros que reconocer una lamentable planificación», resume una intervención. Enfrente, otra corriente defiende que el trato de favor al rival catalán es tan escandaloso que distorsiona cualquier análisis técnico.
La polémica se extiende a las expulsiones, a los penaltis y a la comunicación del club, con
Real Madrid TV en el centro de la diana. Unos piden denunciar cada semana; otros creen que el victimismo mediático ya no cuela.
El vestuario, señalado sin matices
El tono se degrada cuando la conversación entra en lo personal. Una parte de los mensajes cruza la línea y convierte el debate futbolístico en una sucesión de descalificaciones hacia los jugadores por su origen, su color de piel o su actitud. Esa deriva, además de ilegal, empobrece el análisis: reduce un problema de gestión a un prejuicio. El artículo no la reproduce. Lo que sí queda es una crítica legítima a la falta de compromiso, a la ausencia de jerarquía y a un vestuario que, según varios, está «más o menos bien avenido» hasta que llegó el fichaje más caro de la historia.
El dato que descoloca
Entre tanta bronca, un cálculo se abre paso: para el 98% de los equipos del mundo, un partido como el del último encuentro sería lo más épico de su historia. Para el madridismo, es «que nos regalen Aqua Velva por Navidad». La exigencia no admite matices y el margen de error es cero. Con el Bernabéu pitando al árbitro y no a los suyos, la pregunta ya no es cuándo se arregla esto, sino cuánto tarda en romperse del todo.