El Madrid de Mourinho arranca sin centro del campo y con un fichaje récord
La temporada 2026/27 del Real Madrid empezó oficialmente este verano con dos certezas y una duda. La certeza es que Florentino Pérez vuelve a presidir el club tras las elecciones y que José Mourinho ha regresado al banquillo blanco. La duda, enorme, es cómo un equipo que lleva dos años sin suplir a Kroos y Modric y sin fichar un delantero centro de verdad pretende competir. El debate de aficionados que ha acompañado a esta temporada deja un retrato incómodo: ilusión por el retorno del entrenador portugués, desconfianza hacia la política de fichajes y un runrún creciente sobre el futuro financiero de la entidad.
El punto de partida es una plantilla reconstruida a trompicones. Según los participantes en el debate, se ha oficializado el fichaje más caro de la historia del club, un jugador considerado semidesconocido que, según quienes siguen el día a día, no arregla ninguno de los agujeros estructurales del equipo. Llega por una cifra que, según esa misma versión, supera todo lo pagado antes. Al mismo tiempo, la venta más evidente de la plantilla —la de un futbolista con mercado— se ha quedado en nada: se le ha renovado hasta 2032 con un contrato al alza.
Casos como el de Bernardo Silva, que llegó libre y a petición expresa del entrenador, ilustran el patrón: fichajes puntuales, algunos gratuitos, sin la cirugía de fondo que reclama la afición más escéptica.
Mourinho, el hombre que debía poner orden y no lo hace
El regreso del entrenador portugués se leyó al principio como un puñetazo en la mesa. Su regreso se justificó por la necesidad de un cambio de cultura: alguien capaz de poner a correr a las estrellas, de sentar en el banquillo al que no corre y de devolver la competitividad a un grupo acomodado. Los primeros partidos han dinamitado ese relato.
El reproche central, repetido con insistencia, es que el técnico mantiene a los titulares indiscutibles que la afición ya consideraba agotados: al delantero renovado hasta 2032, al centrocampista que apura vacaciones y vuelve sin ritmo, al extremo al que se le cae el balón del pie. Cuando llegó, la promesa era que al que no corriera lo mandaba al banquillo. Ya no se sostiene.
Un participante resumía el giro: «Yo ya lo dije y ahí está la hemeroteca, que los que pensaban que Mou iba a pegar cuatro gritos y los vagos de siempre se iban a poner a correr, se equivocaban». El diagnóstico se repite: la plantilla arrastra «una panda de niñatos mimados», y la llegada de un técnico duro no ha cambiado hábitos.
Otra lectura, igual de pesimista, señala que el problema no es del entrenador sino de la plantilla. Hay quien sostiene que el fichaje del portugués responde a un plan más modesto: mantener el bloque cohesionado, quedar segundos con decencia y esperar a que suene la flauta en una copa o supercopa —competiciones en las que un par de eliminatorias y una final a un partido pueden lavar la cara a la directiva—. Lavar la fachada, sin tocar a los intocables. Ese sería el verdadero plan.
El agujero que llevan tres años sin tapar: el centro del campo
Si hay un consenso en este debate, es ese. Desde que se retiraron Kroos y Modric —hace tres años— el Real Madrid no ha fichado un mediocentro creativo. La explicación que se daba es que esperaban a un futbolista del Manchester City al que le quedaba un año de contrato. Mientras tanto, con Zubimendi disponible en el mercado, se compró a un mediapunta por un precio similar. Al año siguiente, Zubimendi ya no valía; el mediapunta sí.
Uno de los mensajes más lúcidos describía el resultado: «Hay un patrón en casi todos los partidos: el RM no controla el centro del campo». Y otro complementaba: «Los jugadores del RM, incluidos casi todos los centrocampistas, son jugadores de ida y vuelta, no de controlar el centro del campo y los tiempos del partido». El equipo presiona alto, corre hacia adelante y se descompone cuando toca administrar.
A eso se suma el problema del nueve. El Madrid fichó a un delantero que no es un nueve, reforzó el centro del campo con jugadores de perfil físico y dejó la posición de referencia sin cubrir. El diagnóstico se repite con retranca: «Íbamos locos por fichar un 9 y nos traen a Mbappe que no es un 9». El centro del campo, mientras tanto, gestiona con lo que hay: un centrocampista recuperado del mediapunta, un chaval de la cantera y una rotación forzada.
Del entusiasmo del verano al runrún de los primeros partidos
El arranque liguero ha ido desmontando la euforia. Empate sufrido contra un rival menor, con remontada incluida. Derrota con un penalti polémico y expulsión discutida. Un partido contra el Atlético en el que el equipo no controló el centro del campo ni generó una ocasión clara. Un participante, ya veterano, lo resumía: «Entre que no le metemos un gol ni al arcoiris y que los rivales juegan al antifútbol total, esto está siendo un desastre».
Las críticas apuntan a la segunda parte como punto neurálgico. Las desconexiones tras el descanso no son nuevas: se remontan a la etapa anterior. Pero ahora se suman al desgaste físico, a unos titulares que llegan justos de preparación y a unas rotaciones que no terminan de funcionar. Hay quien intenta ser constructivo —«al Madrid no lo he visto mal, llegábamos al área rival fácil, luego es cosa de los de arriba»— y quien directamente asume que la temporada no da para pelear la liga.
El pronóstico más repetido entre quienes siguen el detalle táctico es que el problema no es de resultados concretos, sino de identidad: un equipo que no sabe a qué juega, con un técnico que improvisa cambios, con jugadores que hacen lo que les da la gana sobre el campo y con un vestuario donde el entrenador habla para la galería. «Mou pensará que les da unas instrucciones, los jugadores asienten y luego, en el campo, cada uno hace la guerra por su cuenta».
La otra batalla: el dinero, el estadio y la sospecha de la venta
No todo es fútbol. Una parte del debate se ha desplazado hacia la economía del club. La reforma del estadio se ha llevado un desembolso notable, con la duda de su rentabilidad final. Un forero lo cuantificaba en las cifras que circulan: alrededor de 2.000 millones de euros invertidos en la obra y la pregunta de si ese dinero se recuperará alguna vez.
A partir de ahí surge una sospecha que va y viene: que Florentino Pérez prepara una operación societaria que convertiría al club en algo distinto, con los socios transformados en accionistas y una posible salida a bolsa bajo folleto de la Comisión Nacional del Mercado de Valores. No hay confirmación oficial: es la hipótesis que se repite en la conversación y que explica, para quienes la sostienen, la obsesión por reducir deuda y elevar ingresos. Otros lo niegan con el argumento de que el presidente lleva más de dos décadas sin tocar el modelo.
La evolución del debate va de la euforia a la desconfianza. Al principio el verano se leía como una fiesta: elecciones, Mourinho, un fichaje estrella. Semanas después, el tono cambió. La desconfianza no mira al campo, mira a los despachos.
El caso Negreira y la justicia que se espera desde fuera
Otra línea, más ambigua, cruza de arriba abajo la conversación: la expectativa de que el caso Negreira tenga un final justo, y la idea de que esa justicia llegará por la vía internacional porque la doméstica no basta. Florentino ha movido ficha en esa dirección —«dos años tarde», según quienes llevan tiempo pidiéndolo— y hay quien sueña con que Mourinho sea capaz de explicarlo «en siete idiomas». No hay resolución: el asunto sigue abierto.
El contenido de este debate refleja expectativas, no hechos probados sobre ninguna persona ni entidad.
Mourinho vuelve al banquillo blanco con un discurso de autoridad y una plantilla que no le responde. Florentino completa su enésimo ciclo presidencial con un fichaje récord y una política de fondo que no se mueve. Y la grada, mientras tanto, sigue discutiendo lo mismo: por qué el equipo no controla el centro del campo, por qué se renueva al que no había que renovar y por qué un técnico que venía a poner orden mantiene a los mismos titulares de siempre.
Quedan tres cuartos de temporada por delante. Nadie sabe si el plan es ganar algo o aguantar el tipo hasta que llegue la siguiente operación. Esa es la pregunta que este club lleva tres veranos sin responderse.