La brecha electoral entre sexos se ensancha en España y el mundo
Un partido político obtiene el doble de votos masculinos que femeninos en unas elecciones generales. Nunca antes había pasado en España. La formación que lo consigue es Vox, según los datos del CIS que recoge el reportaje que ha encendido el debate: la brecha ideológica entre hombres y mujeres jóvenes ya no es una anécdota de barra de bar, es una tendencia global que los sondeos confirman elección tras elección. Ellas se inclinan cada vez más hacia posiciones progresistas. Ellos, hacia las conservadoras. Y la distancia, lejos de cerrarse, se agranda.
La científica titular del CSIC Marta Fraile lo resume sin paños calientes: «Es la primera vez que vemos algo así». Normalmente una misma generación comparte valores y actitudes que conforman su cultura política. Ahora no. La fractura atraviesa la misma quinta, a edades tempranas, y no tiene precedente conocido.
Qué dicen los datos del CIS y las encuestas europeas
Los números son tozudos. En las últimas generales, la suma de PP y la extrema derecha logró
siete puntos más entre los hombres que entre las mujeres. Alvise Pérez irrumpió en las europeas con Se Acabó La Fiesta (SALF), una formación cuyo electorado es
un 71% masculino, y prácticamente la mitad de esos votantes tiene menos de 34 años. No es un fenómeno marginal: es un patrón.
La última Encuesta Social Europea sitúa a España como el
cuarto país donde más ha crecido esta distancia entre sexos en veinte años, solo por detrás de Polonia, Suiza y Noruega. La fisura se reproduce en toda Europa y salta océanos: Argentina, Brasil, Corea del Sur. Y, por supuesto, Estados Unidos.
Allí la entrada de Kamala Harris frente a Donald Trump ha iluminado la grieta con luces de neón. La encuesta sobre juventud del Instituto de Política de la Universidad de Harvard reveló que los hombres jóvenes apoyan la construcción del muro fronterizo
quince puntos más que las mujeres de su edad. Creen en mayor porcentaje que las relaciones entre personas del mismo sexo son moralmente incorrectas (doce puntos más) y defienden que la respuesta de Israel a Hamás en Gaza ha sido justificada (once puntos más).
La campaña americana como batalla de chicos contra chicas
El ex presidente gana entre los hombres; la candidata demócrata le saca
trece puntos a su rival entre las mujeres. Los asesores de Trump planificaron la Convención Nacional Republicana como apoteosis de la virilidad, con el candidato subiendo al escenario al son de
It's a man's man's man's world y una campaña en redes estructurada como combate de «débiles contra fuertes». La ventaja de Trump entre los hombres llegó a alcanzar los
veintitrés puntos justo antes de la renuncia de Joe Biden, especialmente entre los más jóvenes y los que no tienen título universitario.
El ingrediente que faltaba era Taylor Swift. Su respaldo explícito a Harris en Instagram y su petición de voto en los MTV Music Video Awards dispararon las donaciones a la campaña demócrata. La mayor parte de quienes donaron tienen nombre de mujer.
Por qué se ha abierto esta grieta entre hombres y mujeres
Las explicaciones que circulan son de todo pelaje y ninguna termina de cuadrar. Hay quien sostiene que las mujeres votan a partidos que les benefician en términos de leyes, subvenciones y estructuras de apoyo, y que por eso se inclinan hacia la izquierda. En contra pesa el argumento de que ese cálculo racional no explica por qué la brecha aparece también entre jóvenes que aún no han tenido contacto con esas políticas.
Otra corriente apunta al efecto reactivo: la misma matraca propagandística que se repite a diario obtiene una reacción contraria a la que busca en una parte del electorado masculino. Si esto sorprende a alguien, dicen, es que no ha estado prestando atención. Y una tercera línea, más incómoda, señala que el enfrentamiento entre sexos se ha convertido en un negocio editorial y político: cuanto más separados estén los unos de los otros, mejor para quienes viven de gestionar la división.
Lo que sí comparten casi todas las lecturas es que la brecha no se cierra sola. La pregunta es si estamos ante un reajuste generacional pasajero o ante una fractura estructural que redefinirá el mapa electoral de las próximas décadas. Con estos diferenciales, cualquier partido que aspire a gobernar tendrá que elegir a qué mitad del electorado seduce. Y la otra mitad, mientras tanto, espera.