Taylor Swift: casi dos décadas en el podio sin la década de caída
El calendario, sin embargo, no cuadra con lo que dicta la industria.
Primer disco en 2006, de estilo country, con 17 años. Salto al pop en 2008. Y desde entonces, sin bajón. Esa es la anomalía que lleva años sin resolverse y que se repite como un asombro compartido: según el planteamiento del debate, ninguna carrera de este tipo sobrevive al relevo de sus fans adolescentes. Swift, a la fecha de esta discusión, sigue ahí.
La tesis de la década dorada
El patrón habitual es archisabido. Madonna, Britney Spears, Rihanna: una década en lo más alto, una generación fiel, estadios llenos y portadas juveniles. Después, el relevo. Los fans crecen, cambian de intereses y el artista no consigue captar a la siguiente hornada. A Swift, siguiendo ese guion, le tocaba haber tocado techo
hacia 2014. No ocurrió.
Hay quien sostiene que el público joven necesita identificarse con un referente para integrarse en su grupo social y que el marketing explota ese resorte. Bajo esa lógica, Swift no vende canciones: vende bandera de identidad social, económica, racial y generacional. Es una hipótesis defendida en la discusión, no un hecho demostrado, pero encaja con la longevidad del fenómeno.
Del country de 2006 al pop de estadio
El primer disco lo publicó con 17 años bajo el sello
Big Machine Records y en clave country. El planteamiento inicial de la discusión lo describe sin paños calientes: un estilo estadounidense que, de haberse quedado en eso, habría cerrado su carrera internacional. El giro llegó en 2008, cuando se pasó al pop y arrasó. El relato inicial subraya además que dejó al productor que la había aupado a la grandeza musical.
El padre accionista y las teorías sobre BlackRock
Una de las teorías que más circula sitúa el origen del éxito en la estructura familiar.
Scott Swift, padre de la cantante, era directivo de Merrill Lynch, fondo que, según esa versión, fue absorbido por BlackRock en 2008. Ese mismo año habría comprado un paquete accionarial de Big Machine Records, el sello con el que su hija publicó aquel primer disco a los 17. La conclusión que se extrae de ahí es que sin ese respaldo no habría habido carrera tan precoz.
Conviene ser honesto con el estatus de la afirmación: es una hipótesis que circula en foros y blogs, no un hecho probado. Lo que sí es indiscutible es el resultado: una posición dominante en la industria sostenida durante muchos más años de lo habitual en el pop.
¿Por qué no caduca como Madonna, Britney o Rihanna?
Aquí está el nudo comercial. Una corriente del análisis sostiene que su base de fans es un segmento de clase media y mayoritariamente blanca que ve en ella una alternativa a otros géneros urbanos dominantes. Otra parte lo reduce a puro marketing y a una sobrexposición sostenida con dinero. Y una tercera sostiene algo más incómodo: que la mayoría del público no sabría tararear ni un estribillo suyo, y que eso no impide el lleno.
En el debate se recuerda que quien la vio en Madrid
en 2011 tuvo la impresión de un recinto prácticamente vacío. Años después, el mismo escenario se llena y los medios españoles le dedican una cobertura masiva. El contraste entre ambos momentos es, probablemente, la mejor radiografía de cómo se fabrica hoy un fenómeno de masas.
De la música popular a los conservatorios: el otro debate
La conversación no tardó en virar hacia un terreno mucho más abstracto: qué es música y quién tiene autoridad para decidirlo. Una postura defiende que el conocimiento unido al poder es liberticida, que los títulos y las academias no convierten a nadie en mejor músico y que la creación popular tiene un componente espiritual que la especialización no garantiza. Enfrente, el argumento clásico: sin especialización no hay puentes, ni aviones, ni música elaborada.
El intercambio derivó en un cruce de descalificaciones personales, con acusaciones mutuas de soberbia y de no entender los conceptos empleados. También apareció la sospecha de multicuentas. El caso es que, en medio del ruido, se coló una referencia a
Mussorgsky y a la distancia que separa la música de concierto de la producción industrial de éxitos.
El cierre que descoloca
Del country de 2006 al estadio lleno pasaron casi dos décadas. En medio, un cambio de género y un cambio de público. Ahora bien: si el éxito dependiera solo de la calidad musical, la carrera habría muerto en 2011 en un pabellón medio vacío. Sigue en pie. Nadie ha explicado del todo por qué.