Debate sobre el relato vasco tras un vídeo aplaudido entre risas
Un vídeo de unos tipos disfrazados de aldeanos, aplaudido entre risas, ha reabierto en el debate una pregunta incómoda: qué queda del relato que durante décadas acompañó a una violencia que dejó un reguero de muertos, exiliados y familias rotas. La respuesta que circula por el debate es amarga: queda una caricatura, una «kultura» sostenida con dinero público y una sociedad que, según varios participantes, prefiere mirar hacia otro lado antes que revisar los últimos cincuenta años de su propio terruño. El asunto no es el vídeo. El asunto es el balance.
De la mística del tiro en la nuca a la parodia de fin de fiesta
La escena que ha reabierto el asunto es casi esperpéntica: un grupo de personas disfrazadas, un público que aplaude, una grabación de mala calidad en la que, ironizan algunos, «solo se ve un borrón negro». Sobre esa imagen se ha montado una tesis repetida en el hilo: después de
más de 1.000 muertos y 200.000 exiliados —cifras que se repiten en el debate—, el resultado visible es una comparsa. La conclusión que se extrae, con más retranca que rigor, es que la parafernalia identitaria ha terminado devorando al propio relato que la sostenía.
Hay quien va más lejos y sostiene que el nacionalismo vasco, en su versión política, «nunca tuvo nada que ver con nada vasco, sino con demostrar cómo nos odian». Es una formulación gruesa, pero resume una corriente de fondo: la idea de que el motor real no era la construcción de un país, sino la diferenciación frente al resto. Y que ese motor, agotado el combustible de la confrontación, se ha quedado girando en vacío.
¿Qué ha quedado del relato de la excepción vasca?
El diagnóstico más repetido es el de la disolución. Los antiguos protagonistas de la llamada «borroka», se argumenta, son hoy
funcionarios de diputación viviendo de la teta pública; los condenados por la vía armada cumplieron condena y el conjunto del entramado se ha reacomodado en la normalidad institucional. La causa, dicen, «es algo ya caduco y viejo, muy tipo milenial», y a nadie le quita el sueño.
Frente a esa lectura, otra corriente pone el foco en el papel de las oligarquías. La tesis es que a una parte de las élites madrileñas le conviene que el
PNV siga instalado en la posición de socio privilegiado, porque ese triunvirato de intereses mantiene engrasado el conjunto del Estado. El independentismo vasco, desde este ángulo, no sería un problema para el sistema, sino una pieza funcional del mismo. La confrontación renta a ambos lados.
El vídeo como síntoma: racismo, parodia y vergüenza ajena
No todo el mundo ha leído la escena en clave de decadencia identitaria. Una parte del debate la ha leído en clave de racismo: personas blancas y privilegiadas, se dice, aplaudiendo entre sonrisas a migrantes africanos disfrazados de aldeanos para hacer la gracia. La acusación no es baladí y apunta a un fenómeno más amplio: la conversión de la diferencia en espectáculo.
Ese mismo eje recorre otros tramos de la discusión, donde se mezclan la crítica al nacionalismo con posiciones abiertamente hostiles hacia la inmigración. Conviene separarlas: una cosa es discutir el balance de un proyecto político y otra convertir a un colectivo en chivo expiatorio de un malestar que tiene causas más prosaicas. La demografía, el mercado laboral y el precio de la vivienda explican más de lo que sugiere el ruido.
El cálculo que nadie quiere hacer: cuánto costó y cuánto cuesta
El debate deriva, casi sin querer, hacia el terreno económico. Se sostiene que la comunidad «saca más del resto que aporta», que vive de la deuda y que su posición se mantiene gracias a transferencias que no se discuten en voz alta. Es una afirmación que se lanza sin desglose, y ahí está precisamente el problema: nadie pone encima de la mesa el cálculo completo, partida a partida, con el saldo fiscal neto y el coste acumulado de décadas de excepcionalidad. Mientras no se haga, cada cual seguirá creyendo lo que le conviene.
Lo que sí aparece con claridad es la sensación de agravio comparativo: los que se fueron con una mano delante y otra detrás, los que callaron durante la posguerra, los que tragaron con la transición. La pregunta que flota es por qué unos pudieron construir un relato heroico sobre su victimismo y otros no.
Un futuro negro para tres provincias (y para el resto)
El cierre del debate no es optimista. Se habla de un
futuro negro para las tres provincias y, por extensión, para Navarra, con el añadido de que el resto de España no se va a quedar atrás. La idea de fondo es que el agotamiento del relato identitario no trae consigo ninguna reconciliación, sino una resaca larga en la que todos pierden.
Y en medio de todo eso, el vídeo sigue circulando y la pregunta sigue sin respuesta. Tantas bombas, tantos tiros en la nuca, tanto exilio. Para esto.