El meme de Ferraz que reabre el pulso sobre la democracia española
Seis jóvenes con una bandera frente a la sede socialista de la calle Ferraz. La escena circula ya bautizada como «Los fusilamientos de Ferraz» en un tuit compartido en el hilo, donde se presenta como «ejemplo heroico» de una generación que dice plantar cara. De ese material sale el
meme sobre lo que está pasando en España que ha acabado convertido en otra cosa: una pregunta incómoda sobre si este país sigue siendo una democracia. La broma se agota en dos clics. El descontento, no. Y el descontento, cuando se organiza, ordena a los partidos.
¿Por qué se cuestiona que España sea una democracia?
La respuesta más repetida tiene que ver con la separación de poderes. Se argumenta que el ejecutivo se arroga competencias que no le corresponden y que el parlamento, en vez de contrapesar, arropa. El ejemplo que reaparece es el del
CGPJ, bloqueado desde hace años, con la renovación pendiente y usado como moneda de cambio. Hay quien lo resume así: el partido que pierde el gobierno teme perder también los tribunales. De ahí al diagnóstico de que el sistema no funciona como tal hay un solo paso.
No todos compran la tesis. Otra corriente sostiene que lo que falla no es la arquitectura institucional, sino la calidad de quienes la habitan: políticos sin cultura de Estado, una prensa que vigila poco y una población poco atenta a sus propios intereses. Su conclusión es incómoda para ambos bandos: no se arregla cambiando de sistema, sino de costumbres. Y el diagnóstico que más escuece es que la desafección también la cultivan quienes la denuncian.
Monarquía o república: qué se discute de verdad
La discusión sobre la forma de Estado tampoco va de etiquetas. Hay quien defiende que, en la práctica, España funciona más como república que como monarquía: el rey ni pincha ni corta, dicen. Frente a eso pesa el argumento contrario: la Corona aporta estabilidad.
La lectura más incómoda es la que evita las dos trincheras y recurre a los clásicos. Se recuerda que
Platón colocaba la democracia como el peor de los sistemas después de la aristocracia, la oligarquía y la monarquía, y que solo un rey filósofo la salvaba. Traducido a hoy: todas las formas puras son inestables. Lo único que ha funcionado, se sostiene, es un poder repartido, débil por diseño y con competencia real.
Las teorías sobre quién mueve de verdad la rueda
En los márgenes asoma otra sospecha: la de que la luz siempre está apagada, por mucho que se accione el interruptor, y que el poder real no se vota. Sobre esa idea se montan explicaciones que atribuyen el mando a instancias exteriores; algunas llegan a hablar de una masonería que convertiría la democracia anglosajona en una dictadura de hecho. Son hipótesis
sin pruebas y con más épica que datos, pero funcionan como termómetro del malestar.
Lo llamativo es que esa desconfianza no distingue de bando. Desde trincheras opuestas se coincide en algo: que la democracia, tal como se vende, es una forma de gobierno más, atravesada por la deuda, los medios y el capital. Y que el votante decide menos de lo que cree.
Deuda, medios y capital: la versión económica de la sospecha
Aquí el argumento se vuelve material. Se sostiene que la verdadera disputa no es ideológica, sino financiera: quién paga la deuda pública, quién controla los medios y quién asume el coste de las decisiones que se toman lejos del parlamento. Bajo ese prisma, votar sirve para elegir el reparto de la factura, no las reglas del juego.
El matiz que más se repite es amargo: si uno no toma sus propias decisiones, ya las tomará otro por él. La consecuencia, dicen, es quejarse menos y aguantar más. Es una salida cínica, pero tiene su lógica: quien delega el mando no debería luego rasgarse las vestiduras por el resultado.
El cierre: lo que queda cuando se apaga el meme
Del pulso sale un retrato sin ganador. Hay quien sostiene que todas las formas de gobierno son problemáticas por definición y que las formas puras generan enormes déficits de prosperidad y calidad de vida. Otros zanjan el asunto con una frase que resume todo el cansancio: la democracia es meter un papel dentro de una caja de plástico. Con eso, o contra eso, se sigue gobernando.