Muere un hombre de 44 años por una paliza en Gijón
José Antonio Justel salió solo a tomar algo y a bailar, como hacía a menudo. En la madrugada del viernes, a las puertas de un bar de la calle Marqués de San Esteban, en la zona de ocio de Fomento, dos personas le atacaron por la espalda. El primer golpe lo derribó; los siguientes los recibió ya en el suelo, en la cabeza. Falleció. Deja un hijo de cinco años.
Qué se sabe de la agresión y de los detenidos
Los dos presuntos agresores habían sido expulsados antes del local y esperaron al hombre en la salida, según el relato que se fue difundiendo en las horas posteriores. Los porteros del pub y las cámaras de seguridad los identificaron, y las pesquisas se centraron en localizarlos. Ambos tenían antecedentes. Uno fue detenido primero; el segundo, poco después. A la fecha de esta discusión, el caso está en manos de la
justicia y pesa sobre ellos la
presunción de inocencia: están investigados, no condenados.
«¿Qué hacía un cuarentón a las 3 de la mañana?»
Poco tardó una parte de la conversación en dejar de mirar a los agresores para empezar a mirar a la víctima. El argumento se repite: a los 44 años, a las tres de la mañana, en una zona de ocio nocturno, ya no se debería estar. Que hay otras formas de socializar, otros horarios, otros ambientes. Que esos locales, a esas horas, reúnen lo que reúnen.
El repertorio de alternativas que se despliega es amplio: la cena tranquila en casa, el vermú del mediodía, la terraza al sol de un domingo. Nada que objetar, salvo que presentarlo como lo único razonable a esa edad convierte cualquier otra elección en una
imprudencia merecedora de castigo. Porque el razonamiento tiene una trampa lógica evidente: convierte a quien recibe la paliza en responsable de haber estado donde se la dieron. Y una trampa empírica: el ocio nocturno de madrugada no es un coto exclusivo de veinteañeros, y quien haya salido de noche en Asturias lo sabe. Un relato recurrente lo resume: si los mayores de 40 no salieran, no quedaría apenas bar nocturno abierto.
La respuesta: nadie tiene que justificar dónde estaba
La réplica llegó antes y más fuerte. Si un hombre no puede tomarse dos copas a la hora que le apetezca sin que se le reproche su edad, el problema no es su agenda.
«A las 03:00 o a las 15:00, hacía lo que le viniera en gana y donde le viniera en gana», resume una de las intervenciones más repetidas. La culpa es de quien golpea, no de quien baila, y señalar la hora del suceso se parece demasiado a buscarle excusas al agresor.
Hay quien recuerda, además, que la generación que hoy frisa los 40 creció con los mismos códigos de ocio que la de veinte años atrás, y que repartir carnés de madurez por franjas horarias es más un juicio estético que un análisis. En paralelo, otra corriente desplazó el foco hacia la respuesta penal: penas más duras para las lesiones graves y para las agresiones cometidas entre varios. La discusión pasó de la vida privada de la víctima a la dureza con la que se castiga la violencia callejera.
El precedente de la misma zona y el ruido de fondo
La zona de Fomento no es un escenario cualquiera. En ese mismo entorno de ocio, años atrás, otro joven —Germán— quedó con secuelas permanentes tras otra agresión, un caso que se ha traído a colación como prueba de un deterioro que buena parte de los vecinos da por hecho. A la conversación se ha sumado también otro episodio ocurrido en Nuevo Gijón, donde un hombre de
48 años fue agredido después de intentar, presuntamente, sobrepasarse con una joven, según la información publicada.
En los tramos más broncos, el foco se desplazó hacia el origen de los agresores y hacia la supuesta existencia de barrios donde la policía no se atreve a entrar. Son afirmaciones
sin respaldo en las informaciones publicadas: las referencias al origen no las sostiene ningún dato conocido del caso, y ninguna autoridad ha confirmado la existencia de esas zonas. La especulación, en un suceso con dos detenidos y cámaras de por medio, no añade nada. En la otra lectura, el problema sería de gestión del ocio nocturno y de tolerancia con la reincidencia, no de la edad de quien sale a la calle.
Quién era José Antonio Justel
«Muy pacífico, nada conflictivo, huía de los problemas», lo describía una amiga. «Esa noche había salido solo a tomar algo y a bailar, le encantaba». No tenía historial de líos, dicen quienes lo trataban, y el detonante tuvo que ser una tontería. Un detalle doméstico se repetía en los comentarios: el hijo de cinco años que deja.
Los dos detenidos, según lo publicado, habían sido expulsados del local antes de la agresión. Los porteros los echaron, las cámaras los grabaron y quienes los vieron salir pudieron reconocerlos después. La pregunta incómoda no es qué hacía un cuarentón a las tres de la mañana. La pregunta incómoda es cuánto tiempo pasó entre que dos tipos con antecedentes salieron por la puerta y un hombre que solo había salido a bailar dejó de existir.