Rubén Gisbert acampa ante el Congreso y la policía lo desaloja
Cuerpo a cuerpo con el cordón policial. Así terminó la primera noche de acampada convocada por
Rubén Gisbert ante el Congreso de los Diputados, el youtuber que ha convertido su canal en altavoz de un manifiesto que reclama la elección directa del presidente del Gobierno y el final de la partidocracia. La policía lo desalojó después de que accediera al edificio con el pecho al aire, y los vídeos del forcejeo circularon por las redes antes de que amaneciera. La fecha elegida, el 11N, buscaba eco. Lo encontró. Su sombra, sin embargo, fue otra: el 15M.
Qué pide el manifiesto del 11N
El texto es corto y va al grano: elección directa del presidente, sin pactos entre partidos y sin amnistía. El argumento de fondo es la sustitución de la partidocracia por un sistema con más contrapesos, donde el legislativo y el judicial no dependan del ejecutivo. Es, en esencia, la tesis que Antonio García-Trevijano venía defendiendo desde hace décadas, ahora empaquetada en formato de canal de vídeo.
Hay quien lo suscribe entero y quien lo despacha como un brindis al sol. La propuesta de cambiar el sistema de elección del Gobierno no aparece, en el material disponible, con un desarrollo técnico detrás: se enuncia como consigna. Esa brevedad es a la vez su fuerza, porque cabe en un cartel, y su debilidad, porque no responde a quién redacta las listas ni cómo se nombra a los jueces.
Del 15M al 11N: por qué casi nadie acampa
La comparación con el 15M salió sola. La diferencia que más se repite no es ideológica, sino de composición. Quienes estuvieron allí calculaban unos
500 asistentes en los mejores momentos de la jornada. Una cifra modesta para una convocatoria que había sonado fuerte en redes sociales.
El diagnóstico que más circula apunta al perfil del público: padres de familia, asalariados y autónomos con responsabilidades que no pueden dejar la casa y plantarse a dormir en la calle un día de diario. El 15M, se argumenta, lo hicieron personas sin oficio ni beneficio, y eso explicó su persistencia. Faltan manos, no razones, viene a decir esa lectura. Y hay un segundo factor de época: el frío de Madrid en noviembre no ayuda a ningún campamento.
El mensajero incómodo
Ahí empieza el problema de verdad. Buena parte de los que comparten el manifiesto rechazan al firmante. Se le reprocha buscar notoriedad y rentabilizar la causa con fines de lucro y de popularidad. No es una objeción menor: si el mensaje es bueno, ¿importa quién lo lleva?
La respuesta que se impone es que importa, pero no hasta el punto de renunciar al objetivo. Cambiar el foco del líder al texto es, precisamente, lo que proponen quienes apoyan la convocatoria sin comulgar con quien la encabeza.
El mensajero es lo de menos, sostienen; lo urgente es que la reivindicación llegue a más gente. Otros, en cambio, ven en el personaje un síntoma del problema y no la solución.
Sobre el entorno de Gisbert circulan además acusaciones de vinculación con intereses ajenos y de haber recibido trato de favor en ciertos medios. Son señalamientos que se lanzan sin documentación y que conviene tratar como lo que son: reproches cruzados en una disputa interna, no hechos acreditados. También aparecen teorías sobre pertenencias discretas y agendas ocultas que no cuentan con ningún respaldo probatorio.
El desalojo y el comunicado de las 184.000 vistas
La protesta fue corta y terminó como terminan casi todas: con la policía retirando a los concentrados. Gisbert fue sacado del interior del edificio entre forcejeos, y ese momento se convirtió en el clip más compartido de la jornada. El episodio le dio visibilidad justo cuando la acampada se apagaba.
Después publicó un comunicado que superó las
184.000 visualizaciones, y una entrevista televisiva sirvió para que la reivindicación saltara a medios generalistas. En términos de difusión, el objetivo se cumplió. En términos de calle, el resultado fue otro: las puertas del Congreso volvieron a quedar vacías.
Qué queda del 11N
El balance provisional es incómodo para las dos partes. Para el poder, porque el malestar con el sistema de partidos tiene un canal con
534.000 suscriptores dispuesto a amplificarlo. Para los convocantes, porque una pantalla no se traduce en aceras, y el salto de la audiencia digital a la movilización física sigue sin producirse.
Queda una incógnita razonable: si el intento se repite día tras día, aunque sea con poca gente, la consigna puede calar más de lo que sugiere el primer recuento. Si se queda en un episodio puntual, habrá sido un vídeo más. De momento, la única cifra que no admite discusión es la distancia entre sus seguidores y sus manifestantes.