Grindavík se vacía mientras el magma sube a 400 metros
¿Qué falta para que el suelo de Grindavík se abra? La localidad, de
3.450 habitantes, está evacuada mientras el magma asciende bajo la península de Reykjanes, en el suroeste de Islandia. En el centro del pueblo ya se ha abierto una grieta de la que emana vapor, y las fisuras vinculadas a la intrusión magmática se estiman en
15 kilómetros. Nadie sabe si la erupción romperá en tierra o en mar. La isla, mientras, sigue a lo suyo.
Grindavík: ondulaciones en el asfalto y accesos vigilados
Las primeras imágenes que circularon mostraban ondulaciones en las calles del municipio, con el firme deformado por los movimientos del terreno. La ciudad quedó desalojada y bajo supervisión, aunque las autoridades han permitido a los residentes volver de forma puntual para recoger objetos importantes. La duda sobre el lugar por el que saldrá el magma condiciona todo lo demás.
Si la erupción abre en tierra, puede pillar campo abierto, el propio núcleo urbano o
la Laguna Azul, el balneario geotérmico que es uno de los grandes reclamos turísticos del país. Si abre en el mar, el escenario cambia por completo. Los datos disponibles dibujan una amenaza triple: población, turismo e infraestructura crítica.
El magma a 400 metros y la central que alimenta Reykjanesbær
La secuencia de profundidades marca la evolución del episodio. El magma se situó primero a unos
800 metros de la superficie y después a unos
400 metros de profundidad. El último recuento difundido hablaba de
24 terremotos en una hora y de alrededor de
300 seísmos por debajo de magnitud 3 registrados en la intrusión magmática. Hasta la fecha de esa actualización, la erupción no se había producido.
El punto más incómodo no es el cráter, sino la central geotérmica. Es la instalación que lleva agua caliente y electricidad a todo
Reykjanesbær, y una erupción mal colocada la dejaría fuera de juego. La paradoja islandesa: la misma energía subterránea que calienta las casas es la que ahora amenaza con cortarles el suministro.
A eso se añade la incertidumbre sobre el ritmo del propio fenómeno. Los temblores y la intrusión de magma empezaron a decrecer y a detenerse. Eso no significa que haya pasado el peligro, ni mucho menos que se conozca el desenlace: los indicadores se mueven y las previsiones, no. Hay quien sostiene que los datos llegan a cuentagotas y con retraso respecto a lo que ocurre en el terreno.
Una semana de volcanes: Etna, Mayón y una isla nueva en Japón
El calendario se puso de acuerdo para dar ambiente. El
Etna entró en erupción y expulsó lava y cenizas a más de
4,5 kilómetros de altura. El
Mayón, en Filipinas, registró también actividad. Y en Japón surgió una isla volcánica en apenas un par de días. Tres episodios distintos, sin relación entre sí, concentrados en el mismo tramo de jornadas.
Conviene recordar la escala de lo que se discute. Islandia se asienta sobre dos placas tectónicas que se están separando y, además, flota sobre un mar de magma que asciende conforme esas placas se abren. Con ese punto de partida, los volcanes y los terremotos no son una anomalía: son la rutina geológica del país. La ventaja es que buena parte de su energía es de origen geotérmico. El inconveniente es que, de vez en cuando, la fuente de esa energía decide dar un aviso.
HAARP, bulos y el turismo que ya estaba roto
No faltaron las teorías conspirativas. Una parte del comentario público atribuyó el episodio a supuestos programas de manipulación climática, el conocido como
HAARP. No hay ninguna prueba que respalde esa relación, ni con esta crisis sísmica ni con ninguna otra erupción, tampoco con la de La Palma, que se ha usado como precedente con el mismo argumento y la misma ausencia de evidencia.
Junto al bulo convivió la burla. Hay quien aprovechó para despachar el país con una lista de agravios: precios de restaurante, gastronomía, banderas y un museo de dudoso gusto como principal atracción turística. Lo llamativo es que algunos de esos comentarios venían de gente que había recorrido la isla en coche y la describía como una sucesión de paisajes irreales. Las dos cosas a la vez, sin contradicción aparente.
También apareció la memoria de la crisis financiera que arrasó el país en 2009 y el recordatorio de que la población humana islandesa prácticamente se extinguió varias veces por clima y pestes. Que vuelva a ocurrir no está sobre la mesa, pero la frase resume bien la relación de Islandia con su propio territorio.
Con el magma a 400 metros, una grieta humeante en mitad del pueblo y los temblores aflojando, lo único claro es que la erupción sigue sin decidirse. Islandia lleva siglos esperando exactamente esto. Algún día hasta acertará quien apostó por noviembre.