Manifestaciones pacíficas contra la amnistía: ¿para qué sirven realmente?
Un sector del electorado de centro-derecha se concentra cada tarde frente a sedes socialistas para protestar contra la
amnistía. Lo hacen con banderas de España, villancicos y canciones de Manolo Escobar. La pregunta que sobrevuela el debate es incómoda: ¿qué esperan conseguir exactamente? La respuesta que da una parte del análisis es que nada, porque el discurso de la calle lo domina la izquierda y porque el PP y Vox no tienen intención real de romper el statu quo. Otra parte sostiene que las manifestaciones pacíficas sí mueven votos indecisos, aunque sea lentamente. Y una tercera corriente, más extrema, directamente ridiculiza la vía pacífica y reivindica la violencia como única herramienta que históricamente ha funcionado en España.
El resultado es un retrato del desconcierto de una parte del electorado que se siente huérfana de representación y que no termina de encontrar el modo de traducir su cabreo en resultados políticos.
¿Qué se consigue con manifestaciones pacíficas según los participantes?
La tesis dominante entre los críticos es que
las concentraciones pacíficas no sirven para nada. Se argumenta que la izquierda domina el relato callejero y que la derecha no tiene nada que hacer ahí. «Intentar ganar a la izquierda en las calles es ridículo», resume una intervención. La conclusión que se extrae es que los asistentes solo pasan el rato entretenidos y llenan el móvil de fotos para los grupos de mensajería.
Frente a eso, otra corriente defiende que las manifestaciones multitudinarias
pueden abrir los ojos a los indecisos. El argumento es que mucha gente no sabe a quién apoyar y que ver una marea ciudadana pacífica puede inclinar la balanza hacia la opción constitucional. En cambio, las acciones violentas conseguirían el efecto contrario: alejar a esos mismos indecisos.
Hay una tercera vía, más cínica, que sostiene que lo único que se consigue es
salir en la prensa. Un rechazo masivo rompería el relato del PSOE y, sin relato, el Gobierno perdería fuerza. Es la apuesta más optimista dentro del escepticismo general.
La tesis de la violencia como única herramienta eficaz
Una parte del análisis sostiene que
la violencia sí funciona, y cita como prueba el caso de ETA y los CDR. Se argumenta que los independentistas vascos y catalanes han conseguido avances políticos —traslado de presos, condonación de deuda, amnistía— precisamente por haber utilizado la violencia o la amenaza de ella. «Con manifestaciones pacíficas no se consigue absolutamente nada», se llega a afirmar.
La respuesta a esa tesis es doble. Por un lado, se recuerda que los avances del independentismo catalán y vasco responden a la ambición política de mantener el sillón, no al terrorismo. Por otro, se señala que
la violencia desmoviliza al votante moderado y que ese es precisamente el error que lastra a la derecha.
El dato que se maneja es que la vía pacífica no ha impedido que el independentismo haya ido ganando terreno institucional durante años, mientras que la vía violenta ha servido para justificar el aislamiento de sus autores.
¿Por qué se critica a los asistentes por su perfil demográfico?
Otra línea de crítica apunta al
perfil de los manifestantes. Se sostiene que la mayoría son personas mayores de 60 años, con intereses distintos a los de sus hijos, y que su principal motivación es la estabilidad política para cobrar la pensión. El trapo de colores y las pulseritas serían solo el decorado.
Esa crítica se complementa con la idea de que la derecha institucional
no tiene intención real de cambiar nada. Se argumenta que PP y Vox forman parte del mismo sistema globalista y que, por tanto, no pueden parar la agenda. La única vía que se contempla es que Europa diga basta y que el dinero se corte, porque si a Sánchez le estrangulan la caja, «en 24 horas los suyos lo cuelgan de una farola».
El papel de la amnistía y el contexto político
El detonante de todas estas concentraciones es el
pacto de investidura con los independentistas, que incluye una amnistía para los encausados por el procés. La discusión de fondo es si la amnistía es una concesión inevitable para gobernar o una traición que rompe la igualdad ante la ley.
Lo que revela el debate es que una parte del electorado de centro-derecha
no se siente representada por nadie. Ni por el PP, al que acusa de complicidad, ni por Vox, al que considera un decorado. Esa sensación de orfandad explica que las concentraciones se mantengan sin un objetivo claro más allá de la expresión del cabreo.
¿Qué pasa con la amnistía y la investidura?
A la fecha de esta discusión, el pacto de investidura con los independentistas está cerrado y la amnistía sigue su tramitación parlamentaria. No hay resolución definitiva sobre su encaje constitucional ni sobre sus efectos jurídicos. Lo que sí se constata es que las concentraciones no han impedido el acuerdo ni han forzado elecciones.
La pregunta que queda en el aire es si la vía pacífica acabará teniendo algún efecto acumulativo o si, como sostienen los más escépticos, todo se diluirá en cuanto el Gobierno se estabilice. El análisis se atasca exactamente ahí: en la incapacidad de medir el impacto real de una protesta que no cesa pero que tampoco altera el tablero.