Del analfabetismo al título obligatorio: la doble vara de la generación langosta
Lleva más de un año generando respuestas y la polémica no se apaga. La pregunta incómoda es sencilla: ¿cómo es posible que la generación que se incorporó al mercado laboral en los años 50, 60 y primeros 70 sin pasar por las aulas —muchos sin completar ni la primaria— hoy exija titulaciones para los mismos puestos que ocuparon ellos? La respuesta, entre testimonios, datos y alguna que otra anécdota surrealista, dibuja un doble rasero difícil de esconder.
Cuando no hacer la o con un canuto no era un problema
El punto de partida es feo de contar, pero los números no engañan: en la posguerra, la mayoría de los trabajadores españoles apenas sabía firmar. No era un impedimento. La economía de entonces pedía brazos, no expedientes. Con 14 años —la edad mínima legal que fijó el régimen— se entraba a la fábrica, al campo o al taller sin que nadie pidiera el graduado. Uno de los casos que circula con insistencia es el de un padre nacido en 1925 que se hizo rico «simplemente trabajando»: agricultura, ganadería y meses en alta mar. No sabía nadar y naufragó dos veces. A los 50 y pico se prejubiló y dejó a sus hijos la vida «medio solucionada». Duro, sí. Pero sin papeles.
La mecanización de los 60 y el despegue industrial permitieron que esa mano de obra sin formación escalara a puestos de encargado, incluso de jefe intermedio. El ascensor social no funcionaba con títulos, sino con enchufes y con la penuria de una España que partía de cero.
El examen en blanco que ganó plaza
La paradoja más jugosa la protagoniza un celador municipal. El hombre, vecino de un pueblo, no sabía leer ni escribir. Le avisaron para una oposición y se presentó por si acaso: dejó el examen en blanco y se marchó llorando. Días después recibió la enhorabuena del tribunal: había obtenido plaza. Se la rellenaron, claro. El sistema necesitaba colocarlo. Esta historia, contada por un testigo directo, no es un caso aislado; responde a una lógica clientelar que convivía con el milagro económico.
Y no solo en la administración. En la empresa privada, la figura del aprendiz funcionaba como la vía natural de ascenso. Un chaval entraba sin formación y aprendía «in situ»; al cabo de unos años era oficial. Hasta que Felipe González, en los 80, suprimió esa figura bajo el argumento de la explotación juvenil. El resultado es conocido: para acceder al mismo puesto que antes se cubría con voluntad, hoy se pide un certificado, un módulo o una carrera.
De la prejubilación al enchufe: el agravio comparativo
El agravio se completa con la reconversión industrial de los 80. Lejos de reciclarse, buena parte de esa generación salió por la puerta de los expedientes de regulación con prejubilaciones doradas o incapacidades reconocidas con generosidad. Mientras, a las generaciones siguientes se les exigía exactamente lo contrario: formación permanente, flexibilidad y competencia en un mercado globalizado. El mismo trabajador que entró sin estudios y se jubiló a los 50 no tiene problema en señalar que los jóvenes no tienen cultura del esfuerzo.
El mismo relato se repite con descalificaciones hacia los que hoy no encuentran trabajo. Y entonces aflora la memoria selectiva: se recuerda la lucha contra los grises, el sacrificio, los tipos de interés altos; se olvida que con cinco años de trabajo y un sueldo se compraba una vivienda. «Pagaron el piso en tres o cuatro años», admite un análisis que se ha convertido en un catálogo de agravios.
Detroit como espejo: el paraíso industrial que no volverá
Hay un momento del análisis que merece la pena subrayar: la comparación con Detroit. La ciudad símbolo del automóvil norteamericano sostenía a una clase obrera que cobraba bien, tenía seguro médico y jubilaciones vistas en perspectiva. El éxito se vendía a plazos y no había paro. Pero el modelo colapsó cuando la industria no pudo sostener esa estructura. La lección incómoda es que el crecimiento económico de posguerra fue una anomalía histórica, un escenario de demanda creciente que no se repetirá. Lo que para unos fue mérito, para otros fue simplemente estar en el lugar adecuado en el momento adecuado.
Y ahí se queda el análisis, atascado en la pregunta que ningún dato resuelve del todo: ¿cuánto hubo de mérito personal y cuánto de viento a favor? La generación que trabajó sin saber hacer la o con un canuto no era más lista ni más esforzada que la actual; simplemente llegó antes a un país que estaba por construir. El problema es que ahora, desde el otro lado de la barrera, algunos se empeñan en explicar su éxito como un triunfo exclusivo del carácter. Y eso, como mínimo, es un relato interesado.