Sobran bosques y arden: la paradoja que incomoda al relato verde
Un mensaje recorre los despachos de la Generalitat y los consorcios de extinción: en Catalunya hay
demasiada masa forestal. No es una soflama de tertulia, es el diagnóstico del sector forestal, que avisa de que el monte acumulado se ha convertido en un
polvorín. Illa apunta que existe masa «de sobra» y el Consorci pide actuar. La paradoja es de manual: durante décadas el relato público vendió la deforestación como apocalipsis y ahora resulta que el exceso de arbolado alimenta el fuego que se quiere evitar.
Por qué sobran árboles en Catalunya
El abandono del mundo rural explica buena parte del embrollo. Cuando la población vivía dispersa, el monte se limpiaba solo: leña, pastoreo, pinocha recogida del suelo. Hoy ese uso tradicional se ha apagado y la biomasa se acumula sin que nadie la retire. El resultado es un paisaje continuo de combustible vegetal donde antes había mosaicos rotos por cultivos, caminos y rebaños.
La crítica más repetida apunta a la maraña normativa. Se sostiene que las prohibiciones y la burocracia impiden aprovechamientos tan básicos como un huerto, un rebaño de cuatro cabras o la recogida de piñas, y que ese vacío lo llenan enchufados y redes clientelares. La conclusión que se extrae: sobran gestores y faltan usos.
El giro del relato climático
Aquí el artículo se vuelve incómodo. Si el CO2 es el enemigo, los árboles deberían ser el aliado. Hay quien lo formula sin rodeos: los bosques son los enemigos naturales del relato del carbono, porque lo consumen. La sospecha que flota es que el problema no es el clima, sino el control: se usa la etiqueta verde para justificar restricciones que de otro modo provocarían protestas.
La desconfianza se extiende a las soluciones. Se argumenta que los bosques de placas solares, las turbinas y los coches eléctricos no son precisamente naturaleza, y que la misma administración que alerta del polvorín tala montes para instalar paneles. La contradicción, señalan, es el negocio.
¿Se pueden tocar los bosques o no?
La respuesta corta es que sí, pero con papeles. Los espacios protegidos combinan titularidad pública y privada bajo planes de ordenación que fijan usos y zonas de exclusión. En la práctica, la recogida de setas, piñas o espárragos se tolera en pequeña escala, mientras que las cuadrillas que arrasan con furgoneta se llevan multa. El detalle jugoso está en la letra pequeña: hay montes públicos que subastan el aprovechamiento del piñón, y en zonas como los Montes Universales el permiso para níscalos se paga como cualquier tasa municipal.
El dato que descoloca: en el Parque Natural de Grazalema, según un cálculo que circula, alrededor del
95% de la superficie es privada. De ahí salta la pregunta sobre quién legisla para quién.
El incendio como negocio y como excusa
La sospecha más repetida es que el fuego no siempre es accidente. Se afirma que la mayoría son provocados y que un bosque vigilado y limpio no arde por los cuatro costados. La consecuencia lógica, según esta lectura, es que el monte abandonado es el caldo de cultivo perfecto para la especulación posterior: suelo limpio para urbanizar, para molinos y para huertos solares.
Frente a eso, el diagnóstico técnico señala otros culpables: repoblaciones con especies pirófilas, vaciamiento rural, tendidos eléctricos y una agroindustria que mecaniza y despuebla. La discusión no se cierra. Y mientras tanto, el sotobosque crece con las lluvias de primavera y se secará en julio.