Carreteras trituradas y el parque móvil más viejo de Europa
¿Qué pasa cuando el asfalto se cae a pedazos y el coche que circula por él tiene más años que el permiso de conducir de su dueño? Que el resultado es una combinación explosiva. El punto de partida lo puso un dato: España ha superado en PIB per cápita a Japón. La respuesta no se hizo esperar: si somos tan ricos, ¿por qué las carreteras parecen de un país en vías de desarrollo? El malestar no es una impresión aislada. Hay quien describe tramos de la A-4 entre Valdepeñas y Bailén donde se pueden hacer etapas del París-Dakar, y la A-6 pasado Astorga, donde los propios camioneros se pasan al carril izquierdo para evitar matarse. La brecha entre el relato macroeconómico y la realidad del asfalto es el eje de una discusión que mezcla infraestructuras, fiscalidad, transición energética y, cómo no, política.
El 40% de las carreteras de Madrid, según los datos que se citan
Los números que se manejan en la conversación dibujan un panorama incómodo. Se habla de
34.000 kilómetros de vías hechos mierda, de que casi el
40% de las carreteras de Madrid están mal y de que el parque móvil español es el más viejo de Europa. La comparación internacional no ayuda: quien viaja a Dinamarca con frecuencia describe la experiencia como odiosa, con señales que no se cambian en veinte o cuarenta años, quitamiedos que dan más miedo que quitan y semáforos de otra época. Otros matizan: en Suiza las carreteras de montaña son increíbles, sin un solo parche, pero muchas zonas de Francia, Italia o Portugal están mucho peor que las españolas.
La explicación que se repite tiene que ver con el dinero. Se sostiene que se recaudan unos
40.000 millones anuales y que solo se dedica al mantenimiento de carreteras menos de 10.000 millones, un 25% menos. El resto, según esta lectura, se va en otras partidas. La conclusión que extraen algunos es que vivimos en un sistema donde pueden recaudar diciendo que es para carreteras, pero luego no te deben carreteras a cambio.
¿Por qué los coches duran cada vez más años?
La otra mitad del problema son los vehículos. La tesis que se defiende es que la imposición de una única tecnología, la electrificación, mediante coacciones jurídicas y fiscales, lleva años frenando la investigación en alternativas no contaminantes: motores que recogen sus gases, etanol, amoniaco, hidrógeno. Si esa tecnología impuesta es la acertada, todo perdonado; si no lo es, la administración carga con la responsabilidad. Mientras tanto, con mil tasas, mil prohibiciones y un encarecimiento del vehículo nuevo y del paso por el taller, lo lógico es que la gente estire los coches viejos y además mal mantenidos. De ahí esos calamares echando tinta por la carretera a la mínima cuesta.
Hay quien va más allá y sostiene que el objetivo final es que la gente no tenga coches. La sucesión de normas, restricciones y costes se interpreta no como una política de movilidad sino como una forma de expulsar al particular del volante.
La comparación con el norte de Europa y el agravio territorial
El espejo nórdico aparece varias veces. En Dinamarca, se argumenta, tienen acceso al petróleo del Mar del Norte a través de fondos estatales, con activos que rondan el 1,4% del PIB y unos ingresos anuales netos de unos 1.400 millones de coronas, alrededor del 0,07% del PIB. Eso, cuando no se gasta en otras cosas, rinde mucho. En España, se añade, hay reservas de uranio que no se explotan, litio en cantidad y petróleo en Canarias que acabará saliendo por otras vías.
También se menciona una solución constructiva que se usa en los países nórdicos: carreteras de tres carriles donde el central alterna su sentido cada ciertos kilómetros. Permiten una circulación fluida y son mucho más baratas de construir porque la plataforma es más estrecha. La pega española no es de diseño, sino de educación vial: autovías de tres carriles saturadas con cuatro coches porque nadie cambia de carril al adelantar, el derecho vacío y el izquierdo ocupado por quien va a 125.
El choque político y la brecha entre el dato y la vida diaria
La conversación deriva, como casi siempre, hacia el terreno político. Unos culpan al socialismo de consumir cualquier país y de haber instalado la espiral del empobrecimiento; otros recuerdan que en Dinamarca gobiernan los socialdemócratas y las carreteras funcionan. Se apunta a la gestión de los fondos europeos, al reparto entre comunidades y a la falta de mantenimiento como síntoma de un modelo agotado. Y aparece la advertencia de que, cuando se acaben los fondos, España puede revelarse como un gigante con pies de barro.
El contrapunto llega desde quien recuerda que hace veinte años había 4.000 víctimas anuales en carretera y ahora son 1.200, o desde quien señala que en Estados Unidos hay terminales de aeropuerto viejas y sucias y vigilantes de setenta años sin pensión suficiente. No todo es comparable ni todo es peor que antes. Pero la sensación dominante es que el país va por detrás de su propia estadística.
Al final, la pregunta incómoda no es si estamos mejor que hace cuarenta años, sino por qué con más impuestos, más multas y más exigencias el asfalto sigue crujiendo bajo las ruedas. Y mientras tanto, a pagar la ITV del coche viejo.