Parque de atracciones de Madrid: la nostalgia de 1990 y sus jeringuillas
Hay una nostalgia que se vende como paraíso y que, mirada de cerca, tenía jeringuillas en los parques. El punto de partida es una escena concreta: el Parque de Atracciones de Madrid en 1990, los coches de choque sin música de fondo, la alfombra mágica, las trabazones al bajar. Un recuerdo que se evoca como la España blanca, feliz y ordenada, frente al supuesto desmadre actual. El problema es que la comparación se sostiene solo si se borra la otra mitad de la foto.
La discusión derivó rápido hacia un terreno incómodo: la heroína. Un participante lanzó el envite de comparar los barrios obreros de 1990, con críos jugando entre jeringuillas tiradas, con los de ahora. La respuesta no se hizo esperar: que eso eran películas. Y ahí saltó la carcajada colectiva. Porque el problema de la heroína en España durante los 80 y buena parte de los 90 no es una invención de la memoria roja. Fue una crisis sanitaria y social de primer orden que arrasó entre la juventud, y negarla es el mejor indicador de que la nostalgia funciona como filtro, no como archivo.
¿Había jeringuillas en los parques de los barrios obreros?
El matiz cronológico es lo más interesante del intercambio. Varios participantes sostienen que el pico de la heroína fue cosa de los 80, no de los 90, y que en los 90 la droga estrella ya era otra: éxtasis y cocaína. La heroína, dicen, se concentraba en poblados chabolistas y en perfiles muy deteriorados, los llamados arrastraos. Las jeringuillas en los parques eran, según esta versión, más anecdóticas que habituales, porque quien se pinchaba no perdía el tiempo en ir a un parque: lo hacía donde pillaba.
Otros defienden lo contrario: que en los 90 todavía se veían grupos grandes de consumidores dando vueltas por la calle, muy cascados, y que la cosa no se dispersó del todo hasta mediados de la década. La metadona gratuita coincidió con la mejora general del ambiente en las calles. No todo era paz y armonía, añaden: también había tribus urbanas y peleas. La conclusión que se impone es que la fecha exacta importa menos que el hecho de que el problema existió, y que quien lo niega está defendiendo un relato, no una biografía.
El nivel de vida: ¿se vive mejor ahora que en 1990?
Aquí el consenso se rompe en dos bloques claros. Un bloque sostiene que la gente vive infinitamente mejor que nunca en este país, con la excepción de la burbuja económica a la que se dedicó cierto foro. Tener móviles, parafernalia y consumo compulsivo no es calidad de vida, replican desde el otro lado, pero tampoco es lo mismo que no tener lo básico para una vida digna. Y ahí está el punto: la comparación entre épocas se hace siempre con el catálogo de ahora en la cabeza.
El bloque crítico pone el foco en la vivienda y la estabilidad. La gente joven puede tener muchos móviles y chorradas, pero para gastos gordos no tiene futuro: no se puede sentar en un banco a pedir una hipoteca, los alquileres son inviables, se comparte piso y no se puede formar una familia. El resumen que hacen es crudo: encadenar contratos precarios, pedir comida a domicilio, moverse en patinete y ver plataformas de streaming. Es la versión contemporánea de la letra con sangre entra, pero con wifi.
Seguridad ciudadana: el dato que descoloca a los nostálgicos
Uno de los giros más llamativos del intercambio llega cuando se abandona la nostalgia y se mira la estadística personal. Un participante afirma que en los 80 y 90 había robos de bancos a diario, paro de verdad, atracos callejeros y robos de coches a patadas, y que él mismo sufrió decenas de atracos. Ahora lleva unos 30 años sin uno. La conclusión que extrae es tan simple como incómoda: los 80 y 90 eran una mierda pinchada en un palo.
Frente a eso, otra corriente sostiene lo contrario: que hace 40 años no había la delincuencia de ahora, ni por asomo, y que si antes había barrios chungos, ahora todo es chungo y te pueden atracar en cualquier sitio. La discrepancia no es de datos, es de percepción y de radio de acción. Quien se movía por barrios concretos tenía un mapa mental de zonas a evitar; quien se mueve hoy por la ciudad entera percibe el riesgo como difuso. Ninguna de las dos versiones se puede zanjar con la información disponible.
El parque de atracciones como termómetro social
El hilo vuelve una y otra vez al parque. Un participante con abono anual de 300 euros que incluye Parque de Atracciones, Warner y zoo asegura que hoy apenas se ve a determinados colectivos por allí, salvo en Halloween, porque el precio disuade. El parque se convierte así en un indicador de renta disponible: quien puede pagar el abono va, quien no, no. La vieja foto familiar de los 90 montándose en todo sin que supusiera un robo se ha convertido en un producto de ocio segmentado por capacidad de gasto.
La nostalgia del parque, en el fondo, no es nostalgia del parque. Es nostalgia de una época en la que el ocio familiar era accesible y el barrio tenía una composición social que se percibía como homogénea. Ese es el núcleo real del asunto, y por eso el intercambio se calienta cuando alguien menciona la composición demográfica actual. La discusión sobre el parque es una discusión sobre quién vive en el barrio, quién puede pagar la entrada y quién se queda fuera.
El mito de la clase obrera sana y luchadora
Uno de los golpes más certeros del intercambio apunta a la idealización de la clase trabajadora de la época. El mito de la clase obrera luchadora, sana, concienciada y de sólidos principios morales se desmonta con un dato simple: lo que había era drogas, alcohol, prostitución, degradación y jeringuillas en los parques. La épica de la dignidad obrera se sostiene mal cuando se mira la vida real de los barrios, no la de los carteles.
El debate también toca la educación. Un participante recuerda que a los críos se les pegaba en el colegio y que eso se dejó de hacer en serie con la llegada del PSOE al poder en 1982. Reconoce mejoras sociales del primer gobierno socialista, aunque critique con dureza otras facetas. Frente a eso, otro sostiene que el nivel académico en los barrios de las grandes ciudades se ha degradado y que hoy hay problemas de convivencia y de armas en los centros. La comparación entre la letra con sangre entra y el aula actual no deja a nadie bien parado.
Lo que la nostalgia no cuenta
La conversación termina donde suelen terminar estas cosas: con dos relatos incompatibles y una pregunta sin respuesta. ¿Se vivía mejor en 1990 en el Parque de Atracciones de Madrid? Depende de quién mire la foto. El que tenía trabajo fijo, casa pagada y coche en la puerta recuerda una España ordenada y blanca. El que creció en un barrio obrero con jeringuillas en el parque recuerda otra cosa. Y el que hoy comparte piso a los treinta y no puede pedir una hipoteca mira las dos versiones con la misma desconfianza.
La nostalgia es un filtro selectivo: amplifica lo que se perdió y silencia lo que se ganó. El parque de atracciones de 1990 no era mejor ni peor que el de ahora. Era otro. Y la España que lo rodeaba tampoco era la que algunos recuerdan, ni la que otros denuncian. La única conclusión sólida es que la comparación entre épocas siempre la gana quien elige el marco. ¿Y si el problema no fuera el parque, sino que ya nadie se monta en la alfombra mágica?