El gas ruso cortó el grifo y Europa aún no tiene plan B
Un sábado de finales de octubre de 2021, el gasoducto Yamal-Europa dejó de bombear. Los datos del operador alemán Gascade mostraban el desplome hora a hora: casi 400.000 metros cúbicos en una hora, 28.800 en la siguiente y, a las 10:00 hora de Moscú, cero. Lo revelador no fue el corte, sino lo que vino después: la tubería entró en modo inverso y empezó a fluir de oeste a este. El gas ruso barato que había sostenido la industria europea se estaba apagando, y muy poca gente en el continente entendía entonces qué significaba. Diez meses después, la conversación ya no era sobre un gasoducto. Era sobre fábricas cerrando, países recalibrando su factura energética y una pregunta incómoda que nadie quería responder: quién paga la fiesta.
¿Por qué se disparó el precio de la energía en Europa?
El detonante fue el mercado. En Francia, el contrato diario llegó a ganar un 5,5% hasta los 645,54 euros por megavatio-hora en Epex Spot, más de siete veces el precio de un año antes. Reino Unido, Alemania, Italia y la región nórdica marcaron máximos el mismo día, con una previsión de viento ínfima que obligaba a las redes a tirar de combustibles fósiles caros. El sistema marginalista, ese por el que la fuente más cara fija el precio de toda la electricidad, quedó al desnudo. La propia presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, lo admitió: «El gas es el más caro y define todo el precio. Este sistema de mercado ya no funciona. Tenemos que reformarlo».
Hay quien sostiene que el problema es de oferta y de la guerra; otros replican que el diseño del mercado multiplica el daño con independencia del precio del gas. El caso es que la factura dejó de cuadrar en toda Europa a la vez.
Nord Stream 2: quién financió el gasoducto que nadie revisó
El coste total del Nord Stream 2 se presupuestó en 9.500 millones de euros. Gazprom pagó la mitad. La otra mitad la financiaron cinco compañías occidentales, cada una con unos 950 millones: entre ellas Wintershall, filial de BASF, y Uniper, que ya ha recibido líneas de crédito del Gobierno alemán. Con esa estructura sobre la mesa, para varios participantes atribuir sin matices el sabotaje de las conducciones a Moscú resulta, como mínimo, discutible: siguiendo el rastro del dinero, la pista se pierde a los dos pasos. La infraestructura, además, era de propiedad rusa.
Alemania quema carbón y cancela contratos por fuerza mayor
La industria se lleva el 30% del consumo de gas europeo. Cuando su precio se multiplica, no queda margen: se cierra. Plantas de BASF pararon todo agosto, y varias pymes químicas alemanas han presentado suspensión de pagos. Los testimonios del sector químico describen un desabastecimiento brutal y algo inédito: contratos millonarios cancelados por fuerza mayor a clientes extranjeros. En paralelo, Alemania reactivó generación con carbón para ahorrar gas, relajó criterios de contaminación y llegó a intervenir activos petroleros rusos en su territorio.
El argumento más repetido es el de la destrucción de demanda: las empresas europeas que sobreviven no consumen menos porque sean eficientes, sino porque han dejado de producir. La factura se pasa al empleo y a la recaudación.
La ganadora silenciosa es la economía estadounidense
Afectadas por el encarecimiento del gas, empresas europeas de acero, fertilizantes y otras materias primas básicas están trasladando sus operaciones a Estados Unidos, que combina energía más barata con subvenciones generosas. El resultado es una corriente de deslocalización que beneficia al socio atlántico mientras Europa asume el coste industrial. La cuestión de fondo —si esa asimetría es un efecto colateral o una jugada deliberada— no tiene respuesta cerrada, pero el patrón es difícil de ignorar.
¿Cuánto cuesta frenar la crisis energética?
El Reino Unido cifró en al menos 100.000 millones de libras proteger a las familias del golpe en las facturas. La llamada «excepción ibérica», el tope al gas que se aplicó en España y Portugal, se estimó en unos 6.000 millones de euros, según un cálculo que circulaba en el hilo. La cifra, comparada con la británica, ilustra la escala del rescate: dinero público para tapar un agujero que la propia política energética había contribuido a abrir. En España, la ministra para la Transición Ecológica, Teresa Ribera, aseguraba que no había que preocuparse por el suministro tras el cierre del gasoducto Magreb-Europa.
El debate nuclear, renovables y el mix que nadie quiere discutir
España acumulaba por entonces unos 57.000 megavatios de renovables instaladas, y su plan energético preveía ocupar apenas un 0,4% de la tierra de cultivo con fotovoltaica. Aun así, el pulso entre defensores y críticos del mix no cesa: los cálculos que circulan sobre el cierre nuclear apuntan a subidas cercanas a 40 euros por megavatio-hora y un encarecimiento del 23% para hogares y pymes sin nuclear, mientras casos como el de Alcoa San Ciprián —cerca de la tercera parte de la electricidad gallega— se convierten en símbolo de la fragilidad industrial.
Y entre los datos que se repiten en el hilo, uno que conviene manejar con cautela: según un cálculo que circula, mientras España contaba con unos 100 días de reservas de gas, los grandes socios del norte no pasaban de 35. Casi tres veces menos colchón para los que venden lecciones de seguridad energética.