Alvise Pérez y el voto útil contra el sistema del 78
El fenómeno Alvise Pérez ha dejado de ser una anécdota en el ecosistema político español. A pocos días de las elecciones europeas, el líder de «Se Acabó La Fiesta» ha pasado de denunciar corrupción en redes sociales a convertirse en el epicentro de un debate que trasciende lo electoral: la auditoría de actas, el control de Correos e Indra y la sospecha sobre el voto por correo. La discusión, lejos de ser un simple intercambio de opiniones, revela una fractura profunda en el electorado de derechas y un desencanto transversal hacia el régimen del 78.
El voto útil que incomoda a todos
La irrupción de Alvise Pérez en el tablero político ha generado un efecto paradójico. Por un lado, hay quien sostiene que su partido es la única opción que planta cara a la corrupción de todos los colores, desde el PSOE hasta el PP, pasando por Vox y Podemos. Por otro, el análisis más crítico apunta a que se trata de un monigote más del sistema, un reformista que, como decía Ambrose Bierce, solo sirve para perpetuar el régimen que dice combatir. La discusión no es baladí: en juego está si el voto a Alvise es un voto de castigo o una rendición disfrazada de rebeldía.
Los datos que manejan los analistas más optimistas sugieren que «Se Acabó La Fiesta» podría obtener entre tres y cuatro diputados en el Parlamento Europeo. Con el sistema de distrito único y la Ley D'Hont, cada escaño que consiga Alvise encarece el coste por escaño de sus rivales, especialmente de los partidos minoritarios como el tres por ciento o la coalición de Irene Montero. Ese cálculo, desglosado partida a partida, es lo que ha convencido a más de uno a votar a Alvise solo por ver fuera a la Montero. Una motivación tan pragmática como reveladora del nivel de desesperación del electorado.
La auditoría de actas: ¿fraude o garantía?
Uno de los puntos que más ha movilizado a los partidarios de Alvise es su propuesta de auditar las actas electorales. La idea, que suena a perogrullada en cualquier democracia consolidada, ha calado hondo entre quienes recuerdan episodios como el de un juez que se negó a abrir los sobres de las actas ante un miembro de mesa electoral. «Si no está de acuerdo, reclame a la junta electoral», fue la respuesta. Ese tipo de anécdotas, repetidas en distintos colegios, han alimentado la desconfianza en el sistema.
La propuesta de Alvise va más allá: incluir en el Código Penal el borrado de pruebas de corrupción en Internet como un delito de obstrucción a la justicia. La medida, que algunos califican de bolchevique al revés, busca evitar que los rastros digitales de presuntos casos de corrupción desaparezcan de la noche a la mañana. El ejemplo que se cita es el de Begoña Gómez, cuya plataforma para captar fondos públicos ha visto cómo sus movimientos indexados en Google dejaban de existir. Si eso es verdad o no, es algo que solo una investigación judicial puede determinar, pero el debate sobre la eliminación de pruebas digitales ya está sobre la mesa.
El control de Correos e Indra: la sospecha permanente
La sombra de la duda sobre el voto por correo planea sobre estas elecciones. Hay quien sostiene que el fraude es estructural y que los tentáculos del poder no solo alcanzan a la Fiscalía, sino también a Correos e Indra, las empresas encargadas de gestionar el voto a distancia. La pregunta que flota en el ambiente es quién controla realmente esos organismos y si existe la posibilidad de manipular el sufragio. No hay pruebas concluyentes, pero la mera formulación de la sospecha ya es un síntoma del deterioro de la confianza institucional.
En este contexto, la figura de Alvise Pérez se agranda. Sus seguidores lo ven como un David contra Goliat, un tipo que denuncia la corrupción a saco y que incluso ha llegado a decir que si lo encuentran suicidado, que no se le ocurra a nadie pensar que se ha suicidado. Esa mezcla de valentía y paranoia, tan característica de los tiempos que corren, es lo que le ha granjeado un apoyo que muchos no entienden. «Hay que conformarse en este juego que es la democracia con lo que hay», resume uno de sus votantes. Y ahí está la clave: no es tanto un voto de convicción como de resignación activa.
El efecto Alvise en la derecha y en la izquierda
El ascenso de Alvise no se entiende sin el contexto de fragmentación de la derecha española. Vox, que se presentaba como el azote del sistema, ha visto cómo parte de su electorado más radical se ha pasado a «Se Acabó La Fiesta». No es un trasvase masivo, pero sí significativo. La crítica que se le hace a Vox es que se ha convertido en parte del sistema, en una pieza más del tablero que, lejos de dinamitarlo, lo sostiene. Alvise, con su discurso incendiario y su desprecio por las formas, ha ocupado ese espacio de protesta.
En la izquierda, el fenómeno genera una mezcla de irritación y desconcierto. Por un lado, se le acusa de ser un personaje que aprovecha cualquier cola para dar un mitin y hacer creer que es gente que ha ido a verle. Por otro, se reconoce que ha puesto sobre la mesa temas que la prensa tradicional ha ignorado durante años, como los viajes de Ábalos con Koldo sacando billetes de 200 y 500 euros de una riñonera para pagar, o las fotos de Óscar Puente de vacaciones en Marbella con la amante en un Mercedes de 180.000 euros prestado por un constructor que contrataba con su ayuntamiento. Esas informaciones, publicadas en su momento por Alvise, han tardado años en llegar a los medios convencionales.
El futuro incierto de «Se Acabó La Fiesta»
El resultado electoral de Alvise es una incógnita. Las encuestas, poco fiables a estas alturas, le otorgan un escaño, quizás dos. Pero el impacto real de su candidatura no se medirá solo en diputados, sino en la capacidad de forzar un debate sobre la limpieza del sistema electoral y la corrupción política. Si consigue que se auditen las actas y que se hable de fraude sin que se le ridiculice, habrá ganado algo más que un escaño.
Sus críticos más acérrimos, sin embargo, advierten de que todo esto es una burbuja. Que Alvise es un vividor más, como Abascal, que acabará apalancado en el sistema que dice combatir. La historia reciente está llena de ejemplos de outsiders que prometieron arrasar y acabaron siendo parte del mobiliario. La pregunta, que nadie responde con certeza, es si Alvise será la excepción o la norma. Mientras tanto, el electorado sigue buscando a alguien, a quien sea, que le devuelva la ilusión de que su voto sirve para algo más que para legitimar el statu quo.
En definitiva, el fenómeno Alvise Pérez es un síntoma, no una causa. Refleja el agotamiento de un sistema que muchos perciben como corrupto e inamovible. Su voto es un grito de rabia más que una apuesta de futuro. Y como todo grito, puede ser el preludio de algo o quedarse en un simple eco.