El país donde todos viven bien (menos tú)
Hay una España que no aparece en las estadísticas de paro. Es la que describe un forero mileurista que se define como precario: informáticos en remoto, guardias civiles y policías con buenas condiciones y oficiales de primera que, según un ejemplo que cuenta, se sacan 7.000 euros en semana y media. En su entorno, afirma, todo el mundo vive bien. La pregunta incómoda que él mismo plantea es qué pasa con el 25% que se quedó atrás.
El relato no es nuevo, pero esta vez viene con nombres de oficios y cifras concretas. La tesis de partida es sencilla: el dinero circula, el trabajo existe y la gente, en general, es feliz. El problema es que esa foto fija tiene un encuadre muy concreto.
Los tres mundos del trabajo español
El diagnóstico se divide por sectores. Los
informáticos e ingenieros no han parado desde que salieron de la carrera o la FP: buenos sueldos, teletrabajo, hijos y vacaciones. Los
funcionarios —profesores, guardias civiles, policías, enfermeros— viven, según esta descripción, como marajás, con horarios de ensueño y sueldos que cuesta creer. Y los
trabajadores del andamio trabajan más horas y en peores condiciones, pero no les falta faena y cobran bien: un oficial de primera se sacó 7.000 euros en semana y media en una obra, según el ejemplo que da el forero.
La hostelería queda fuera del mapa. Según el forero, ya no trabaja nadie español en ella, salvo quien emprende con negocio puesto por papá. Es el sector que otros mensajes retratan como el infierno: cuatro meses de verano en una cocina con terraza bastan para salir marcado de por vida. El palillero llorando todos los días porque los empleados son unos vagos es la estampa que resume el oficio.
La felicidad como anestesia
La parte más incómoda del relato no son los sueldos. Es la conclusión:
son felices. Incluso los que curran nueve horas en una nave infernal y se gastan el sueldo en cochazos y vacaciones con la parienta. Incluso los que combinan cocaína de fin de semana con jornadas de lunes a viernes. La felicidad, en esta lectura, funciona como anestesia: mientras haya pareja y sueldo, la esclavitud del remo no se percibe.
Frente a esa foto, otro participante sostiene que la mayoría de la gente es profundamente superficial y que su ventana de felicidad relativa se sostiene sobre no cuestionarse nada. Los que son más críticos, dice esta tesis, no disfrutan de esa ignorancia. Y hay quien añade un matiz económico: buena parte del dinero se va por el desagüe en vicios y cosas innecesarias, y muchos mienten al contar lo que ganan.
El 25% que sostiene el relato
El propio autor del diagnóstico lo admite: hay un
25% de gente que ha quedado atrás. La sociedad tira para adelante sin ellos. Es el sacrificio. Esa frase, escrita sin ironía, es la que mejor resume el pacto social implícito que describe el mensaje.
Los datos oficiales, sin embargo, matizan el cuadro. España acumula
27 meses consecutivos como líder en paro de la UE, con una tasa del 11,7% en abril, prácticamente el doble de la media de la eurozona (6,4%) y de la UE (6%). Y un forero afirma que hay
7 millones de trabajadores que no trabajan a jornada completa. Si se restan del total, según su cuenta, quedan 14 millones de ocupados, de los cuales 3,5 son funcionarios. La cuenta que hace es incómoda: 11,5 millones de remeros mantienen a casi 49 millones de habitantes.
La comparación con el pasado también aparece. Un participante sostiene que una tasa del 11,7% era casi pleno empleo comparada con el 27% que marcó el desempleo durante el gobierno de Rajoy. Desde ese prisma, los datos actuales son positivos. Desde el europeo, son una anomalía.
La nómina que lo cambia todo
En mitad del intercambio, alguien pega su nómina.
Casi 10.000 euros netos en marzo, probablemente por las guardias de febrero. Sin horas extra, solo cuatro quinquenios y 72 horas trabajadas en días festivos. La letra pequeña: es
casapapis, sus padres boomers cobran unos 2.500 euros de pensión entre los dos y patrimonian algo más de un millón de euros. Sus compañeros, con el mismo sueldo, pagan hipoteca y mantienen esposas e hijos. Hay otros curritos que lo hacen con menos.
Esa nómina es la prueba y la refutación del relato. Prueba que hay sueldos altos. Refuta que sean la norma. La cosa, dice quien la publica, está muy malita ahí fuera.
El poder adquisitivo se mide en el supermercado
La objeción más sólida al «todo el mundo vive bien» no viene de los sueldos, sino de los carros de la compra. Un forero sostiene que el
poder adquisitivo se mide en los supermercados, no en coches, casas, ropa o teléfonos: todo eso se paga a cuotas. La comida no. Los carros grandes van medio vacíos y abundan los pequeños. Las harinas, pastas y procesados se agotan en minutos; el cordero y la ternera pueden estar la semana entera sin moverse del estante.
Es un indicador que no sale en las estadísticas de empleo y que, sin embargo, describe mejor que ninguna tasa la brecha entre el relato y la cesta de la compra.
El entorno como única realidad
La conclusión más lúcida del intercambio no es sobre sueldos. Es sobre percepción: en cualquier entorno en el que estés, todos viven bien, hasta que tú dejas de poder estar en tal entorno. Entonces nadie se dará cuenta y los demás seguirán diciendo que, en su entorno, todos viven bien.
El dato que descoloca no es el 11,7% de paro. Es que, con esas cifras, la conversación siga girando en torno a si el vecino vive bien o mal.