Càritas Barcelona atiende a 100.848 personas y solo puede dar ayudas directas a 4.420
Càritas Diocesana de Barcelona ha tocado techo. La entidad atendió en 2023 a
100.848 personas en el territorio que va de Cornellà de Llobregat a Caldes d'Estrac, apenas un 1% más que el año anterior, y su director, Eduard Sala, lo explicó sin paños calientes: «No crecemos más porque hemos tocado techo, no porque no haya necesidad». De los 100.000 que llamaron a la puerta, solo
4.420 recibieron ayudas directas, por un total de 2,4 millones de euros. El resto se fue con un no. «Estamos en un naufragio y nuestra barquita está llena», resumió Sala.
Qué dice la memoria anual de Càritas Barcelona
El dato que la entidad considera más relevante ni siquiera aparece en la memoria: el volumen de ayuda denegada por falta de medios. Los 2,4 millones repartidos sirvieron para pagar alquileres, facturas de luz y alimentación de 4.420 personas. La lista de espera real multiplica por veinte esa cifra. Y el perfil del atendido ha cambiado:
el 14% tiene contrato de trabajo, son los llamados trabajadores pobres, y el
51% estaba en situación administrativa irregular.
La vivienda es el agujero negro. El
70% de los atendidos necesita una vivienda digna y la mitad malvive en habitaciones realquiladas. Càritas dispone de 2.000 plazas residenciales; según su director, harían falta 70.000 más. «Estamos poniendo tiritas», admitió Sala, consciente de que la entidad asume funciones que corresponden a la administración.
El padrón como muro administrativo
El acceso al padrón se ha convertido en un cuello de botella. La responsable de asesoría jurídica, Elisabet Ureña, denunció que, salvo en el Ayuntamiento de Barcelona, buena parte de los municipios dificultan el empadronamiento de quienes viven en habitaciones realquiladas. La consecuencia es inmediata: sin padrón no hay tarjeta sanitaria, la matrícula escolar se retrasa —hay niños que esperaron seis meses— y la regularización legal se vuelve imposible. Càritas reclama que se aplique la modalidad de empadronamiento sin domicilio fijo y que se atienda a todos, con independencia de su situación documental.
La caída de donativos agrava el colapso
Los donativos de empresas han caído un
12% y la administración solo aporta uno de cada cuatro euros que maneja la entidad. Sala habla de un «efecto fatiga» en la población: tras años de crisis sucesivas, la solidaridad se enfría. Si el escenario no cambia, Càritas planea reorganizarse hacia centros polivalentes donde las familias se ayuden entre sí, en lugar de la respuesta intensiva por familia. «Necesitamos flotadores para el máximo de gente», dijo.
El testimonio: vivir en una habitación con un bebé
Caterina, madre de un bebé, vive con su marido en una habitación realquilada. «No podemos usar la cocina, y para lavar la ropa tenemos que pagar», relató. «El niño necesita espacio para jugar, para sentir que está como en una casa. Le tenemos que bañar en brazos, no sabe lo que es disfrutar del agua». Míriam Feu, responsable de análisis social, añadió el factor psicológico: «Viven con la inseguridad constante de que les pueden echar, de no poder cocinar ni ir al baño, de vivir con miedo, con desconocidos».
Las recetas que pide Càritas
La entidad pide estabilidad y consensos políticos para atacar la pobreza estructural. En vivienda, tres medidas concretas: ampliar hasta el
15% el parque destinado a alquiler social, ofrecer una alternativa de emergencia sin demoras —hoy puede superar los dos años— y garantizar las ayudas al pago del alquiler. También reclama eliminar la cita previa obligatoria con la administración.
El debate de fondo es otro. Una parte del análisis sostiene que el problema es de oferta: si hay cien viviendas en alquiler y doscientas familias que las necesitan, cien se quedan fuera aunque se topen los precios. Otra corriente apunta al marco regulatorio y a la falta de construcción nueva. Y una tercera mira al padrón como herramienta de control migratorio de facto. Con estos mimbres, el cesto de Càritas seguirá lleno y la orilla, lejos.