La tele se ríe del coleccionista de figuritas y parte del público le da la razón
Un programa de
televisión ha convertido al coleccionista de figuritas en el nuevo hazmerreír. La escena que se describe es siempre la misma: un piso pequeño, estanterías hasta el techo, plástico por todas partes y un dueño que intenta explicar su afición mientras el presentador pone cara de circunstancias. La humillación funciona. Y parte del público, lejos de indignarse, aplaude.
El asunto ha reabierto una pregunta incómoda: ¿dónde está la frontera entre una afición respetable y un problema? Porque nadie discute que coleccionar sellos, libros antiguos o coches de escala sea de adultos.
La diferencia, según el relato dominante, es el precio y el escaparate. Una figurita puede costar
1.000 euros y no servir para nada más que para acumular polvo. Eso, para muchos, es la prueba del delito.
El perfil que se dibuja: solteros, mileuristas y pisos pequeños
El retrato que circula es demoledor y, como todo estereotipo, tiene algo de verdad y mucho de caricatura. Se describe al coleccionista tipo como
soltero o con pareja de complexión generosa, con trabajos precarios, vivienda reducida y una tendencia preocupante a llenar cada rincón con cajas y figuras. Los gatos, los tatuajes y el paso por tribus urbanas de los 2000 completan el cuadro.
Hay quien sostiene que ese perfil no es casual.
La afición, dicen, se convierte en refugio cuando la vida adulta no termina de arrancar. Y ahí es donde el debate se envenena: no se critica el hobby, se critica lo que el hobby revela. Un sueldo de mil euros y una colección de mil euros son incompatibles. Alguien tiene que pagar la factura.
Frente a eso, la defensa clásica:
cada cual gasta su dinero como quiere. Es un argumento sólido, pero choca con una realidad incómoda. Si el coleccionista vive en un piso heredado de la abuela y no puede permitirse un coche, la prioridad está clara. La tele no inventa el problema. Lo exhibe.
La trampa de la validación: ¿por qué necesitan enseñarlo?
Aquí llega el giro más interesante. La crítica no va contra el que colecciona, sino contra el que necesita que le vean coleccionando.
La vanidad del friki que sube vídeos a YouTube para que el mundo admire su vitrina es, para muchos, la verdadera enfermedad. No basta con tener. Hay que demostrar.
Ese impulso, señalan, es el mismo que lleva a tatuarse el cuello a los cuarenta o a comprar un coche que no puedes pagar.
La sociedad premia al que exhibe, aunque lo que exhiba sea ridículo. Y el coleccionista de figuritas ha caído en la trampa: cree que su afición le da personalidad, cuando en realidad le delata.
La comparación con otros coleccionistas es inevitable.
Un bibliófilo con ejemplares antiguos no sale en la tele. Un filatélico tampoco. La diferencia no es el valor de lo coleccionado, sino la puesta en escena. El friki de las figuritas quiere ser visto. Y eso, en una cultura que premia la discreción del dinero viejo y castiga la ostentación del nuevo, es un error de cálculo.
El contraataque: la tele ridiculiza lo que no entiende
No todos compran el relato. Una parte del público señala que la televisión lleva décadas ridiculizando cualquier afición que no pase por el fútbol, la cerveza o el ladrillo.
El programa no informa: humilla. Y lo hace porque sabe que el friki no se va a quejar. Es el blanco perfecto.
Desde esa trinchera se recuerda que muchos coleccionistas empezaron de niños, cuando las figuras de anime eran imposibles de conseguir en España.
Lo que ahora parece una tontería fue un sueño inalcanzable durante años. Comprarlas de adulto es, para ellos, cerrar una herida. No una patología.
El argumento tiene fuerza. También tiene un límite: la tele no obliga a nadie a comprar. Si el coleccionista se siente humillado, siempre puede apagar el televisor. Lo que no puede hacer es exigir respeto mientras llena el salón de plástico y espera que los demás lo aplaudan.
La pregunta que nadie responde: ¿es esto una inversión?
Ahí está el nudo económico.
Algunas figuras se revalorizan; la mayoría, no. Quien compra pensando en el futuro se arriesga a quedarse con un armario lleno de objetos que nadie querrá cuando él falte. La comparación con el coleccionista de chatarra americano es cruel, pero no del todo injusta.
El mercado de segunda mano existe, pero es lento y caprichoso.
Encontrar comprador puede llevar meses o años. Mientras tanto, la colección ocupa espacio, acumula polvo y consume un dinero que podría estar en otro sitio. No es una estafa. Es una afición con mala liquidez.
Ahí es donde el debate se vuelve realmente interesante. No se trata de si coleccionar es de frikis o de adultos. Se trata de si el coleccionista ha hecho bien sus cuentas.
La tele se ríe, pero el banco no perdona. Y esa es la única humillación que de verdad importa.
Con estos mimbres, es previsible que el fenómeno crezca. La televisión ha encontrado un filón barato: ridiculizar al que gasta en lo que no entiende. Lo que no está tan claro es que el público siga riéndose cuando la factura de su propia afición —la que sea— llegue a casa.