La gasolina apunta a 2,5 euros y el diésel ya roza los dos
Los 2,5 euros por litro de gasolina han dejado de sonar a exageración. Con el diésel pegado a los dos euros y la gasolina 95 y 98 por encima de esa cifra, la previsión que maneja el sector es que «los 2,5 euros pueden llegar perfectamente en las próximas semanas si las cosas no mejoran en Oriente Medio». Lo sostiene un alto directivo de una de las principales petroleras que operan en España, y lo envuelve en una condición que lo cambia todo: el suministro.
El detonante tiene nombre geográfico. Las instalaciones de Yanbu, en Arabia Saudí, marcan el ritmo. Si recuperan el flujo con rapidez y las rutas alternativas aguantan, la escalada se frena. Si no, el precio deja de ser una hipótesis y pasa a ser una factura.
Europa ya paga entre 1,8 y 2,2 euros por litro
El dato incómodo no es español, es continental. El precio estándar en prácticamente toda Europa se mueve entre 1,8 y 2,2 euros por litro, con la excepción de Rusia y Bielorrusia, y gasolina y diésel casi en paridad. Como el transporte pesado y la maquinaria agrícola funcionan con diésel, ahí hay una pata de la inflación que arrastramos.
El contagio es rápido por diseño. No solo existe un mercado de crudo: existe un mercado de subproductos. Si el precio se dispara en un punto, en cuestión de días se importa del vecino más barato y el diferencial se cierra. Nadie se salva por geografía.
La mecha del diésel y el umbral del transporte
Hay una cifra que conviene tener a mano. Con el galón de diésel por encima de 6,50 dólares, el transporte por carretera quebraría en masa en Estados Unidos. Ahora mismo está en 6,20, el equivalente a 1,64 euros por litro. No es profecía: es un umbral, y queda a treinta centavos.
En España el diésel se ha visto ya a 1,99 euros en estaciones de servicio de marca. La versión optimista sostiene que el mercado no puede permitirse los dos euros porque encarecería absolutamente todo, de la cesta de la compra al gasóleo de calefacción. La pesimista responde con una frase seca: el mercado no decide, decide el suministro.
Del llenar el depósito al cambio de coche
Hay una broma que resume tres décadas de contabilidad mental: mil pesetas en 1990, dos mil en 2000, veinte euros en 2010, treinta en 2020. La pregunta es si la cifra redonda ya va por los cincuenta. El desglose completo, década a década, deja una escalera que cualquiera reconoce sin mirar el surtidor.
Y de fondo, el debate que no se cierra: el coche eléctrico. Unos lo leen como destino inevitable, el cruce de dos curvas donde una mejora y otra empeora; otros, como una imposición por decreto. En medio entran las baterías de sodio, el estado sólido que lleva años anunciándose sin llegar al concesionario, una red eléctrica que ya desconecta industrias por horas y unos centros de datos que se comen la energía disponible.
El coche chino, los aranceles y el impuesto que viene
Las marcas chinas han entrado a precio de saldo. Los cálculos que circulan apuntan a que entre 2027 y 2030 desembarca una segunda hornada con cargas de batería en cinco minutos y autonomías de 700 kilómetros. Un modelo tipo Dongfeng Nami Box ronda los 6.000 euros en China y bastante más aquí, con los aranceles europeos por medio. Y hay quien ya avisa de lo de siempre: cuando el eléctrico sea mayoría, le caerá encima su propio impuesto.
El relato oficial y el precio del entorno
La política entra en la ecuación. Hay quien defiende que las ayudas del Ejecutivo de Pedro Sánchez han mantenido el gasóleo y la gasolina entre los precios más bajos del entorno europeo. Otros replican que el problema no es español sino global, y que ninguna subvención tapa un desequilibrio de oferta. Una tercera corriente recuerda que cada vez que se toca la fiscalidad de un carburante, el ajuste acaba aterrizando en el recibo.
A 2,5 euros, la previsión más repetida es que la cosa dure un tiempo limitado y que después todo vuelva a la normalidad, eso sí, un poco más caro que al principio. Es una predicción razonable y, como todas, revisable. Si Yanbu aguanta, la escalada se frena. Si no, el 2,5 que hoy suena a exageración será el precio que ya no recordemos haber pagado.