Un forero afirma que «el 25% de Europa ya no es europea» y que «el 70% vota que siga así»
¿Qué pasa cuando una mayoría acepta, sin mover un dedo, que su país deje de ser su país? Esa es la pregunta que sobrevuela una discusión que arranca con una acusación incómoda: que a buena parte de la población le da igual que le maten y le den su tierra a otros. El detonante no es una encuesta ni un informe oficial, sino una afirmación que se repite en varios mensajes:
«el 25% de la población europea ya no es autóctona» y la tendencia, según quienes siguen el asunto, apuntaría a que en cinco años uno de cada tres residentes tendría origen extracomunitario. La cifra no procede de Eurostat ni de ninguna fuente oficial citada en el hilo.
Quién sustituye a quién y a qué ritmo
El primer choque es de diagnóstico. Una corriente sostiene que no existe tal sustitución planificada: lo que hay, se argumenta, es una élite interesada en que los de abajo se enfrenten hasta exterminarse mutuamente, porque el conflicto es solo un medio para un fin que no se explicita. La respuesta desde el otro lado es tajante:
«a los únicos que están exterminando es a vosotros», y no por un plan oculto sino por pura pasividad. La acusación de fondo es que los partidos financiados desde fuera han anunciado durante años que iban a meter millones de personas y el votante ha puesto el culo igualmente.
Hay una afirmación que se repite como martillo:
«el 70% de la población vota a favor de esto». Y de ahí sale el argumento más incómodo de todos. Si el 70% no son migrantes —no podrían serlo durante más de treinta años—, entonces la conclusión que se extrae es que la población autóctona merece lo que le pasa. No es una tesis agradable. Es la que vertebra media discusión.
¿Por qué se culpa a los católicos de la inmigración masiva?
La hipótesis más repetida apunta a un factor que casi nadie pone en el centro: la religión. Se sostiene que la inmigración masiva llegó a Europa justo cuando la Iglesia Católica perdió peso y aparecieron las políticas izquierdistas, y que en los países protestantes el fenómeno es residual. La cadena causal que se dibuja es esta:
100.000 abortos de católicos al año en España y 2.500.000 católicos españoles muertos en lo que va de siglo XXI. Sin Cáritas y sin Cruz Roja, se argumenta, no habría ningún migrante en España. La conclusión es que la invasión es fruto de la endofobia europea, del odio a uno mismo.
La contraofensiva llega desde dentro del propio campo: el problema no es la Iglesia, es que la verdadera Iglesia se fue a las catacumbas hace mucho y el Vaticano está dirigido por lo que se describe como masonería eclesiástica, mafia gay, protestantes y teología de la liberación. Un ejemplo que se cita: el que fuera director de Cáritas durante años y su equipo de trotskistas, que se marcharon a Podemos dejando a todo su equipo dentro de la organización benéfica. La institución, se dice, ya no representa a nadie.
La natalidad como coartada y el argumento que la desmonta
Aparece entonces el recurso clásico: ¿cuántos hijos tienes tú? La respuesta más afilada no se hace esperar.
Tener un hijo no da derecho a quedarse con la casa de otro. La soberanía nacional no es una carrera de cucarachas en la que gana quien más sobrepuebla el territorio, y España es de los españoles sin necesidad de rendir cuentas a nadie sobre el número de descendientes. El argumento demográfico, se concluye, es una trampa: la
natalidad es lo de menos cuando lo que está en juego es dejarse invadir.
Los números que se manejan en la otra dirección son estos: China y buena parte de Asia ya tienen natalidad negativa. Los únicos que mantienen tasas de cinco o seis hijos de media son los países del África subsahariana, según se afirma. De ahí se extrae la proyección:
«en 50 años, uno de cada dos habitantes del planeta será negro», con lo que eso puede suponer para el nivel de desarrollo. Es una predicción, no un dato. Pero funciona como marco mental de toda la discusión.
El colapso silencioso: sanidad, educación y policía
El segundo gran bloque de agravios no es racial sino institucional. Se sostiene que el 100% de la población compra productos de fuera hundiendo al de dentro, consume en negocios de gente del mundo y disfruta viendo bandas en su pueblo para sentirse diversa y avanzada. Y sobre esa base, la acusación se extiende a los servicios públicos:
los médicos callan ante el colapso sanitario, los profesores callan ante la degradación de la enseñanza, los policías callan a quien se queja. Son cómplices, se dice, y responsables. Los políticos, mientras tanto, se corren de gusto con cada patera.
El contrapunto llega desde quien no ha votado a nada de esto y no piensa cargar con la culpa: si la mayoría quiere convertir el país en un vertedero multicultural y que esto acabe pareciendo Bangladés, allá la mayoría. La democracia es lo que tiene. Y una advertencia final para los que creen que por tener cincuenta años se van a librar:
«en 30 años esto será literalmente Sudáfrica» y les espera una bonita tercera edad.
Lo que nadie quiere mirar: la guerra que viene
Entre los mensajes más valorados aparece una tesis distinta, casi geopolítica. No quieren que nos enfrentemos, porque entonces ganaríamos. Quieren que no nos defendamos. La diferencia es importante. Y sobre esa base, la predicción más repetida no es la extinción pacífica sino el conflicto abierto:
habrá guerra. Algunos ya huelen la guerra. Otros apuntan a que el fenómeno de que solo importen los valores se da casualmente entre los blancos, y que fuera de ahí no existe.
El cierre más repetido no es esperanzador. La vida es finita y dura poco, dice uno. Antes de irme me cago dentro de este estercolero. Total, en unos años todos calvos. Que se lo queden. Es la rendición de quien ya no ve salida. Y frente a eso, la única respuesta que se sostiene es la de quien tiene tres hijos y pregunta a los demás cuántos tienen. La demografía, al final, es lo único que no se puede discutir con un argumento. Solo con hechos.