Por qué la España de los 80 no atraía inmigración masiva
La España de los años 80 y 90 no recibía oleadas migratorias como las actuales. No es una impresión nostálgica: es lo que sostienen los participantes en un debate de foro, donde se acumulan explicaciones que van del bolsillo a la geopolítica. La pregunta de partida es incómoda y directa: ¿por qué entonces no había llegado masiva de personas del continente africano y ahora sí? Las respuestas que se manejan apuntan a un cóctel de factores: una economía que aún no había entrado en el euro, un estado del bienestar sin cobertura universal, fronteras que se vivían como sagradas y una África que, según algunos, estaba más rota que ahora.
El dinero lo cambia todo
El argumento más repetido es el monetario. Con la peseta, cualquier envío de dinero a casa valía mucho menos que ahora con el euro. Un salario español convertido a moneda local rendía poco, y enviar remesas era ruinoso. Con una moneda fuerte, en cambio, el mismo sueldo multiplica su valor al cruzar la frontera. A eso se suma que España entró en la UE en 1986: hasta entonces, un migrante que llegara aquí no podía circular libremente hacia Francia o Alemania, porque no existía el espacio sin controles internos. El país era, para muchos, un destino final sin salida, no una puerta de entrada a Europa.
La otra pata es la ayuda social. En los 80 y 90 no había sanidad universal ni rentas mínimas para quien llegaba sin cotizar. La sanidad estaba vinculada al empleo y el que no trabajaba, no comía. Hoy existe una red de acogida, alojamiento, asistencia sanitaria y prestaciones que, según este análisis, actúa como imán. La ecuación que se repite es simple: sin paguitas ni trabajo, no hay efecto llamada.
La paradoja africana: más guerras, menos migrantes
Hay un dato que descoloca a quien mira el asunto con prejuicios. En los 80 y 90 África vivía guerras muchísimo más cruentas que ahora: Uganda, Ruanda, el Congo, Mozambique, Angola, Argelia. Si el motor fuera huir de la miseria y la violencia, entonces debería haber habido más migrantes que hoy. No los hubo. La explicación que se maneja es que faltaba la infraestructura del viaje: sin internet, sin redes sociales, sin teléfonos con WhatsApp para compartir ubicaciones y fotos de la paga, el boca a boca no funcionaba a escala global. La información viaja hoy a velocidad de vértigo y eso multiplica el efecto llamada.
A eso se añade el papel de las organizaciones no gubernamentales. Una parte del análisis sostiene que hay ONG que financian el viaje y dan cobertura a la llegada, y que en origen existen redes que traen a la gente. Otra corriente lo niega o lo matiza. Lo que sí es un hecho es que hoy existen estructuras de acogida que en los 80 no existían.
Fronteras, soberanía y el relato del buenismo
El tercer bloque es político. Se argumenta que las fronteras se vivían como líneas rojas: cruzarlas por las bravas podía costar la vida. Hoy, ver a agentes corriendo detrás de quien salta una valla se parece más a un juego de patio de colegio que a un control fronterizo. Esa pérdida de respeto por la frontera, sostienen algunos, explica por qué se lanzan oleadas de asaltos.
En paralelo, hay quien señala que la cesión de soberanía a instancias supranacionales y el discurso del buenismo han convertido la política migratoria en un terreno donde nadie quiere asumir el coste de cerrar la puerta. Y una corriente más dura añade un matiz cultural: no es lo mismo recibir migrantes que compartan códigos que recibir personas de sociedades con costumbres muy distintas. Ese argumento, que en el foro se lanza sin matices, conviene leerlo como lo que es: una opinión, no un dato.
El nivel de vida: ¿éramos más pobres o más ricos?
Aquí el debate se encona. Una parte sostiene que España era un país subdesarrollado y por eso nadie quería venir. Otra lo rebate con datos: en los 90 España organizó unas olimpiadas y una exposición universal, llenó el país de autovías y unió Sevilla y Madrid en dos horas por tren. Difícil llamar subdesarrollo a eso. La conclusión que se impone es que no éramos más pobres, sino más cerrados: menos ayudas, menos dinero circulante y menos redes de acogida.
Con estos mimbres, la predicción es incómoda. Si el motor es la combinación de moneda fuerte, red de acogida y efecto llamada digital, nada de eso va a revertir solo. La duda es si alguna vez hubo intención de revertirlo.