VOX, Ucrania y el malestar interno de sus votantes
Hay afiliados que han comunicado su baja del partido. No admiten discusión: dicen que no pueden seguir en una formación que, a su juicio, rinde pleitesía ante Volodímir Zelenski. El enfado lo trasladan votantes de VOX por la posición del partido ante la invasión rusa de Ucrania, leída por una parte de sus bases como una pleitesía ante Kiev y ante la OTAN. El malestar no lo firman cuatro descontentos: afecta a gente que llevaba años votando a la formación y que ahora se plantea la abstención.
La aritmética que empujó a VOX hacia Ucrania
Hay una lectura que tiene poco de ideológica y mucho de cálculo. La formación maneja sondeos que
le sitúan en torno al 20% y que, por primera vez, le permiten soñar con superar al PP. Para crecer más allá de su techo natural solo queda pescar en el electorado popular más moderado, y ese electorado, se argumenta, no toleraría una posición tibia con Moscú. De ahí el gesto hacia Kiev.
El problema es que la militancia no responde a ese perfil.
Una parte de la que se considera su base más fiel simpatiza con la tesis contraria: que la guerra es un asunto ajeno y que España no debería alinearse con la OTAN. La contradicción es de manual: el partido se define por su oposición al comunismo y a la vez se ve arrastrado a un conflicto donde los aliados occidentales son, en el relato de sus críticos, los mismos que diseñaron el sistema político español.
Bajas, llamadas y promesas de rectificación
El descontento se ha traducido en salidas. Hay afiliados que han confirmado su baja del partido y otros que cuentan haberla tramitado semanas atrás. Frente a eso, varios relatan que la ejecutiva comarcal les ha llamado para frenar la desbandada. El mensaje, según quienes lo han recibido, es que en las altas esferas se conoce la naturaleza del asunto y que la dirección rectificará cuando sea oportuno.
¿Es una maniobra para calmar los ánimos o un cambio real? Nadie lo sabe. La promesa, de confirmarse, llegaría tarde para quien ya ha roto el carné, y
deja al partido en una posición incómoda: si rectifica, contradice a quienes defendieron el gesto; si no lo hace, pierde votantes por su flanco derecho. El argumento de que no se puede exigir a VOX lo que otros partidos hacen sin complejos —no levantarse ante un invitado extranjero y no por ello ser prorruso— circula entre los más moderados.
¿Es Rusia un país comunista?
Parte del argumentario que circula repite que VOX es un partido anticomunista y que Rusia es comunista. El silogismo hace aguas incluso entre sus propios votantes. La Rusia de Vladímir Putin no tiene un partido comunista en el poder, sino un poder vertical que coquetea con los símbolos soviéticos sin devolverles el contenido.
Se pasean banderas de la URSS en las conmemoraciones del Día de la Victoria y se reivindican logros del pasado, pero eso dibuja a un autócrata nostálgico, no a un dirigente comunista.
De ahí la perplejidad. Un partido que se presenta como el azote de la izquierda termina en el mismo lado del tablero que buena parte de la izquierda institucional europea, mientras referentes que se presumen hermanos mantienen posiciones distintas. La paradoja descoloca a más de uno, y explica en parte la grieta.
Por qué Orbán, Le Pen o Bolsonaro no hicieron lo mismo
Quienes critican el giro recurren a la comparación internacional.
Viktor Orbán en Hungría, Marine Le Pen en Francia, Jair Bolsonaro en Brasil o Alternativa por Alemania habrían mantenido una posición mucho más alejada de Kiev, y ninguno se habría significado con tanta claridad del lado ucraniano. Esa es la vara de medir que se aplica al partido español.
También se recuerda que la relación con Rusia no es la misma en toda Europa del Este.
La desconfianza polaca hacia Moscú es histórica, no ideológica: territorios que hoy son Ucrania pertenecieron a Polonia hasta no hace mucho, y esa herida pesa más que cualquier etiqueta. Comparar a España con Polonia, o con Hungría, es el tipo de atajo que el propio análisis desmonta.
Una grieta que no entiende de izquierda o derecha
Lo llamativo es que el conflicto parte por igual a todos los bloques. Aparecen socialistas que critican el envío de armas, comunistas que rechazan a la OTAN y conservadores que sitúan la soberanía nacional por encima de las siglas.
Soberanía contra globalismo: así se describe la división, dos etiquetas que cada bando rellena a su gusto.
Ese reordenamiento deja a los partidos tradicionales en evidencia. A un lado, los que aplauden sin fisuras el relato atlantista. Al otro, los que intentan nadar entre dos aguas y reciben fuego de sus propios votantes.
Y hay un detalle que descoloca. Quien ha revisado el programa del partido en busca de un apartado sobre Rusia, Ucrania o la OTAN
se ha quedado con las manos vacías: no hay ni un epígrafe que cubra el asunto que ha puesto patas arriba a sus propios votantes. No hay un papel que romper, porque nunca se escribió.