Le Pen pide acercar la OTAN a Rusia y salir del mando militar aliado
¿Se puede pedir a la OTAN que se acerque a Rusia mientras se promete abandonar su estructura de mando militar? Marine Le Pen cree que sí. La candidata a la presidencia francesa defendió un «acercamiento estratégico» entre la Alianza Atlántica y Moscú, y lo justificó con un argumento de equilibrio de bloques: unas relaciones fluidas evitarían que Rusia acabase demasiado cerca de China. En la misma comparecencia anunció su intención de sacar a Francia del mando militar integrado de la OTAN. Disputa la segunda vuelta contra Emmanuel Macron el
24 de abril.
La puesta en escena dejó una imagen para el archivo: un manifestante interrumpió la rueda de prensa blandiendo una fotografía en forma de corazón de la candidata junto a Vladímir Putin. No es una escena casual: ese gesto apunta a la cercanía con Moscú que la candidata sitúa en el centro de su propuesta exterior.
¿Qué ha propuesto exactamente Marine Le Pen?
La propuesta tiene dos patas. La primera es diplomática: la OTAN debe pasar de adversario a
aliado estratégico de Rusia. La segunda es institucional: Francia abandonaría el mando militar integrado de la Alianza sin salir por ello del paraguas político de la organización. Es decir, mantener la pertenencia al club y renunciar a la sala de máquinas donde se planifican las operaciones.
El orden de los factores no es casual. Quien pide el acercamiento antes de que la guerra haya terminado se expone a que la propuesta se lea como una concesión, y las acusaciones de contemporizar con Moscú llegaron en caliente. Ahí está el filo: la dirigente que reclama mano dura en política migratoria propone, en política exterior, una distensión con la potencia que ha lanzado la invasión.
El eje Moscú-Pekín: ¿se llega tarde al reparto de bloques?
El razonamiento de fondo es que Occidente ha empujado a Rusia a los brazos de China y que ese error se acaba pagando en Eurasia. Con Moscú dentro del perímetro económico, defienden, Europa dejaría de pagar sobrecostes energéticos y de perseguir suministros por medio mundo.
El matiz lo ponen quienes subrayan que el tren ya salió de la estación:
la alianza entre Moscú y Pekín es un hecho consumado y lo que se discuta ahora llega, en el mejor de los casos, a la siguiente parada. La contraoferta del bloque más escéptico es menos ambiciosa y más concreta: ninguna alianza formal, pero tampoco un suicidio energético; mantener cordialidad y dejar de tratar cada movimiento como una declaración de guerra.
El coste electoral: de dónde saldrían los votos que Le Pen perdería
Aquí el asunto deja de ser geopolítica y se convierte en aritmética. Los escenarios más pesimistas para la candidata sostienen que un anuncio así le resta millones de votos en la segunda vuelta, porque a la ronda final acude un electorado que no es el de la primera. Otros apuntan en dirección contraria y sostienen, citando lo que dicen haber leído, que Francia es uno de los países con mayor simpatía hacia Rusia, y que la candidata se habría limitado a jugar su carta más fuerte cuando no tenía nada que perder.
Las dos predicciones pueden ser ciertas a la vez. La primera vuelta premia la identidad; la segunda castiga el riesgo. Hay quien compara el movimiento con el brexit y con la victoria de Trump, y quien cree que será exactamente al revés. El desenlace depende de cuántos votantes de otras candidaturas se movilicen para frenarla, y eso no lo sabe nadie.
El precedente que poco tiene de historia antigua
Conviene recordar de dónde viene el edificio, como repasa un participante. La OTAN se funda en
1949. En
1954 la Unión Soviética solicitó integrarse en la Alianza y la respuesta fue una negativa. El
9 de mayo de 1955 Alemania Occidental entró en la OTAN; cinco días después, el
14 de mayo de 1955, nació el Pacto de Varsovia como respuesta. Moscú disolvió ese pacto el
1 de julio de 1991.
Leído en secuencia, el patrón invita a algo más que a un titular. Durante dos siglos, la potencia anglosajona se habría sostenido sobre la división de Europa y su enfrentamiento crónico con Rusia, gobierne quien gobierne en el Kremlin. Si el diagnóstico es ese, la propuesta no es una extravagancia de campaña, sino la enésima vuelta a un debate que nunca se cerró. Si es el opuesto, la propuesta es un regalo para el adversario.
Las ventajas que se le atribuyen al acercamiento
El bloque favorable al giro insiste en un argumento materialista que no depende de simpatías ideológicas: energía más barata, materias primas, reindustrialización y un mercado continental capaz de competir de tú a tú con el eje que domina Asia. Y una advertencia: si Europa no se sienta a la mesa, otros lo harán por ella.
En contra pesan dos objeciones difíciles de rebatir. Una, que un socio que acaba de invadir a su vecino no ofrece seguridad jurídica para contratos a largo plazo. Otra, que un acercamiento así no se decide en un despacho de París: hace falta que lo quieran Berlín, Varsovia y media Alianza. Esa parte todavía no ha levantado la mano.
Queda una pregunta que el calendario resolverá sin ayuda: si la jugada era tan inteligente, ¿por qué casi todo el mundo se ha apresurado a marcar distancias?