Alemania se agrieta: el 60% apoya negociar con Rusia
¿Qué pasa cuando el país que sostiene buena parte de la factura de una guerra empieza a dudar de la guerra? Alemania ya no esconde la respuesta. Según el artículo de
ABC firmado por su corresponsal en Berlín,
el 60% de los ciudadanos alemanes apoya negociar con Rusia y crece el rechazo a la entrada de Ucrania en la Unión Europea, mientras Moscú extiende su influencia en el este del país. El propio texto apunta al motivo: la herencia cultural y política de 40 años de comunismo en la parte oriental sigue haciendo mella. Sobre ese dato se ha montado una discusión que va bastante más allá de una encuesta.
El 60% que quiere negociar y el 40% que no se entera
Conviene fijar el terreno. Ese 60% no reclama rendirse ni cambiar de bando: reclama sentarse a hablar. Lo llamativo es que la cifra crezca a la vez que el rechazo al ingreso ucraniano en la UE, dos movimientos que en Bruselas se leen como un solo problema. En paralelo, la escena que resume la tensión es otra: el presidente alemán,
Frank-Walter Steinmeier, tuvo que guarecerse en un refugio antiaéreo durante su visita a Kiev, según recoge el mismo material. Un jefe de Estado bajo tierra mientras su opinión pública mira hacia Moscú. Para una parte de los que siguen el asunto, el 40% restante simplemente no se entera de qué va esto; para otros, en cambio, el 60% se queda corto.
¿Por qué la energía decide elecciones en Alemania?
Porque el grueso de su industria se construyó sobre gas barato que llegaba por tubería desde Rusia. Dos décadas de energía asequible permitieron a Alemania ser
ultracompetitiva, sostener un estándar de calidad alto y aguantar crisis como la de 2008 ampliando su superioridad exportadora en Europa, según el argumento que se defiende en la conversación. En esa lectura, el trato con Moscú no fue ingenuidad ni esclavitud: fue un negocio excelente para las dos partes. El corolario es incómodo para quien exige cortar el grifo sin más.
De una dependencia a otra, y la nueva sale más cara
Durante años se advirtió de la dependencia del gas ruso. Ahora la dependencia es del gas estadounidense,
un 40% más caro según una de las versiones que circulan, y con él llegan también la influencia cultural, las bases militares, las doctrinas globalistas y la energía. El resumen de una de las posturas más repetidas es tajante:
dominados al 100%. A eso se suma el argumento industrial: que Alemania se está desmantelando, con costes crecientes y empleo que se va a la calle. La conclusión que se repite —cuanto más se apoye a Ucrania y más se combata a Rusia, más se empobrece el contribuyente europeo— se formula sin adornos.
La tesis del vasallaje: ocupada desde 1945
Hay una corriente que va más atrás y sostiene que Alemania es un Estado sometido desde el final de la Segunda Guerra Mundial, con la Unión Europea funcionando de hecho como estructura de ocupación. El detalle histórico que se esgrime tiene su gracia: al caer el muro, las tropas soviéticas abandonaron el este, pero las estadounidenses siguen en el oeste. De ahí al escenario de manifestaciones rodeando la base de Ramstein hay un paso que algunos se atreven a dar. Y en el extremo más irónico aparece una broma recurrente: que el último gran presidente alemán fue Erich Honecker.
El cálculo que no salió y la reconstrucción que viene
El plan original era sencillo y lo resume bien un razonamiento que circula desde el arranque: apoyar a Ucrania para quedar bien con Washington, asumir que Rusia tomaría sus objetivos en cuestión de meses y volver después al gas barato. El segundo paso no se cumplió, y el problema se agrava según se alarga la guerra. Sobre la mesa hay otra hipótesis: que sean precisamente los estadounidenses quienes empujen a Kiev a negociar para meter cuanto antes a sus empresas en la reconstrucción del país, una suerte de nuevo Plan Marshall. Sin confirmar, encaja con la lógica del que paga.
Catalina la Grande, San Petersburgo y una influencia de ida y vuelta
Curiosidad histórica que casi nadie menciona: la rusofobia no siempre estuvo ahí. La cultura alemana fue muy fuerte en Rusia desde Catalina la Grande, y el propio nombre de la capital imperial, San Petersburgo, llevaba
burgo, raíz germánica, apuntaba uno de los participantes. En la otra dirección, en Alemania hay respeto por la cultura rusa, con una huella alemana clara en su música. Visto así, la grieta actual se parece menos a un choque de civilizaciones y más a una pelea de vecinos que llevaban dos siglos prestándose los libros.
Lo que queda por ver
Queda el detalle de que una parte de ese 40% restante, según se lee en la conversación, no se entera de qué va esto. Con semejante base, la pregunta ya no es si Alemania acabará negociando con Rusia, sino cuánto tardará en admitir que llevaba tiempo haciéndolo sin decirlo en voz alta.