Apoyar a Rusia en España: por qué no es todavía alta traición
España no está en guerra con Rusia. Esa obviedad de manual es lo que desarma buena parte de la arquitectura jurídica que se esgrime cuando alguien pregunta si simpatizar con el Kremlin desde un teclado español constituiría
alta traición. La conversación se ha calentado hasta el punto de que unos reclaman presidio y
juicio sumario ante una jurisdicción militar implacable, mientras otros responden que el traidor es quien defiende a la OTAN. En medio, el derecho vigente tiene bastante poco que decir. Y esa paradoja —mucha amenaza penal, cero procedimiento abierto— es el corazón del asunto.
El punto de partida de todo fue una pregunta directa: en caso de conflagración general, ¿serían sometidos a juicio militar quienes difunden mensajes derrotistas y críticas a la alianza atlántica? Las respuestas cortas llegaron rápido. Las largas, con matices legales, tardaron un poco más.
¿Cuándo se puede hablar de alta traición?
El argumento más repetido entre quienes rebajan el tono es técnico, casi notarial: mientras no exista una declaración oficial de guerra, no hay traición que perseguir por propaganda subversiva. Se sostiene que ni siquiera un hipotético estado de sitio bastaría para encajar a quien simpatiza con el enemigo sin ejecutar un solo acto material contra el país. La simpatía, en ese esquema, es opinión. Y la opinión, por incómoda que resulte, sigue siendo libre.
Frente a eso, la corriente que pide mano dura no discute la letra pequeña: la salta. Habla de
identificación de sospechosos, de presidio preventivo y de un juicio «implacable» por socavar de forma sibilina los esfuerzos de la alianza. Es una lógica que funciona mejor como amenaza retórica que como artículo del Código Penal, porque el Código Penal exige algo que aquí no existe: un enemigo formalmente declarado.
El derrotismo no es un tipo delictivo en España
Conviene separar lo que suena a delito de lo que es delito. El derrotismo —la propaganda que mina la voluntad de resistencia de una población— tuvo su hueco en ordenamientos de guerra total, no en el español de hoy. Aquí no hay casilla para castigar al que sospecha que Occidente miente. Se repite hasta la saciedad en los mensajes más templados: esperad, al menos, a que se declare la guerra.
Eso no impide que el término circule con alegría. Se acusa de derrotista a quien duda de la versión oficial y de
quintacolumnista a quien la cuestiona en voz alta. La etiqueta hace más trabajo que la ley: no condena, pero señala. Y en tiempos de guerra cultural, señalar es media condena.
La neutralidad como tercera vía
Existe una posición menos explorada: ni con Moscú ni con Bruselas. La formulación más citada es la del observador que no quiere estar en el bando de la OTAN pero tampoco entregarse al contrario, y reivindica para España una política
suiza de observación y neutralidad. Desde ahí se lanzan las preguntas incómodas: ¿qué pasó en
2014 para que Rusia y Ucrania dejaran de convivir tras más de veinte años sin conflictos? ¿Cuál es la voluntad real de una población a la que se le impide salir del país?
Quien defiende esa neutralidad recibe dos respuestas opuestas y ambas furiosas. Unos le acusan de blanquear una invasión; otros, de vender la soberanía a Washington. Pocas casillas quedan sin ocupar cuando el mapa se reduce a dos colores.
El traidor siempre es el otro
El giro más interesante de la discusión es que la acusación viaja en las dos direcciones. Hay quien sostiene que pertenecer a la órbita atlántica es en sí una traición a España, porque la OTAN no defiende
Ceuta, Melilla ni el Sáhara y arrastra al país a una guerra ajena mientras se cede una y otra vez ante Marruecos. El cálculo que se repite: esta sería la undécima vez que España se baja los pantalones en el flanco sur.
Del otro lado, la traición se mide en sentido contrario: apoyar al Kremlin es alinearse con el enemigo. Y en el cruce de acusaciones aparecen argumentos que mezclan el 11-M, las bases militares estadounidenses y una colonia que, según se afirma, nunca se devuelve. Cuando todo es traición, la palabra deja de significar algo.
Gibraltar, Cuba y el precedente de la OTAN
El retrovisor se usa sin pudor. Se cita la guerra de Cuba y Filipinas de
1898 como prueba de que Washington nunca fue un socio desinteresado. Se recuerda que España dijo «no» a la OTAN antes de decir «sí», y se pregunta qué habría pasado si el gobierno de entonces hubiera plantado cara a las bases americanas. La conclusión que se extrae es incómoda para ambos bandos: la soberanía se negocia siempre en mesas ajenas.
Hay quien replica que comparar presiones de hace un siglo con un país al que se le apunta con misiles es un ejercicio tramposo. La respuesta llega en forma de mapa y de silencio.
El que se declara traidor y espera en casa
Entre tanta acusación, alguien decidió ahorrar trámites: se declara traidor a España, afirma que el país puede convertirse en un cráter, asegura ir «con Rusia y con Putin,
a muerte» y reta a quien quiera detenerle. Espera en casa con dos escopetas cargadas. Es la versión extrema del argumento anterior y, a la vez, su caricatura: el delito, si existiera, exigiría algo más que un mensaje provocador y un par de armas legalmente registradas.
Nadie ha sido detenido. Nadie ha sido expedientado. Si mañana se declara la guerra, el escenario cambiaría de golpe, pero eso lleva años sin ocurrir y nada indica que vaya a ocurrir hoy. La previsión, con todas las reservas, es esta: la alta traición seguirá siendo un término de combate verbal mucho antes que una figura procesal. Y quien más la invoca suele ser quien menos claro tiene dónde está el enemigo.