El fin del trabajo de Rifkin: treinta años después, seguimos fichando
¿Por qué seguimos peleando por un puesto que la técnica podía haber eliminado hace tres décadas? En 1995, Jeremy Rifkin publicó
El fin del trabajo y pronosticó la desaparición del empleo masivo, con una economía del hidrógeno de propina. Casi treinta años después el hidrógeno no llegó y el trabajo no se fue. Lo que hay es una paradoja incómoda:
la obsesión por trabajar crece al mismo ritmo que la capacidad de las máquinas para hacer ese trabajo.
De los telares mecánicos al sistema experto: tecnología sin enchufar
La comparación que más se repite es la del ludismo. En los años 80 hubo despidos masivos en las fábricas cuando la automatización entró en las líneas de producción, recuerda quien lo vivió, y la máquina no pidió permiso. Ese mismo salto es el que no se ha dado en las oficinas. Una de las tesis más repetidas lo resume así: la década de los 20 tiene mucho en común con los años 80 del siglo pasado, porque la tecnología disponible es de los 90 pero se usa como en una centralita telefónica.
Frente a eso hay quien responde con un argumento más viejo que el propio libro:
la potencia sin control no sirve de nada. No falta herramienta, falta decidir qué hacer con ella. Y de ahí sale el diagnóstico más duro: una sociedad que, según uno de los participantes, no sería contemporánea sino distópica, con el desarrollo técnico congelado mientras la organización del trabajo sigue anclada en la fábrica y en el jersey de lana.
Dieciséis millones de nóminas públicas al mes: el empleo como refugio
El sector público concentra las cifras más citadas. Un Estado que paga
16 millones de nóminas al mes es, para una parte del análisis, la prueba de que el empleo se ha convertido en política social antes que en producción. Los números que se citan en esa línea son contundentes: el
sueldo medio del sector público es un 38% mayor que en la empresa privada, hay fuentes que elevan esa brecha al 50%, y solo un
18% de los 525.000 funcionarios de los ministerios tiene una carrera. A eso se suma el cálculo, que circula en el hilo, de que España acumula alrededor de
un millón de personas con incapacidad laboral.
La crítica no va contra quien cobra la nómina, sino contra el diseño. Puestos que consisten en mover documentos de un lado a otro, tabular ficheros de texto y engordar el procedimiento, justo lo que David Graeber bautizó como trabajos de relleno. El desglose de esas tareas —cuántas manos hacen falta y para qué— es donde el dato escuece de verdad.
¿Puede un algoritmo diagnosticar mejor que un médico?
Depende de qué parte del proceso se mire: para leer miles de análisis con parámetros consolidados, los modelos apuntan a una precisión muy alta; para la consulta de alguien que dice que le duele algo y no sabe dónde, no. Quien defiende la automatización sostiene que los sistemas expertos existen desde los 90 y que, con un buen conjunto de datos y las variables bien elegidas, la predicción de ciertas enfermedades —cánceres incluidos— alcanza un acierto notable.
Del otro lado se responde que una cosa es meter un dataset y otra abrir la puerta a un paciente. Ahí hay que explorar, orientar y decidir qué prueba se pide, y eso no sale de ninguna tabla. La medicina, se zanja, de ciencia exacta tiene poco.
El sector servicios no da para todos
El optimismo tecnológico tiene su plan B: si la industria expulsa gente, el excedente va al sector servicios y, con la automatización bajando costes, la calidad de vida sube para todos. Suena razonable hasta que se mira la estructura española. Contra ese escenario se argumenta que el terciario español es turismo y poco más, con jornadas partidas, horarios largos y salarios bajos, y que en las economías volcadas en servicios el paro se vuelve sistémico.
Hay oficios, en cambio, donde la escasez es real: fontaneros, electricistas, mecánicos, albañiles, electromecánicos. En hostelería el problema es el inverso: no falta trabajo, lo que falta es que compense.
Renta universal, 48 horas semanales o algo peor
Los escenarios que se barajan para el final del recorrido no son alegres. Uno: la jornada sube a 48 horas porque el salario ya no llega a fin de mes, con el BCE y su impresora alimentando la inflación. Otro: la renta básica universal como parche, con la advertencia de que una existencia subvencionada de básicos se percibe como fracaso social y acabará despreciándose. Y no faltó quien, medio en broma medio en serio, dejó caer la palabra eugenesia.
Mientras, el pronóstico más citado sigue siendo el de William Gibson: el futuro ya está aquí, solo que desigualmente distribuido. La reducción del empleo, la precarización, el subempleo y unos salarios que la inflación se come ya no son ciencia ficción, dicen, sino el punto de partida.
Si algún día llega el fin del trabajo, lo más probable es que haya que rellenar una instancia para solicitarlo, con cita previa por internet y cola desde las siete de la mañana. Alguien tendrá que atender esa ventanilla. Y probablemente no sea una máquina.