El aceite de oliva se paga ya a precio de capricho
Un chorrito de aceite sobre el pan cuesta un euro. Si en la mesa hay cuatro personas, son cuatro euros antes de empezar a comer. El
aceite de oliva dejó de ser un fondo de armario para convertirse en una partida con nombre propio en la cesta de la compra, y la discusión sobre su precio sigue abierta. Han aparecido de todo: garrafas de cooperativa a precio de saldo, alternativas de cocina que antes ni se miraban y predicciones que hablan de 30 euros por litro. Casi nada de eso se ha cumplido del todo. Algo sí.
¿Cuánto cuesta un litro de aceite de oliva?
El rango que se maneja va de los
5 euros por litro que se pagan comprando directo en cooperativa a los
8,5 euros de la botella de un litro en supermercado. En medio queda la garrafa de cinco litros, vista entre 6 y 7 euros el litro, y la reposición de existencias de una gran superficie tras las rebajas de enero, a 7,99.
El umbral de lo tolerable está muy marcado. Hasta 5 euros el precio se considera normal; entre 8 y 9 ya duele; a partir de 14 o 15 hablamos, con estas palabras, de un timo. Y a eso se agarra la memoria: una lata de cinco litros comprada durante la pandemia por
16 euros —menos de la mitad de lo que costaría hoy ese mismo volumen a precio de lineal— sigue dando de comer a más de una casa. Quien hizo acopio entonces juega con ventaja.
¿Por qué se ha disparado el precio del aceite?
La explicación con más peso son las cosechas. En amplias zonas se perdió la mitad de la producción, y la campaña siguiente amenazaba con repetir el desastre por falta de agua. El problema es de concentración:
Jaén concentra la mitad del aceite español y Andalucía en conjunto el
85%, así que lo que pase en esa franja determina el precio del resto. Las cosechas del norte o del levante no mueven el mercado.
Hay un segundo relato, menos comprobable y muy repetido: la especulación. La sospecha de que alguien está especulando con el producto para sostener el precio circula desde el primer día, con el argumento de que un sector no tiene por qué renunciar a exprimir su producto igual que se hace con cualquier otro activo. En contra pesa la ausencia de pruebas: nadie ha enseñado las cuentas, solo el resultado en la etiqueta.
Freír con coco, manteca o girasol: qué está haciendo la gente
Cuando el litro pasa de 10 euros, la cocina se reorganiza. El girasol se ha quedado en torno a
1,50 y se ha convertido en la opción de fritura de quien no quiere pagar el de oliva. Otros han vuelto a la manteca de cerdo, incluida la que se saca en casa de la freidora de aire con una rejilla debajo. Y está el aceite de coco, defendido por quien cocina a temperaturas altas, con el de aguacate y el de sésamo como alternativas citadas de pasada.
Ahí empieza la pelea de siempre: si el oliva aguanta o no dos frituras, si conviene reservarlo para crudo, si el coco es tan sano como se dice. Una botella de virgen extra usada solo en crudo puede durar un mes sin problema. Lo que se discute con menos acritud es lo obvio: freír con oliva es lo que se ha hecho siempre en casa, con cualquier sueldo.
Cooperativa, garrafa grande y paciencia: la estrategia del acopio
La respuesta más repetida no es cambiar de producto, sino de canal. Ir a un pueblo con cooperativa y traerse varias garrafas sale a unos
5 euros el litro según los cálculos que circulan. Añadan que al otro lado de la frontera portuguesa el mismo aceite se ha visto a mitad de precio, y que quien viaja lo carga en el maletero.
Existe una tercera vía, más estoica: dejar de comprar. Quien lleva más de un año sin reponer y tiene despensa para medio año más sostiene que el precio acabará bajando solo. Es la apuesta del boicot de consumo, y arrastra un problema evidente: si todo el mundo estira lo suyo a la vez, el ajuste llegará, pero llegará por la vía de la caída de la demanda, no de la buena voluntad.
La conversación incluso se va por las ramas sanitarias: el aceite de coco como enjuague bucal, con un dentista que lo reivindica frente a los colutorios de farmacia. Al margen de modas, las propiedades antimicrobianas que se le atribuyen no cuentan con respaldo sólido.
Lo que no cuadra en el relato del precio
La parte incómoda es la coherencia de las cifras. España produce en torno al
65% del aceite de oliva mundial, según una estimación que se repite en el hilo. Ese peso debería dar poder de mercado, y hay quien lo lee como un monopolio de hecho que ha dejado al consumidor sin alternativa real. También hay quien recuerda que la recogida de aceituna, en su experiencia sobre el terreno, no ha bajado tanto como se dice.
Y luego está el escenario que algunos auguran: otra campaña seca y el litro a 30 euros. Mientras, hay olivares que se convierten en placas solares, con el argumento de que la luz compensará lo que deje de dar el árbol.
El análisis se atasca exactamente aquí: en el cruce entre la sequía, la concentración de la producción y una sospecha de especulación que nadie ha documentado. Con el precio instalado entre 7 y 9 euros el litro, quien dejó de comprar en su momento aún no ha vuelto. Y los que volvieron, lo hicieron con la garrafa grande y la calculadora.