Valencia: los cadáveres del fango y la cifra que no sube
Un vecino graba con el móvil mientras los bomberos extraen un cuerpo del garaje anegado. Alguien le grita que deje de grabar. Él sigue grabando. Esa escena se repitió en decenas de calles de Valencia desde el 29 de octubre de 2024, cuando la riada arrastró coches con ocupantes dentro y dejó un reguero de
fallecidos que ninguna cifra oficial ha conseguido cerrar. Casi dos años después del desastre, la discusión no gira en torno a cuánta agua cayó, sino a cuánta gente murió y por qué los números no encajan.
¿Cuántos fallecidos dejó la riada? El recuento que no cuadra
La respuesta honesta es que no existe un número verificado, y ahí está el problema. Los relatos de quienes participaron en la limpieza y el rescate describen cuerpos aparecidos por decenas, garajes convertidos en trampas y un goteo de hallazgos que nunca llegó a reflejarse en el recuento público. Hay quien asegura haber visto a los equipos de emergencia sacar
once cadáveres de un mismo garaje; otros hablan de bloques enteros sin censar. La cifra oficial se movía en torno a doscientos y, según los comentarios que se cruzaban aquellos días, bajaba en lugar de subir.
«Nunca van a ser contabilizados. No quieren que haya cifras de tres dígitos en los papeles», resume una idea que aparece una y otra vez:
lo que no se ve, no existe. En un suceso con centenares de víctimas, la diferencia entre doscientos y cuatrocientos fallecidos no es un detalle administrativo: determina indemnizaciones, responsabilidades políticas y la memoria oficial de la catástrofe.
Por qué se graba a los fallecidos: documentar frente a respetar
Aquí el debate es incómodo y no admite postureo. Un sector defiende que grabar cadáveres y difundir las imágenes es una falta de respeto a las familias, y que ese material solo alimenta el morbo. El argumento contrario es más duro: sin grabaciones, muchas familias no sabrán nunca qué le ocurrió a los suyos ni podrán reclamar nada.
La tesis que gana peso en la conversación es que se graba por obligación cívica, no por curiosidad.
Documentar se convierte en la única forma de verificarlo todo cuando las administraciones no publican listados ni permiten contrastar datos. Sobre la orden de no grabar planea otra sospecha, esta vez sin pruebas: la idea de que existe una instrucción para que no quede registro audiovisual de la retirada de cuerpos. Se sostiene, sin aportar evidencia, que el objetivo sería evitar el efecto político de ver a vecinos muertos.
La lista de desaparecidos que no existe
Si el recuento de fallecidos es opaco, el de desaparecidos es directamente un agujero. No hay un registro oficial que cruce denuncias y hallazgos, y la consecuencia es que hay personas a las que nadie echa de menos por escrito. El caso más extremo es el de trabajadores migrantes sin documentación: si su familia está en otro país y nunca tuvo papeles, nadie aparece a preguntar por ellos.
De ahí surgió una iniciativa ciudadana para levantar un
listado no oficial de desaparecidos, con línea de contacto para familiares y amigos. La propuesta, que debería ser innecesaria, intenta cubrir lo que la administración no cubre: dar un nombre y un teléfono a cada ausencia.
Qué dice la ley sobre los datos de las personas fallecidas
La discusión jurídica tiene una respuesta bastante clara. La normativa de protección de datos excluye expresamente los tratamientos de información de personas fallecidas, y sus obligaciones se dirigen a responsables públicos y privados, no a un particular que graba en la calle. Traducido:
no hay una prohibición legal general para mostrar imágenes de fallecidos.
Otra cosa es el derecho a la propia imagen, el respeto a los familiares y el criterio editorial de cada medio. Esa parte no la resuelve ninguna ley, y es exactamente donde la discusión se atasca.
El relato oficial y las sospechas sin pruebas
El escepticismo hacia la cifra oficial no se apoya en una prueba, sino en la acumulación de explicaciones poco convincentes. Se recuerda que se llegó a sugerir que algunos desaparecidos podrían haberse ausentado por causas ajenas a la riada, y se compara con el criterio usado en otros episodios: si los fallecidos hubieran dado positivo, contarían como muertos por covid; si iban dentro de un coche, como accidente de tráfico.
Son ocurrencias, no datos. Pero señalan algo relevante: la desconfianza no nace de una teoría conspirativa, sino de la negativa a publicar un listado.
Hay pocas formas mejores de alimentar un bulo que ocultar el recuento.
El fango se retiró. Las cifras no se movieron. Mientras el dato oficial tiende a la baja, los testimonios de quienes estuvieron allí apuntan en la dirección contraria, y nadie ha publicado todavía el listado que zanjaría la discusión.