Un docente explica lo innegociable y sus alumnos le rebaten
Un profesor ha resumido su semana en tres explicaciones repetidas hasta el agotamiento: que no se puede agredir a un político, que la educación no es gratuita porque se paga con impuestos —libros incluidos— y que los migrantes en situación irregular no cobran ayudas públicas. Su veredicto: ha sido
su peor semana desde que da clase y las generaciones que llegan «dan miedo». Lo que recibe a cambio no es comprensión, sino un aluvión de respuestas que apuntan a él.
La paradoja tiene su miga. El mensaje denuncia el desprecio por unas normas básicas de convivencia y, a la vez, se topa con una sospecha extendida: que quien lo firma confunde la tarima con un púlpito.
Ahí está el lío. No se discute si un profesor lleva razón, sino qué pasa cuando el relato del aula deja de percibirse como neutral.
Qué explicó el docente: agresiones, impuestos y ayudas
El primer punto, la integridad física de los cargos públicos, es el más resbaladizo. Una parte de las respuestas sostiene que la condena de la agresión no se aplica igual según la ideología de quien la recibe, y se recuerda el episodio en que un expresidente del Gobierno del PP recibió el impacto de un objeto sin que cundiera la misma indignación. Otra corriente responde lo contrario: que ahora se exige una condena que antes no se prodigaba.
El segundo, la gratuidad de la enseñanza, genera un consenso inesperado. «La educación y la sanidad NO SON GRATUITAS, las pagamos con impuestos, con esas retenciones en el sueldo bruto de las nóminas de sus padres», escribe un profesor que dice explicarlo en clase. La distinción entre
gratuito y sin coste aparece en varios mensajes como el argumento que mejor desmonta el marco.
El tercero es el que menos datos sostiene. Ninguna de las respuestas aporta una cifra, un informe o un registro que confirme o desmienta la existencia de esas prestaciones para personas en situación irregular: la afirmación circula por repetición.
De un fondo de pantalla de Stalin a la provocación como meme
Un episodio resume la tensión. Una profesora de informática de 4º de la ESO se encuentra un fondo de pantalla del dictador soviético y publica la imagen con una petición: «Paremos el auge del fascismo en las aulas». La reacción mayoritaria es la burla.
Hay una lectura que circula con insistencia: muchos alumnos no son franquistas ni sabrían definir lo que eso significa; simplemente han descubierto que el símbolo incomoda y lo usan como provocación.
Troleo puro. Añade otro mensaje una tesis distinta: si la censura llegara del otro lado, esos mismos chavales pondrían a Stalin y a Lenin en la pantalla.
¿Se está inclinando a la derecha la generación que llega?
Quien ha dado clase lo cuenta con cifras aproximadas. Un docente de Formación Profesional calcula que entre el
90% y el 95% de sus alumnos de 16 y 17 años se inclinaba por posiciones de derechas, y sitúa el origen en casa: familias apretadas por la carga fiscal, sin becas ni ayudas a la vista. Varios, añade, daban por hecho sin prueba alguna que la pandemia había sido un montaje.
Otro relato, el de un padre, describe una clase de Sociología en 5º de Primaria, con niños de diez años, sobre la gota fría valenciana. Según su versión, la sesión derivó hacia el elogio de la gestión de Franco en catástrofes similares, la mayoría acabó culpando al presidente del Gobierno y la profesora se marchó, dejando al grupo solo los últimos veinte minutos. Su resumen: estas generaciones no tragan con el relato.
Docentes que piden dejar la política fuera del aula
No todo el gremio mira hacia otro lado. «Soy docente. La política fuera del aula. Siempre. Yo nunca hablo de política», resume un profesor que asegura que sus alumnos acaban estudiando y aprobando. La tesis de acción-reacción se repite: cuantas más charlas de enfoque progresista se imponen, más se inclinan los chavales hacia el lado contrario. «A nadie nos gusta que nos impongan lo que debemos pensar y los adolescentes no son tontos».
El reproche inverso: aquí nadie desmonta nada
Una intervención corta el ambiente con una pregunta incómoda: de todo lo que sostiene el docente, ¿qué se ha rebatido con datos? Viene a decir que la mayoría de las respuestas son desahogo, puños apretados y ocurrencias repetidas, y que mientras tanto la muchachada navega entre bulos sin filtro. Cierra con la máxima de siempre, la de Agamenón y su porquero: la verdad es la verdad, la diga quien la diga.
Sueldo, vacaciones y PISA: el otro frente del profesorado
Alrededor del asunto principal se despliega el reproche económico de siempre: funcionarios con plaza fija, difícilmente despedibles, con más vacaciones y menos horas anuales que el sector privado y sueldos que, se argumenta, no se sostendrían en el mercado. Uno de los mensajes lo resume con retintín: los docentes serían «los mejor preparados de la historia».
Frente a eso, la defensa profesional apunta al desgaste del aula, a la protección de Muface —con el aviso de que si se rompe habrá jaleo— y a un sistema educativo que arrastra resultados mediocres en el informe PISA. El desgaste de los chavales, la falta de apoyos y la carga burocrática no aparecen, en cambio, en el retrato que hacen sus críticos.
Si el aula funciona como caja de resonancia de lo que se discute en casa y en las redes, ¿qué sale ganando cuando la tarima y el pupitre acaban plantados en trincheras opuestas?