El acta de la reunión de crisis cifra en 1.900 los desaparecidos de la DANA
A última hora, la cifra dejó de circular como rumor y apareció en un papel:
1.900 desaparecidos provisionales,
70 cadáveres localizados pendientes de levantamiento oficial y riesgo de colapso en los hospitales de València. Son los tres datos que recoge el acta de la reunión de crisis entre el president de la Generalitat y el ministro del Interior, difundida en plena gestión del desastre. El martes 29 de octubre, la DANA descargó sobre el este peninsular y convirtió en barro barrios enteros. La cifra de fallecidos confirmados que se manejaba entonces era de
202, y ni esa terminaba de cuadrar con lo que se veía en las calles.
Por qué la previsión de AEMET no anticipó la magnitud de la DANA
Uno de los primeros reproches apuntó directamente a la Agencia Estatal de Meteorología: sus alertas, se sostiene, subestimaron el temporal que se cernía sobre el este de España. La comparación que circula es incómoda. El sistema francés
AROME-HD, de Météo-France, habría detectado en la madrugada del 29 de octubre precipitaciones de
400 litros por metro cuadrado e inundaciones relámpago. La AEMET, en cambio, quedó retratada por el propio presidente del Gobierno, que esa mañana la felicitó por su labor de «observación y predicción».
Hay un matiz que suele perderse en la bronca: una alerta roja avisa de que el peligro es extremo, no de dónde va a caer cada litro ni a qué hora. La pregunta que queda sin cerrar es otra: si el aviso llegó, aunque fuera incompleto, por qué no se evacuó a nadie. Sobre esa respuesta pesan más las administraciones que los radares.
El despliegue militar y las dos jornadas de restricción de movilidad
Las Fuerzas Armadas desplegadas en la Comunitat Valenciana han actuado en Utiel, Torrent, Paiporta, Algemesí, Ribarroja de Turia, Chiva, Alfafar, Loriguilla, Masanassa, Alcudia y Catarroja. El detalle del listado, difundido por La Moncloa, alimentó la polémica: se enumeran localidades, pero la relación de tareas que se atribuye al operativo se queda en una bomba de agua en un parking y en limpiar un tramo de carretera. El jefe de la UME defendió en directo que enviar más efectivos los atascaría y no les dejaría pasar.
En paralelo, se restringió durante dos días la movilidad y la circulación en las poblaciones inundadas, justo cuando miles de vecinos cargaban palas, cubos y garrafas para llegar a las zonas anegadas. Circuló además un mensaje que contraponía las palabras de la ministra de Defensa cuando España envió ayuda a Marruecos —«enviaríamos lo que fuera necesario... estas primeras horas [...] es esencial y fundamental»— con el ritmo del despliegue en València.
202, 70 y 1.900: las tres cifras que no encajan
El acta habla de cifras «provisionales» y ahí está buena parte del problema. Setenta cuerpos localizados esperan que un juez autorice su levantamiento para entrar en el recuento oficial; hasta entonces, no existen administrativamente. Y los 1.900 desaparecidos provisionales son una estimación que puede moverse en cualquier dirección, hacia abajo o hacia arriba, según avancen los rastreos.
Dos guardias rurales declararon públicamente, saltándose el protocolo, que los medios estaban dando un número de fallecidos muy inferior al real. Hay quien sostiene que los ayuntamientos y la policía frenaron el reparto espontáneo de agua y comida almacenada a la espera de canalizarlo por cauces oficiales; otros defienden que sin coordinación aquello habría sido un caos mayor. Una vecina grabó su propia versión: las cuentas para organizar los repartos no se abrirían hasta el lunes, porque el fin de semana nadie trabajaba.
Nadie dimite: la respuesta política que ya se anticipaba
La exigencia de responsabilidades recorre todo el arco: la Generalitat, el ministerio de Fomento, la DGT, la Diputación de Valencia y los ayuntamientos afectados. La petición dominante es que no se investiguen a sí mismos, que lo hagan los jueces y que las consecuencias no se queden en dos folios de disculpas y lecciones aprendidas. La DANA era inevitable; la cifra de fallecidos y desaparecidos, se argumenta, no lo era.
El contrapeso es demoledor y viene de la experiencia reciente: en el pico de la pandemia morían mil personas al día y no dimitió nadie. Ese recuerdo funciona como profecía. Sobre la mesa quedó también la comparación con Japón, que encaja terremotos y tsunamis sin contar sus muertos por miles, y con la sesión del Congreso que siguió adelante para asegurar el nombramiento de cargos en TVE mientras el barro subía.
El análisis se atasca exactamente aquí: en la distancia que separa lo que la meteorología hacía inevitable de lo que la gestión convirtió en evitable, y en la certeza, cada vez más extendida, de que nadie va a pagar por esa diferencia.