Baños y los periodistas al servicio de intereses anglosajones
El nombre de Pedro Baños vuelve a estar en el centro de la polémica. El analista, conocido por sus tesis sobre geopolítica y servicios de inteligencia, ha señalado en diversas intervenciones la existencia de periodistas españoles que trabajarían para servicios secretos extranjeros, principalmente anglosajones. La afirmación, lejos de ser una novedad, conecta con un debate recurrente en España: la influencia de potencias extranjeras en los medios de comunicación y la existencia de lo que el propio Baños denomina «colaboradores» de los servicios de inteligencia.
La discusión, avivada por una charla del periodista Rafael Poch, ha puesto sobre la mesa nombres concretos y ha reabierto la caja de los truenos sobre la independencia de la prensa española.
Ignacio Torreblanca, columnista de
El Mundo y vinculado al think tank
Real Instituto Elcano, y
David Alandete, exdirector de
El País, son algunos de los señalados. Ambos han sido acusados por participantes del debate de seguir una línea editorial de sumisión a los intereses de Estados Unidos y de participar en lo que se describe como «montajes y tergiversaciones».
El papel de los fondos de inversión en los medios
Uno de los argumentos más repetidos es el de la influencia de los grandes fondos de inversión, como
BlackRock y
Vanguard, en la línea editorial de los medios. Se sostiene que estos fondos, presentes en el accionariado de grupos como
El País o
El Mundo, condicionan la información publicada. La paradoja, señalan algunos, es que el periodismo tradicional es un negocio ruinoso, pero precisamente por eso su control resulta estratégico: no se compra para ganar dinero, sino para influir.
Esta tesis conecta con la confesión del periodista alemán
Udo Ulfkotte, autor del libro
Periodistas comprados, quien admitió haber recibido dinero de la CIA y de otros servicios de inteligencia para publicar artículos ya redactados. Su testimonio, citado en el debate, es utilizado como prueba de que estas prácticas existen y no son una teoría conspirativa.
El caso del 11-M y la manipulación informativa
La conversación deriva hacia el 11-M, un tema recurrente cuando se habla de manipulación mediática. Se recuerda que la autoría intelectual de los atentados nunca quedó completamente esclarecida y que la gestión de la información por parte del gobierno de entonces estuvo marcada por la tergiversación. La sentencia, se argumenta, no determinó quiénes fueron los autores intelectuales, y la destrucción de los vagones afectados eliminó pruebas clave.
Hay quien sostiene que el 11-M fue un golpe de estado de manual basado en fake news, y quien apunta a una posible colaboración entre servicios extranjeros y Marruecos para influir en el resultado electoral. Estas hipótesis, sin embargo, no han sido probadas judicialmente y se mantienen en el terreno de la especulación.
La lista de los señalados
Más allá de Torreblanca y Alandete, el debate menciona otros nombres.
Pedro Rodríguez Martín, analista en televisión, es descrito como un «vendido al servicio de EEUU» por su defensa de la OTAN y de la democracia ucraniana. Se le vincula con becas financiadas por fundaciones estadounidenses, como las
Fulbright o las de la fundación
Albright, un mecanismo clásico de influencia sobre élites extranjeras.
También se menciona a
Pilar Rahola, a quien se atribuye representar intereses del lobby israelí, y a
Rafael Poch, excolaborador de
La Vanguardia en China y Rusia, como ejemplo de periodista que, por el contrario, mantiene una línea crítica con el relato oficial. Poch es elogiado por su análisis de la matanza de Odessa y por su capacidad de «repartir latigazos dialécticos».
¿Cuántos son y quién los paga?
La cifra exacta de periodistas que trabajan para servicios extranjeros es imposible de determinar. Se especula con que podrían ser «varias docenas», incluyendo a quienes reciben sobresueldos de EEUU, Francia, Reino Unido, Alemania, Rusia, China y Marruecos. La falta de transparencia y la ausencia de filtraciones desde el CNI, que según algunos exdirectores está plagado de agentes dobles, dificultan cualquier cuantificación.
El debate también aborda el papel de los políticos. Se menciona a
Von der Leyen y a
Borrell como posibles sujetos de chantaje o influencia extranjera, en el contexto de los escándalos de Epstein y las «honey traps». La conclusión, en este punto, es que los periodistas no son los únicos ni los más importantes: el poder político está igualmente infiltrado.
La conspiración como explicación recurrente
No todos los participantes compran la teoría. Algunos advierten contra el riesgo de caer en el conspiranoidismo y recuerdan que asociar el 11-M a ETA fue también una conspiración, promovida desde el gobierno y luego desmentida. La diferencia, argumentan, es que hay conspiraciones reales y conspiraciones inventadas, y distinguirlas requiere datos, no intuiciones.
La discusión deriva hacia el papel de la bandera y la estrategia política. Se cita el caso de Pablo Iglesias, quien según algunos no mostró la bandera republicana para no perder votos, y se debate si la bandera de España une o divide. El consenso, si existe, es que en España cualquier símbolo es objeto de disputa.
La conversación termina, como suele ocurrir, con la sensación de que el problema es más grande de lo que se puede abarcar en un debate. La influencia extranjera en los medios y en la política española es un hecho documentado en algunos casos y sospechado en muchos otros. La pregunta no es si existe, sino hasta qué punto condiciona la información que recibimos.