Ser apolítico en la guerra: la autocensura como estrategia
¿De qué sirve tener razón si el comentario con el que la defendiste puede acabar algún día encima de la mesa de un desconocido? Esa sospecha sostiene el consejo que más se repite cuando el asunto de fondo es una guerra: mejor ser apolítico. El razonamiento es simple y algo incómodo. Los servicios de inteligencia leen los mensajes de odio y, llegado el momento, podrán usarlos contra quien los escribió. De ahí la receta:
en boca cerrada no entran moscas y que cada uno se apañe sus problemas.
La propuesta no ha quedado sin respuesta. Una parte la lee directamente como una invitación a la autocensura. Otra la defiende con un argumento mucho más frío: vigilar todo lo que se escribe en internet es materialmente imposible.
¿Qué riesgo real tiene opinar en internet?
Frente al aviso de prudencia aparece la versión escéptica. No se reportan mensajes de odio de forma sistemática, sostiene, simplemente porque no existen medios para monitorizar ni una mínima parte de lo que se publica, y mucho menos para identificar a quien lo escribió. La excepción serían los mensajes con
enorme repercusión.
Ese argumento tiene un corolario tranquilizador: la irrelevancia protege. Un mensaje que apenas pasa de media docena de likes se pierde en el olvido, por muchas barbaridades que contenga. La absoluta irrelevancia de la opinión propia, resumía una de las voces más citadas, funciona como escudo.
¿Cuándo un comentario llega a los tribunales?
No todos compran el razonamiento. Los casos en los que escribir sí ha pasado factura existen, aunque sean pocos y muy localizados. Y comparten un patrón: enorme difusión, reiteración insistente y contextos especialmente sensibles.
La mayoría de los delitos de odio que se investigan y acaban sancionados
no proceden de un comentario perdido en una discusión pública, sino de campañas sostenidas o de escenarios donde el mensaje se convierte en acontecimiento. Es decir, el riesgo no se reparte por igual entre quien escribe una línea y quien mantiene un acoso durante meses.
La autocensura vista como receta de dictadura
El reproche más duro contra el consejo de callar no tardó en llegar: es exactamente lo que recomiendan todas las dictaduras. Bajo esa lectura, el aviso de prudencia no protege a nadie, solo retira voces del espacio público y deja el terreno libre a quien no tiene intención de moderarse.
A eso se suma otra objeción, de signo distinto: quien calla renuncia a comprobar los hechos, y lo que se teme no son las opiniones incómodas sino la información que las contradice. Hay incluso quien calcula que un escenario de detenciones masivas sería inviable, porque
no habría medios para detener a 300.000 personas sin que la opinión pública empezara a hacerse preguntas.
El equidistante que incomoda a los dos bandos
En medio de la polarización, la tercera posición se ha convertido en un objeto raro. El equidistante molesta a los dos lados, precisamente porque obliga a razonar en vez de a alinearse. Su defensa es que una voz intermedia quita adeptos a ambos bandos, y eso, en un clima de trincheras, se paga.
La crítica va en la dirección contraria: adoptar una postura
porque hay que adoptarla se parece demasiado a una técnica de manipulación de manual. Y sin voces disidentes, añaden, no hay forma de saber qué parte del relato resiste el contraste.
Por qué muchos se declaran apolíticos
No siempre hay miedo detrás de la abstención. A veces hay un problema de información: no conocemos la realidad subyacente de un conflicto, no lo hemos generado y no hay obligación de dar la cara por quien hace lo que le parece. Con esos mimbres, mojarse tiene menos de compromiso que de fe.
A eso se une el desgaste cotidiano. Hablar de política con compañeros de trabajo, familia o conocidos suele servir solo para que el otro descargue frustraciones acumuladas. Muchos han optado por dejar que cada cual se cocine en su jugo y reservar la conversación para cuando haya algo que ganar.
Del aviso de prudencia al fondo del conflicto
El asunto deriva hacia la guerra misma. Se discute si Crimea y el este de Ucrania cambian el relato según cuándo empiece la cronología, si la OTAN tiene algo que ver en el desenlace y hasta qué punto la propaganda decide quién es el malo de la película.
Un mismo razonamiento sirve para justificar a las dos potencias, según se mire: quien defendía la postura de Estados Unidos en la crisis de los misiles de Cuba encuentra motivos para entender a Rusia hoy. La respuesta es que Cuba fue la réplica a unos misiles colocados en Turquía, y que la diferencia está en quién paga el precio de esperar. Cuando el argumento llega a ese punto, la propaganda ya ha ganado la partida en casi todas las cabezas.
Total, que la recomendación es callar y dejar que cada uno se apañe. Los servicios secretos, dicen los optimistas, tienen cosas mejores que hacer que leer esto. Y si no las tienen, nadie va a venir a contárnoslo.