Miel a 24 €/kg y lentejas a 5: la cesta que ya roza el absurdo
Cuatro productos. Cuatro etiquetas. Miel a casi 24 euros el kilo, zumo a 3 euros el litro, pan de molde Bimbo a 7,50 euros el kilo y lentejas a casi 5 euros el kilo. La lista, copiada de una web de supermercado, resume en cuatro líneas lo que cualquier comprador comprueba cada semana en la caja: los precios por kilo de la alimentación básica han dejado de tener sentido. Y no es una impresión. Es una comparación que se puede hacer producto a producto, marca a marca, y que arroja diferencias que van del doble al triple según dónde se mire.
El truco de la marca blanca: el mismo producto, la mitad de precio
El primer hallazgo no está en el precio absoluto, sino en la diferencia entre lo que cuesta un producto con marca conocida y su equivalente en marca blanca. Según un usuario, el pan de molde Bimbo se vende bajo la marca PIMAD en varios supermercados a alrededor de
1,30 euros los 850 gramos, frente a los 7,50 euros el kilo del original, que además trae menos cantidad. Con los cereales pasa igual: según ese mismo usuario, la caja de los Esmacs de Kellogg's ronda los
4 euros, mientras los mismos 500 gramos en marca blanca de Carrefour salen por
1,40 euros. Yogures, salsas, legumbres, conservas: el patrón se repite.
La conclusión que saca cualquiera que compare etiquetas es incómoda. Buena parte de la subida no está en el coste de producir el alimento, sino en el envoltorio, la marca y el lineal donde se coloca. El producto es el mismo. El precio, no.
¿Por qué el IPC dice una cosa y la cesta de la compra dice otra?
El índice oficial de precios al consumo marca una subida de los alimentos en torno al
6%. La cesta real sube más. La explicación que circula entre quienes siguen estos datos es que el IPC se calcula sobre una cesta ponderada que no es pública y que mezcla productos de consumo anecdótico con productos básicos. Si baja el aceite, que había subido muchísimo, o si baja la electricidad, la media se modera aunque el resto siga escalando.
Hay quien sostiene que la ponderación se hace incluso por funcionalidades percibidas del producto, lo que permitiría que un artículo más caro pero con más prestaciones sustituya a otro más barato en el cálculo y haga bajar el índice sin que el comprador note alivio alguno. El resultado es un indicador que se mueve por razones que no coinciden con lo que se paga en la caja. La comprobación más fiable, dicen, es comparar la propia compra a lo largo de los años.
Menos producto, mismo envase: la reducción silenciosa
A la subida de precio se suma otra práctica que pasa más desapercibida: el envase se mantiene y el contenido mengua. Según un usuario, el aceite se vende ya en botellas de
750 mililitros en lugar de un litro. La fruta llega en bandejas de
700 gramos. El pan de molde de marca trae menos gramos que su equivalente en marca blanca. El precio por kilo sube sin que la etiqueta grande cambie.
El efecto combinado de las dos cosas —precio al alza y gramos a la baja— es una subida real bastante mayor que la que refleja cualquier titular. Y explica por qué mucha gente sale del supermercado con la sensación de haber comprado menos y haber pagado más. Porque es exactamente lo que ha pasado.
El impuesto al plástico y el resto de la cadena
Entre los factores que se señalan como responsables de la escalada aparece el impuesto al plástico, que grava los envases y que, según se ha difundido, habría empujado al alza todo producto que lo lleve. Es un coste que se traslada al precio final y que afecta a prácticamente cualquier artículo de alimentación envasada.
A eso se suma el coste energético de producir, transportar y conservar. Y una capa más de fondo: los insumos agrícolas —abonos, piensos, plásticos— dependen del petróleo, de modo que cualquier tensión en su precio acaba llegando al lineal. La discusión sobre cuánto de la subida es coyuntural y cuánto estructural sigue abierta.
Frescos más baratos: el mercadillo que no siempre cumple
La receta clásica para esquivar el supermercado es acudir al mercado semanal o a las tiendas pequeñas. La experiencia, sin embargo, no siempre acompaña. Hay quien relata compras en mercadillo con producto distinto al anunciado, piezas que no se pueden seleccionar y precios iguales o superiores a los del supermercado. La miel artesanal a
8 euros el kilo sí aparece como alternativa real cuando se encuentra el productor adecuado.
El problema es de acceso: en las ciudades el mercadillo semanal no existe o es residual, y las tiendas de barrio no compiten en precio. La alternativa al supermercado funciona en según qué zonas y para según qué productos. Como solución general, no.
El gasto en alimentación se ha convertido en una partida que ya no se puede optimizar con recortes menores. Quien compra cada día lo nota en la cuenta. Y el dato que descoloca no es ninguno de los cuatro precios del principio: es que el mismo producto, con otra etiqueta, cueste la mitad.