El ascenso a general de Brigada que no pasó por el barro
En 2023 el Ejército español ha sumado una estrella a un currículum sin Bosnia, sin Irak y sin Afganistán. El ascenso a
general de Brigada de una militar del Cuerpo de Intervención —cuentas, auditoría y control del gasto, con formación jurídica— ha reabierto una pregunta incómoda: si a esos galones se llega gestionando expedientes, ¿qué se le exige hoy a un general? El caso se discute junto a un detalle que se le atribuye: su paso por la
División de Igualdad no como destinataria, sino como responsable de la creación de una unidad de protección frente al acoso.
¿Qué es el Cuerpo de Intervención y qué hace un interventor militar?
El Cuerpo de Intervención del Ejército es, en corto, el órgano de control económico interno de la institución. Sus miembros fiscalizan contratos, revisan cuentas y velan por que el dinero público se gaste donde dice el papel. De ahí que la primera objeción no sea de género, sino de empleo: un interventor es un
burócrata con uniforme, y llamarlo general chirría a quien asocia el grado a mando de tropa, despliegue y fuego.
Hay una defensa que circula con fuerza: la Defensa como organismo estatal no consiste solo en pegar tiros. Alguien ha de suministrar cartuchos y raciones, curar heridos y administrar justicia dentro del organigrama. La objeción a esa defensa es tan simple como incómoda: si el puesto es puramente administrativo, ¿por qué no lo ocupa personal civil, igual de cualificado y sin la carga de la carrera militar?
¿Se asciende a general en España por méritos de guerra?
Aquí el asunto deja de ser un caso y se convierte en sistema. El argumento más repetido sostiene que a general se llega por haberse partido la cara, no por haber visto un fusil en una película. Se cita el ejemplo clásico: quien dirigió un bando en una guerra civil lo hizo porque sus iguales lo votaron tras años de combate en el protectorado, no por antigüedad administrativa.
La réplica llega con veneno:
salvo excepciones, los generales actuales tampoco han pasado por un frente real. Las guerras modernas se libran por ejércitos profesionales o compañías privadas, y los ejércitos nacionales quedan como una estructura que saca a pasear bandera y protocolo. Si eso es cierto, el problema no es esta general, sino un escalafón entero que se ha quedado sin el escenario donde supuestamente se forjaba.
- Un general manda tropa: exige haber estado en combate.
- Un interventor gestiona recursos: exige saber de cuentas y derecho.
- El sistema confunde ambos empleos y nadie aclara cuál pesa más.
Líbano, Afganistán y las misiones que no se consideran guerra
Hay un matiz que el ruido tapa. La militar señalada sí tiene una misión exterior en su hoja:
Líbano, dentro del contingente español, con la base Miguel de Cervantes como referencia, que desde 2011 se describe más como complejo de descanso que como acuartelamiento de combate. En Afganistán hubo interventores, y se ironiza con que un civil habría estado encantado de aceptar ese destino por el mismo sueldo.
Eso divide las aguas con nitidez. Para unos, haber estado en una misión de paz —eufemismo con el que se nombran despliegues donde ha habido atentados y militares muertos— demuestra aguante y merece reconocimiento. Para otros, una misión de paz no es una guerra, y el currículum administrativo no se convierte en bélico por poner un pie en el extranjero.
Cuotas de género, igualdad y el ascenso que nadie ha reclamado
Una parte del análisis enmarca el nombramiento en lo que llama promoción por cuota, con la sospecha de que el criterio no fue el mérito sino el equilibrio de sexos en la cúpula. Esa lectura se mezcla con descalificaciones que no sostienen un argumento y que aquí no repetimos: quien reduce el ascenso a una imposición política se queda sin explicar por qué el escalafón administrativo lleva décadas produciendo generales varones sin pasar por un teatro de operaciones.
La otra mitad del argumento es más prosaica. Si a igual salario ser militar implica más obligaciones y más limitaciones que ser civil, ascender dentro del uniforme no es un caramelo, es una carga. Y sobre el tapete queda una vía legal: el ascenso podría revisarse si un compañero con más méritos lo impugna, algo que se apunta como posibilidad pero que nadie confirma que haya ocurrido.
La pregunta que el Ejército no ha sabido cerrar
Queda una imagen que resume el desencuentro: dos formas de entender la defensa que no comparten ni el vocabulario. Para unos, un general sin barro es una contradicción en los términos. Para otros, exigir barro a un ejército que rara vez lo pisa es pedir peras al olmo. El ascenso está hecho. Lo que sigue sin respuesta es qué se supone que certifica una estrella en 2023.