Quién ocupa el empleo que se crea: reparto, campo y cuidados
¿Quién cubre los puestos que se crean en España? La respuesta se repite en cada análisis del mercado laboral: reparto a domicilio y paquetería, construcción, agricultura, hostelería y cuidado de mayores y dependientes. Trabajos con sueldos modestos, jornadas largas y con presencia de autónomos y subcontratas. La discusión sobre quién los ocupa y a qué precio lleva años abierta y sigue sin cerrarse.
Los sueldos que se citan en reparto y cuidados
El cálculo que más circula es grueso:
1.300 euros al mes aquí frente a los 300 dólares que se pagarían por un esfuerzo similar en países como Bolivia. Quien sostiene esa comparación añade que el coste de la vida tampoco compensa: una pasta de dientes cuesta 2,5 euros tanto en España como allí. Otro relato, referido a Perú, sitúa el salario por defecto en 300 euros y un alquiler en zona media en otros 300, sin pensiones ni sanidad pública equiparables.
De ahí sale el argumento de quienes niegan que la llegada de trabajadores extranjeros hunda nada:
1.300 euros de un sueldo y 800 de otro permiten colegio, médico y comida, algo que en origen no está garantizado. No es generosidad del sistema, es aritmética de punto de partida.
El autónomo que acaba pagando por trabajar
Hay un tramo del diagnóstico menos amable y menos discutido.
Subcontratas de reparto gestionadas por intermediarios que alquilan flota de vehículos y cotizan media jornada mientras el trabajador echa doce horas. Así lo describen quienes dicen conocer el sector por dentro. El resultado es un escalón intermedio que se queda con el margen y traslada todo el riesgo a quien pedalea o conduce.
En el mismo saco entran los autónomos dependientes: en reparto y construcción, señalan algunos análisis, el trabajador asume cuota y vehículo para facturar por debajo de lo que antes era un salario. Quien paga por trabajar no compite con el autóctono; compite con quien ya no se presenta a la entrevista.
¿Por qué no se cubren esos puestos con candidatos locales?
Una parte de los análisis sostiene que el problema no es la oferta de trabajadores, sino la ausencia de demanda autóctona. La cifra que se cita es llamativa:
en una empresa de trabajo temporal, nueve de cada diez candidatos que llegan son de origen migratorio o de etnia gitana, y las empresas acaban aceptándolos a regañadientes por falta de alternativas. El corolario, según esa lectura, es que no hay competencia desleal: hay un hueco que nadie quiere llenar.
Otra corriente lo explica con menos épica. Hay un tramo del mercado que ha dejado de interesar al candidato local:
hostelería mal pagada, campo a destajo, cuidado de ancianos con horarios imposibles. Si el trabajo es decente, responde el argumento contrario, el trabajador autóctono no falla.
El efecto sobre los salarios y las condiciones
La tesis más incómoda es la del
dumping.
Al poco del pico de llegadas de 2015, la patronal ya planteó que los recién llegados cobraran, durante un año, por debajo del salario mínimo. La secuencia que describen quienes defienden esa lectura es siempre la misma: primero limpieza, después construcción y agricultura, y ahora cualquier oficio que no sea de oficina o de funcionario. El salario
de moda, añaden, es el SMI a doce pagas.
El reparto lo ilustra con facturación concreta: un rutero de paquetería rápida que ingresaba entre 2.000 y 2.500 euros al mes por seis o siete horas diarias acabó dejando su empresa cuando comprobó lo que facturaba su pareja con la bicicleta. La anécdota no demuestra una tendencia por sí sola. Explica, eso sí, por qué el asunto deja de ser estadística y se convierte en conversación de barra de bar. El desglose completo de ese tipo de cuentas, partida a partida, es donde el asunto se vuelve incómodo.
A quién le conviene que siga entrando mano de obra
Un tercer diagnóstico, transversal a casi todas las posturas, apunta a los incentivos institucionales.
Al político, al funcionario y a cualquiera que viva del presupuesto le interesa que llegue gente dispuesta a cotizar desde el primer día, y al empresario le interesa que la oferta de trabajo crezca lo bastante para no tener que subir sueldos. No hace falta ninguna conspiración: es un cálculo de costes y de votos que cuadra demasiado bien.
El contrapunto: cultura del esfuerzo y trabajos que nadie quiere
No todos los diagnósticos van en la misma dirección.
Una parte sostiene que se ha perdido la cultura del esfuerzo y que sobra señorito con expectativas por encima de su currículum. En el extremo opuesto hay quien directamente renuncia: no quiere trabajar para vivir, pide renta básica y deja el empleo a otros. Es una postura minoritaria, ruidosa y, admiten sus propios defensores, insostenible si se generaliza.
Lo cierto es que el desencuentro tiene tres patas que nadie ha logrado juntar: qué sueldos ofrece el mercado, quién está dispuesto a aceptarlos y qué hace la administración con la diferencia. Mientras tanto, hay sectores enteros que funcionan sin candidatos locales.
Años de conversación y el diagnóstico sigue igual de cómodo que de inútil: nadie discute que los puestos existen, casi nadie discute que se cubren con trabajadores llegados de fuera, y no aparece un solo cálculo que explique por qué el sueldo de esos puestos no sube cuando la demanda de mano de obra está en máximos.