El PSOE se prepara para unas cifras de descalabro
Cien escaños. Esa es la cifra que se atribuye al escenario que maneja el PSOE para las próximas elecciones generales españolas, y que dentro del partido se lee más como un suelo que como un triunfo. Desde los
120 diputados que un cálculo ligaba al escenario de una derecha fragmentada en tres partidos, la caída hasta el centenar se interpreta como un descalabro electoral. La campaña avanza, y el relato oficial no termina de disimular que el suelo se mueve.
De 120 diputados a 90: la aritmética que maneja el PSOE
El razonamiento que más se repite es de pura aritmética. Con la derecha dividida en tres formaciones, el PSOE podía aspirar a ser la fuerza más votada y a rondar los
120 diputados; esa era la foto que explicaba su posición de salida. Ahora, incluso con dos formaciones de derecha repartiéndose el voto, hay quien sostiene que el resultado estará
más cerca de 90 que de 100. La horquilla no es la de una mayoría cómoda, sino la de una minoría que obliga a sumar.
Las estimaciones más duras van bastante más lejos. Se llega a apuntar a un suelo de
66 escaños al que, después, habría que añadir otros 6 en una hipotética ronda de pactos. Si esas cifras se confirmaran, el partido pasaría de marcar el paso a depender de otros para seguir en el juego. La distancia entre 120 y 66 es, en términos parlamentarios, la distancia entre decidir y sobrevivir.
Nadie pone encima de la mesa una horquilla cerrada, y esa es justamente la sensación instalada: la de un partido que sabe que pierde terreno, pero no cuánto. La campaña se juega, en buena medida, sobre ese suelo.
¿Por qué hay quien sostiene que al PSOE le conviene no ganar?
Hay una tesis que circula con insistencia y que suena, a primera vista, a
boutade: la de que el PSOE no tiene demasiado interés en ganar estas elecciones. El argumento es que vienen recortes duros y que es más cómodo que se los coma otro mientras la izquierda
hace arder las calles desde la oposición. La poltrona de enfrente calienta menos que la del Gobierno cuando toca explicar un ajuste.
Es una lectura cínica, y probablemente por eso conecta. Traslada la discusión desde el terreno de los programas al del reparto de costes políticos. Quien gane cobra; quien pierde cobra igual, pero con menos desgaste. El problema de esta tesis es que, en su versión extrema, convierte la contienda en una obra de teatro.
Vox, Sumar y el trasvase de voto que nadie mide
El otro frente abierto es el de las expectativas ajenas. Sobre Vox se lanza el aviso de que su electorado espera tanto que resulta imposible cumplir la mitad de lo prometido, y que la decepción posterior acabará pasando factura. Es el clásico problema del partido que crece a base de promesas grandes: cuanto más ilusiona, más duele cuando llega el momento de gestionar con el freno puesto.
Del lado de la izquierda, el movimiento es el contrario. Se observa un trasvase de votantes hacia Sumar, con una parte del electorado progresista que se declara
ilusionado con la nueva marca. Si ese flujo se confirma, cada escaño que gana un socio se lo resta, casi por definición, al socio mayor. Las cuentas de la izquierda son, a estas alturas, un juego de vasos comunicantes que nadie se atreve a cerrar.
El PSOE azul, Txapote y el desgaste del relato oficial
Aquí aparece la tesis que más incomoda: la de que el resultado da casi igual, porque quien acabe gobernando aplicará un programa muy parecido. Bajo la etiqueta del
PSOE azul se resume la idea de que el PP, si llega, gestionará con parámetros idénticos a los del PSOE. Si eso fuera cierto, la contienda se reduciría a un cambio de caras y colores, no de política. Es la forma más elegante de decir que a nadie le importa el programa.
Sobre ese fondo se acumula el desgaste. Un eslogan se ha repetido hasta el agotamiento: el
que te vote Txapote, convertido en contraseña de quienes quieren castigar al Gobierno por sus pactos y su política penitenciaria. No hace falta creérselo para detectar el daño; basta con ver que ha calado más que cualquier propuesta.
También se citan acusaciones de corrupción que se repiten en la conversación pública y sospechas sobre el uso de la maquinaria del Estado.
La suma de desgaste y expectativas ajenas deja al PSOE sin apenas margen para vender una remontada.
Barones, sucesión y el pesimismo del votante
En el horizonte asoma la pregunta que nadie quiere verbalizar en voz alta: qué pasa después. La lectura más extendida es que, llegado el caso, los sectores territoriales del partido no tardarán en mover ficha y en buscar recambio. La dimisión que algunos dan por descontada no sería un acto limpio, sino una salida
a medias, con el liderazgo cuestionado desde dentro.
El espejo del votante tampoco anima. «Tener aún 100 escaños me parece una absoluta burrada y nos hace merecedores de absolutamente todo lo que nos pase y más», resume una de las conclusiones que más se repiten: si un partido con este balance de gestión conserva un centenar de actas, el problema no es solo suyo, sino del electorado que lo sostiene.
Aquí se atasca el análisis. La aritmética es clara, el desgaste está sobre la mesa y las expectativas ajenas apuntan en contra, pero nadie sabe traducir ese conjunto en un resultado concreto. Las horquillas siguen abiertas y el partido, entretanto, prepara el discurso para cualquiera de sus tres futuros posibles: la mayoría, la oposición o la travesía larga.