Karra Elejalde denuncia la autocensura del guionista ante las plataformas
Karra Elejalde presentó en el Festival de Cine de Málaga su última película,
Auri, y aprovechó la entrevista para soltar lo que muchos del sector piensan y pocos dicen en voz alta. Preguntado por las declaraciones de Juanma Bajo Ulloa —que en enero había sostenido que
Airbag no se podría rodar hoy porque hay colectivos a los que sus bromas molestarían—, el actor fue tajante: «no lo cree, sabemos que no». El motivo que señala no es una censura con despacho y sello, sino algo más difuso y más difícil de combatir: el miedo del que escribe.
Elejalde asegura que le han pedido algo tan loco como
Airbag y que ha escrito
dos proyectos que ninguna plataforma se ha atrevido a comprar. Su diagnóstico: «antes la censura la gestionaba la derecha y te decían el plano de los senos fuera, a día de hoy es el guionista el que se autocensura». Y se autocensura, añade, porque teme que Netflix, Movistar, Atresmedia o TVE no le compren el guion.
La lista de comprobación que se cuela en cada guion
El núcleo de su queja no es la presencia de minorías en pantalla, que da por buena. Es la cuota. «Está bien que en todas las películas aparezca alguien de raza negra o de raza oriental o lo que sea», concede, pero sostiene que no puede ser que cada película tenga que llevar «un chico con síndrome de Down, uno que tiene un muñón, otra que habla azí con la z, otro que es transexual». Su conclusión:
tampoco es fiel reflejo de la sociedad.
La frase que resume el mecanismo es la del guion que vuelve con correcciones: «aquí me falta un transexual, un tullido, un tío con síndrome de Down y un paquetito de preservativos en la mesita de noche». Una descripción que, más que una denuncia ideológica, suena a descripción de proceso industrial: la plataforma no compra una historia, compra una historia que cumpla unos mínimos verificables.
¿Por qué el guionista se censura antes de escribir?
Porque el que paga tiene una parrilla que llenar y un riesgo reputacional que evitar. En el análisis que recorre la conversación se apunta a que la autocensura no nace de una prohibición legal, sino de la
asimetría de poder entre el creador y la plataforma: el guionista necesita la venta y la plataforma necesita el contenido, pero solo uno de los dos puede permitirse decir no. El resultado es un filtro previo que nadie firma y que todos aplican.
Hay quien va más allá y sostiene que esto no es nuevo, solo ha cambiado el catecismo. La tesis que más recorrido tiene entre los escépticos es que
Airbag tampoco era transgresora en su momento: se burlaba de la Iglesia, de la Guardia Civil, de los conservadores y de los políticos, y los retrataba a todos como puteros y drogadictos. Es decir, cumplía con la lista de la época. Si entonces no hubo que censurar nada, viene a decir este argumento, es porque todo encajaba en lo que el sistema promovía.
El cine español como extensión de la subvención
El otro frente que se abre es el económico. La conversación deriva rápido hacia el modelo de financiación: un sector que, se argumenta, depende de ayudas públicas y de la compra de las televisiones, y que por eso mismo no responde a taquilla sino a criterios de quien firma el cheque. La crítica recurrente es que
el cine que se financia con dinero público no necesita público, y que eso lo desconecta de cualquier demanda real.
En ese marco, la excepción que se cita siempre es la misma: Santiago Segura y su
Torrente, capaz de llenar salas sin depender del circuito subvencionado. El contraargumento es que el cine también proyecta imagen de país y que renunciar a él es renunciar a un activo de soft power, aunque quien lo defiende admite que la influencia cultural hoy la marcan las producciones estadounidenses y no las europeas.
El péndulo y la sospecha de que no vuelve
La lectura más repetida es que esto es un péndulo: la corrección política llegó, se instaló y ahora empieza a resquebrajarse porque hay voces que la señalan. La duda que queda flotando es si el retorno será a la normalidad o a otra cosa.
Nadie apuesta por que el guionista recupere la libertad de escribir sin lista, y varios sospechan que el hueco que deje la censura actual lo ocupará otra censura distinta, con otros mínimos y otro catecismo.
Elejalde, mientras tanto, ha dicho lo que ha dicho y no ha pedido perdón. Queda por ver cuánto tarda en rectificar, si rectifica, y si su próximo guion vuelve con la misma nota al margen.