El aviso de Bruselas: la vivienda española vale un 20% de más
¿Cuánto de lo que se paga por un piso responde a lo que ese piso vale y cuánto a la apuesta de que mañana alguien pagará todavía más? Bruselas ha puesto cifra a esa sospecha: una
sobrevaloración media del 20% en el ladrillo español. El aviso, recogido por
El Confidencial, señala un desfase entre los precios y la capacidad financiera real de las familias y deja una pregunta incómoda: si la media es del 20%, ¿a cuánto se están vendiendo los miles de pisos que quedan por encima de esa media? Porque hay quien sostiene que
más de la mitad del parque está sobrevalorado entre un 40% y un 60%.
No es la primera vez que se escucha algo así. La comparación con
2006 aparece a cada párrafo, y casi siempre con el mismo remate: peor que entonces. Entonces el frente era la compra; ahora hay un segundo, el
alquiler, que se ha ido de las manos sin que nadie haya encontrado la manera de devolverlo a su sitio.
¿Por qué sube la vivienda?
La explicación más repetida es de libro: poca oferta y mucha demanda. La oferta se queda corta por una maraña regulatoria que encarece y retrasa cada promoción, mientras la demanda se ha globalizado, con compradores extranjeros de alto poder adquisitivo, jubilados del norte de Europa que buscan clima y capital internacional que trata el ladrillo español como refugio. En España, además, se vive bien: temperatura, comida y un Estado que —se argumenta— no molesta demasiado a según qué actividades.
El contraargumento llega desde el otro lado: si el precio sube es porque alguien paga. Una vivienda vale lo que otro está dispuesto a poner encima de la mesa, y mientras exista esa mano levantada, el vendedor no tiene ningún motivo para bajar. Es la defensa clásica del propietario, y choca de frente con quien sostiene que el precio lo fija la capacidad de pago real, no el deseo. Discusión vieja, resultado idéntico para el que busca piso.
El alquiler: la burbuja que en 2006 no existía
Aquí el diagnóstico se vuelve áspero. En un caso que se relata en el hilo, un
alquiler de 800 euros en Carabanchel —un piso que muchas veces no pasa de zulo— llega acompañado de exigencias de ingresos mínimos de
2.300 euros al mes. La referencia que se atribuye al Gobierno es no destinar más del
30% de los ingresos a alquiler y suministros; por debajo de ese umbral, el inquilino entraría en la categoría de vulnerable y activaría protecciones especiales, según se sostiene en el hilo. Con los precios actuales, buena parte de los hogares quedaría en esa categoría sin haber firmado nada.
A eso se suma una oferta que se disfraza: el alquiler de temporada, las habitaciones sueltas, la vivienda compartida por varias familias con una sábana haciendo de tabique. El inmueble se fragmenta para que cada metro cuadruplique su rentabilidad, y el resultado es que un contrato de alquiler estable se ha convertido en la excepción. Si el mercado laboral aprieta y empiezan los despidos, la ecuación no resiste.
Pisos de los años setenta a precio de casa inglesa
Los números que se manejan dejan la sensación de que el mercado se ha desacoplado de la física. Una vivienda de
70 m² habitables en un bloque de los setenta, sin aislamiento térmico ni acústico, con azotea comunitaria y sin garaje, recibe ofertas de
300.000 euros. En el Reino Unido, una casa de
150 m² con 200 m² de jardín, aislamiento moderno y garaje privado cuesta una cifra comparable. La conclusión que extrae cualquiera: lo que se paga aquí no compra calidad, compra suelo y papeleo.
Hay más ejemplos que se repiten. Un piso comprado en
1967 por 25.600 pesetas se alquila hoy por
1.100 euros al mes. Y en el lado de la obra nueva, las cuentas se enredan: una casa de tres habitaciones, 85 m² y eficiencia energética A se eleva a unos
30.000 euros según un cálculo que otros discuten abiertamente, porque el suelo, las licencias y los impuestos no salen gratis.
El desfase que Bruselas no mide: los sueldos
La sobrevaloración del 20% es solo la mitad del problema. La otra mitad es la capacidad de pago, y ahí el diferencial con el resto de Europa resulta difícil de defender. Hay quien pregunta por qué la sobrevaloración es un problema en España y Portugal y no en Dinamarca o Alemania, y si el desfase real no estará en unos salarios que llevan años sin converger con los de los vecinos. La trampa se resume en una frase que circula: pretender a la vez un salario mínimo a la francesa, sueldos alemanes y precios de otra latitud.
Mientras tanto, el discurso dominante en la calle es el de que no se puede hacer nada: que total, nada va a cambiar; que el que venga detrás apriete los dientes. Es la coartada perfecta para no tocar ni la oferta, ni la fiscalidad, ni el suelo. El problema deja de ser un problema y pasa a ser un paisaje.
Y mientras, la cifra sigue ahí
Tranquilos: el aviso no obliga a nada. Bruselas advierte, el propietario ajusta el precio en su imaginación y el inquilino sigue firmando. Todo funciona exactamente igual, solo que ahora con la sospecha certificada desde fuera.