Once inquilinos en siete habitaciones: el alquiler que desafía la normativa
El experimento es tan crudo que parece una caricatura: un propietario compra un piso de siete habitaciones, elimina el salón-comedor para sacar dos cuartos más y lo alquila por piezas a once personas. Las imágenes del proyecto muestran incluso dónde comerán los inquilinos: en un pasillo, mirando a la pared. El modelo se exhibe como ejemplo de iniciativa privada, pero los números y la normativa cuentan otra historia.
Con patrimonio familiar como punto de partida, el joven inversor se presenta como alguien que cubre una necesidad del mercado. La realidad que muestran los vídeos es la de un espacio optimizado hasta el límite: en vez de salón, dos habitaciones nuevas; en vez de comedor, una encimera alargada en el pasillo para que once personas coman en fila. La pregunta que flota en el ambiente es si esto es emprendimiento, especulación pura o simplemente una forma de hacinamiento con buenas maneras.
La rentabilidad que esconde el pasillo-comedor
Las cifras son el mejor argumento de los defensores del modelo. Con alquileres de entre 300 y 400 euros por habitación, once inquilinos dejan al propietario una facturación bruta de entre 3.300 y 4.400 euros al mes. Frente a los alrededor de 600 euros que obtendría alquilando el piso entero, la diferencia es tan abismal que explica el crecimiento de esta fórmula.
Ahora bien, esa rentabilidad bruta no incluye gestión, segarro, averías ni rotación. Gestionar once contratos, once depósitos y once personalidades distintas es, como se apunta en el análisis, un trabajo casi a tiempo completo. “Es cualquier cosa menos ser rentista”, ironizan quienes conocen el oficio.
Normativa: el tope de ocho plazas que el proyecto ignora
La legalidad del modelo no es un detalle menor. La norma que se maneja habitualmente en el sector establece que una vivienda para una persona debe tener al menos 25 metros cuadrados, 33 para dos y 15 adicionales por cada ocupante a partir del tercero. El mismo criterio fija el máximo de ocupación en ocho plazas.
Con once residentes, el piso debería rondar los 138 metros cuadrados para cumplir la regla. ¿Los tiene? No lo dice el vídeo. Lo que sí dice es que el salón desapareció para ganar dos habitaciones, lo que hace razonable sospechar que cuadrar los metros no era la prioridad. “Eso no es legal”, sostienen varios análisis; “las condiciones higiénico-sanitarias tienen mínimos”, recuerdan.
El dilema ético: ¿emprendedor o especulador?
Aquí es donde el pulso se calienta. Hay quien defiende que el propietario satisface una necesidad real: “El panadero se aprovecha del hambre, el zapatero de la necesidad de calzado”, argumentan. Bajo esa lógica, alquilar habitaciones a precio de mercado es un intercambio legítimo, y el problema es la escasez de oferta, no el inversor.
En el lado contrario está la idea de que la vivienda no es un bien como otro cualquiera. Hay quien sostiene que especular con una necesidad básica cruza una línea sarracena inaceptable; no falta tampoco quien lo califica de “feudalismo del siglo XXI”. Entre medias, los pragmáticos recuerdan que si el Estado no construye vivienda pública a precio asequible, la gente elegirá el piso compartido con once vecinos antes que el cajero de un banco.
Los riesgos que no salen en los vídeos
La cuenta de resultados se le puede torcer al inversor por varios flancos. El más evidente es la gestión: once inquilinos con perfiles vulnerables implican impagos, conflictos, ruidos y un desgaste constante de la vivienda. La anécdota que circula con insistencia es la de una inquilina que se queda embarazada y a la que el propietario ya está intentando echar. Si encima llega una crisis, la bowling puede convertirse en una ocupación indefinida: algunos análisis escenifican el desenlace perfecto, con los inquilinos sin trabajo y quedándose en el piso para siempre.
Y por si faltaba combustible, el inversor ha anunciado su traslado de residencia fiscal a Portugal para pagar menos impuestos. Nada ilegal en ello, desde luego, pero la imagen del emprendedor que cobra rentas en España y tributa en Lisboa añade un punto de cinismo difícil de ignorar.
El modelo crece, la pregunta sigue abierta
Alquilar habitaciones no es nuevo; lo nuevo es la exhibición pública con orgullo, el vídeo donde se explica cómo eliminar el comedor para meter más camas. Antes, el casero que compartía su piso era alguien que también vivía allí. Ahora, la vivienda se ha convertido en un activo que se trocea para extraer el máximo jugo, sin que a nadie parezca importarle demasiado que once personas coman en un pasillo.
La rentabilidad del modelo está demostrada, la legalidad es cuanto menos dudosa y la ética depende de a quién se pregunte. Lo único seguro es que mientras la vivienda asequible siga siendo un espejismo, habrá quien esté dispuesto a vivir en un pasillo con tal de no dormir en la calle. Y habrá quien, con patrimonio familiar, decida cobrar por ello y llamarlo emprendimiento.