Sobraban millones de pisos; hoy falta vivienda
En 2011 el problema no era que faltaran casas: era que sobraban. Los bancos acumulaban ladrillo, la obra estaba parada y millones de viviendas esperaban comprador sin encontrarlo. Quince años después el tablero se ha girado por completo:
no hay stock, apenas se construye y el propietario que podría alquilar prefiere no hacerlo. El mismo sector que se hundió por exceso de oferta vuelve a tensionarse, esta vez por defecto.
El paralelismo con aquel ciclo no es casual, aunque el mecanismo sea el opuesto. Entonces el país arrastraba una resaca de crédito y promoción desmedida. Hoy el cuello de botella está en la escasez, y esa diferencia cambia quién gana y quién pierde.
Qué se parece y qué no entre 2011 y la crisis actual
Hay varias coincidencias que se repiten en el análisis. La primera, el relato oficial: en ambos episodios se insiste en que la situación es
coyuntural y se corregirá sola. La segunda, la indignación de la calle, aunque con distinta intensidad y distinta composición. La tercera, una política monetaria que abarata el dinero y que, según el análisis que circula, acaba aterrizando en los mismos activos de los que ya tenían.
El resto es pura inversión de guion. En 2011
sobraban millones de viviendas vacías —3,4 millones según el cálculo que circula—, los bancos tenían stock hasta las cejas y las grúas estaban paradas. La protesta era airada porque había casas y no se podían pagar. Ahora el problema se formula al revés: no hay donde vivir aunque se tenga nómina.
De los pisos de 40.000 euros al alquiler de 1.100
Ahí está el dato que duele. Según los precios que se citan en el debate, en aquel mercado deprimido se compraban viviendas de segunda mano por
40.000, 50.000, 60.000 o 70.000 euros, y la obra nueva rondaba los 120.000. Un asalariado con trabajo estable podía plantearse entrar. Hoy la ecuación no sale: como ilustran los ejemplos que se mencionan, con un sueldo de 1.300 euros no se paga un
alquiler de 1.100 en Madrid o Barcelona.
La consecuencia social es que el contrato implícito se rompe: estudiar, trabajar, independizarse. La queja que circula no es la del parado de 2011, sino la del ocupado precario que trabaja y sigue sin techo. De ahí que las concentraciones actuales —más flojas que el 15M, y en algunos casos con carteles contra partidos del Gobierno— tengan menos masa y más rabia.
Quién gana cuando el ladrillo escasea
Aquí aparece el ángulo más incómodo: la escasez no perjudica a todos por igual. Hay quien sostiene que el pequeño propietario es el eslabón más débil, mientras el gran inversor espera su momento. Según la observación de un participante, en la obra nueva de su ciudad se ven promociones de más de cincuenta viviendas, todas para alquiler, ninguna para venta, con garaje, piscina y gimnasio incluidos. Producto empaquetado para renta.
También la demanda exterior empuja. La costa mediterránea se vuelve incómoda por el calor y el interés se desplaza al norte, según algunos participantes, donde Suances o Comillas concentran lo poco que se construye, con la población local fuera de precio. A eso se suma el debate sobre el crecimiento de población: hay quien cifra en cinco millones las entradas en cuatro años y lo vincula a la presión sobre bienes y servicios, sin desglosar el cálculo. El capital va donde le conviene.
De si estábamos ante una burbuja o ante una simple sequía de oferta depende que la corrección llegue sola. Si el diagnóstico es escasez, ¿quién construye la vivienda barata que nadie quiere promover?