España ya es el tercer país con mayor riesgo de pobreza de la UE
En 2023 solo Rumanía y Bulgaria registraron peores cifras de riesgo de pobreza y exclusión social que España, que empeora el cuarto puesto del año anterior y no recupera los niveles previos a la pandemia. Los datos de Eurostat apuntan a un estancamiento bajo todos los parámetros, mientras la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, reivindica en el Congreso el escudo social vigente desde 2020. La ministra sostiene que sin esas medidas la tasa se habría disparado hasta el 48% desde el 21% actual. El cálculo choca con la serie histórica: en la última década ningún país de la Unión Europea ha superado el 27%, ni en los peores meses del coronavirus.
Qué dice Eurostat y qué dice el Gobierno
El dato que ordena todo el asunto es la posición relativa. España no solo no mejora, sino que
amplía su distancia con la media comunitaria y se consolida en el podio de la pobreza europea, con Rumanía y Bulgaria como única compañía. THE OBJECTIVE criba las cifras y concluye que la situación se ha estancado en todos los indicadores, incluido el de pobreza laboral, donde España no lidera.
Frente a esa foto fija, el relato oficial se apoya en la contrafactual. Díaz cifra en el 48% la tasa hipotética sin el paquete anticrisis, una cifra que el propio artículo califica de difícil de sostener:
ni Honduras ni Togo sirven de comparación razonable para una economía del euro. La serie de Eurostat, además, nunca ha rebasado el 27% en ningún Estado miembro en la última década. El escudo social, en todo caso, sigue vigente en alimentación y vivienda.
El diagnóstico que se impone: impuestos, Estado y sector privado
Buena parte del análisis económico que circula por los foros de inversión apunta al coste del propio Estado. Se argumenta que
trabajar y generar riqueza está penalizado por una presión fiscal que, sumando impuestos, tasas y cotizaciones, se sitúa en el 60-70% de la renta generada. El empresario aporta la idea y los medios; el trabajador, su tiempo. Si un asalariado cobra 1.200 euros netos y cuesta 2.100 al mes, el diferencial se lo come la estructura.
La otra pata del argumento es la composición del tejido productivo. Se sostiene que la economía española depende en exceso del turismo, un sector estacional y mal pagado, mientras las pymes y los autónomos soportan una carga fiscal creciente. Los datos sobre hidrocarburos —el tramo autonómico declarado ilegal por la UE— se citan como ejemplo de ese laberinto regulatorio. El resultado, según esta corriente, es un país que expulsa talento formado y no retiene mano de obra cualificada:
España es el socio comunitario menos competitivo para atraer y conservar trabajadores, según el material manejado.
Vivienda, jóvenes y la riqueza que se evapora
El Banco de España advierte de que
los menores de 35 años acumulan cada vez menos riqueza: el patrimonio ha caído un 26% en dos años. La formulación importa. Un medio titula «acumulan menos riqueza» donde otro escribiría «son cada vez más pobres». La elección léxica no es inocente y hay quien lo atribuye a la dependencia de la publicidad institucional.
La vivienda aparece como el problema de fondo en casi todos los diagnósticos. Se critica que el debate público se distraiga con el cambio climático, con Milei o con la turboserecha mientras el acceso a un techo se convierte en el gran marcador de clase. La promesa de 140.000 viviendas sociales de Pedro Sánchez se cita con sorna:
ya sabemos que Pedro Sánchez nunca miente.
Inmigración: el debate que se cruza
El asunto migratorio aparece en el material como telón de fondo, no como causa demostrada. Hay quien sostiene que la llegada de población extranjera agrava el gasto público y la presión sobre los servicios; otros recuerdan que España pierde mano de obra formada y que el país se sitúa entre los que más desperdician el talento disponible. La discusión, en todo caso, se plantea como tensión social y económica, no como diagnóstico cerrado.
La política del titular: «al menos no gobierna la extrema derecha»
El consuelo comparativo recorre el debate. Frente al dato de pobreza, la respuesta recurrente es que al menos no gobierna la extrema derecha, una fórmula que algunos leen como síntoma de resignación y otros como coartada. La pregunta que queda flotando es incómoda:
¿cuánto tiempo aguanta una sociedad el tercer puesto de pobreza de su entorno sin cambiar el voto?
Con estos diferenciales, la migración interior debería ser masiva. Sigue siendo marginal. Nadie cuadra del todo por qué.