El enemigo es el Estado: presión fiscal récord y rebelión fiscal
El Estado no es tu amigo. Te quiere para ordenarte y esquilarte, incluso después de muerto. Esa es la tesis que recorre una discusión que arranca con una pregunta incómoda: ¿de qué lado estás? O formas parte del Estado —funcionario, empresa subvencionada, medio que vive de la publicidad institucional— o el Estado vive de ti, te exprime y te saca la sangre. No hay término medio. Y la conclusión de ese forero es tan simple como brutal:
si trabajas por cuenta propia o para una empresa que vive al margen de la impresora, el Estado es tu enemigo.
El diagnóstico no es una boutade de barra de bar. Los datos que se manejan en el intercambio apuntan a una presión fiscal en España que ronda el
39% del PIB, con una recaudación tributaria que ha vuelto a marcar récord histórico y un esfuerzo fiscal ya un
17,8% superior a la media de la UE. La conclusión que extraen los más críticos: el Estado crece, la mayoría del empleo que se crea es empleo público, y eso supone más presión para los que alimentan la bestia.
¿Cómo se combate al Estado si no puedes votarlo fuera?
La receta que se lanza sobre la mesa tiene cuatro patas: salirse del sistema de consumismo para pagar menos impuestos, operar en negro en la medida de lo posible, gastar lo mínimo para que recauden lo mínimo y denunciar la situación. Es la versión doméstica de la desobediencia fiscal.
El deber moral de eludir impuestos, lo llaman algunos, para que los parásitos tengan menos recursos.
El problema, replican otros, es que ya es demasiado tarde. Más de la mitad del país vive del Estado, y eso sin contar las empresas que viven de subvenciones o los medios que dependen de la publicidad institucional. Cuando la mayoría del electorado cobra del presupuesto público, la rebelión fiscal no es una opción: es un suicidio electoral. Y ahí el debate se atasca.
La trampa de la comparación internacional
El intercambio se enciende cuando alguien sugiere que la solución es irse a Chile o a Colombia, donde se pagan menos impuestos. La respuesta es inmediata: eso sí, luego no es como en España a la hora de ponerse malo o jubilarse. Y cuando se menciona Suiza, Dinamarca, Andorra, Singapur o Alemania como paraísos de baja fiscalidad, el corrector entra en acción:
Dinamarca tiene más impuestos que España, es considerado el país con más presión fiscal del mundo, y Singapur no te atiende en sanidad siendo extranjero.
El matiz técnico que desmonta el argumento de la comparación por porcentajes sobre PIB es el siguiente: dos países con cien ciudadanos cada uno, uno recauda 200 y otro 100. Parece que el segundo tiene menos impuestos. Pero si en el primero todos pagan medio punto y en el segundo veinte pagan cinco y el resto no da palo al agua,
el segundo es el que sablea a sus trabajadores. España, en esa analogía, es el segundo.
El IRPF que solo castiga a los que producen
El cálculo más repetido es el del ingeniero de alto nivel que cobra 80.000 euros brutos al año. Entre cotizaciones e IRPF, le roban más de 50.000. La respuesta oficialista es que los tramos del IRPF hacen que la mayoría pague bastante menos porque los sueldos son bajos. El contraataque es demoledor: si esos 50.000 euros anuales se invirtieran en el S&P 500 durante treinta años, el capital resultante sería muy superior a la pensión que se cobraría. Una destrucción del 50% del capital, sin contar la inflación.
El argumento de que la gran mayoría de los trabajadores no ve mal que el IRPF sea progresivo se interpreta como síntoma del cainismo, la envidia y la ignorancia que campan por España.
Al que tenga más que yo, que se lo quiten. Normal que en este país haya anidado el socialismo.
Empresarios contra trabajadores: el falso juego de suma cero
Uno de los análisis más lúcidos del intercambio desmonta la burrada ideológica de pensar que existe un juego de suma cero donde o se está con los empresarios o con los trabajadores. Si a las empresas no les va bien, a los trabajadores no les irá bien. Cuando ganan dinero, contratan más y pagan más. Cuando están jodidas, despiden y pagan menos. Los héroes son los empresarios, y los políticos y sindicatos son los que nos hacen odiarlos.
El contrapunto llega desde el otro flanco: los empresarios no, la tecnología, mucha de ella financiada por el Estado. Y la pregunta que queda flotando: ¿dónde iban a comprar las balas los defraudadores que montaran un ejército, si todos dicen que no tienen dinero?
El Estado como casa común frente al Gobierno como problema
No todos los intervinientes aceptan la premisa inicial. Una objeción recurrente:
el Estado es el solar patrio, las fronteras, los mares, los ríos y las montañas, los campos y los monumentos. El Gobierno es el problema, la socialdemocracia es el problema, los traidores son el problema. El Estado es nuestra casa, literalmente. Sin un Estado fuerte, los señores encargados de sustituirlo no pondrían una policía para controlar a los revolucionarios, ni dejarían de cobrar por ocupar su propiedad.
La contraoferta anarcocapitalista no se queda corta: el Estado es una corporación privada con ánimo de lucro con el monopolio legal de la violencia. Y el diagnóstico más conspirativo del lote: el objetivo es transformar el Estado en crimen organizado, que es puramente lo que tenemos implantado en las colonias del imperio, y ellos denominan democracia.
Con estos mimbres, la predicción es arriesgada. Si la presión fiscal sigue batiendo récords y el empleo público sigue creciendo, la base de contribuyentes netos se estrechará. La rebelión fiscal silenciosa —operar en negro, consumir menos, ahorrar en activos fuera del radar— puede ganar adeptos. Pero mientras más de la mitad del país cobre del presupuesto, la revolución liberal que algunos invocan seguirá siendo, con reservas, una quimera de foro.