7.500 parados citados para servir mesas en Cantabria: aparecen 70
Un llamamiento para cubrir puestos de
hostelería en Cantabria llegó a 7.500 personas en paro. Respondieron 70. Menos de uno de cada cien. La cifra, recogida en una noticia de
El Correo, bastó para reabrir el pleito de siempre: el de los parados en España que, según el relato oficial, no quieren trabajar. El problema es que ese relato suele omitir la parte incómoda: qué se ofrece a cambio.
Sobre la mesa hay dos hipótesis que no caben en el mismo titular. La primera sostiene que sobra subvención y falta hambre. La segunda apunta a que la oferta era, sencillamente, mala.
Qué se ofrece cuando se ofrecen 7.500 puestos de hostelería
Lo primero que falta en casi todos estos anuncios son las
condiciones reales. Los relatos que se cruzan en el hilo describen turnos partidos que se alargan hasta la madrugada, jornadas de doce horas encadenadas y seis días de trabajo a la semana. Sueldos que rondan los 1.000 euros y, en casos extremos, apenas cinco euros la hora brutos según lo que se sostiene en el debate. Horas extras que no se pagan o jornadas que no se abonan completas.
El desplazamiento tampoco es un detalle menor. Mantener el coche, pagar la gasolina, el aparcamiento y el mantenimiento puede llevarse por delante una parte sustancial del sueldo: hay quien cifra en
100 euros solo el combustible en función de la distancia. Y hay quien apunta que el 30% del salario no basta para alquilar un inmueble en una zona tensionada, con lo que la cuenta deja de salir antes de empezar.
Un comentario del hilo añade otro filtro: una oferta solo se consideraría adecuada si está cerca del domicilio, con un
radio máximo de 30 kilómetros. Fuera de ahí, según esa lectura, rechazarla no es una rabieta.
La tesis de la paguita y su contraejemplo
La explicación más repetida es que el paro se cobra y se vive bien sin dar palo al agua. La acusación tiene munición: un caso recogido por
La Voz de Galicia describe a un parado que ingresaba
60.000 euros al año en depósitos a plazo fijo, lo que basta para alimentar la sospecha de que hay quien no necesita el empleo. De ahí a pedir mano dura contra los desempleados hay un paso, y más de uno lo da.
El contraargumento es incómodo. Muchos parados no cobran prestación alguna, de modo que no hay ayuda que retirarles. Y entre quienes sí la cobran hay perfiles con cualificación superior a la del puesto ofertado a los que no se puede forzar a servir mesas sin vaciar de sentido la política de empleo. Hay una distinción que el ruido se come: una cosa es exigir contrapartida a quien recibe una ayuda y otra, muy distinta, es convertir cualquier empleo en obligatorio.
El sector que necesita parados, no empleados
Ahí está el nudo. La hostelería no busca personal con carrera profesional, busca disponibilidad inmediata para picos concretos. En invierno no hay nada; en verano, urgencia. Y se pretende pagar esa urgencia al precio de una nómina de todo el año. Gran parte de estos sectores no necesitan trabajadores: necesitan parados formados y disponibles tres meses, prescindibles el resto.
A esto se suma un cambio de expectativas que ninguna estadística recoge bien. Una generación que vio a sus mayores aguantar turnos partidos por un sueldo de subsistencia ya no traga con lo mismo. El salario mínimo ha subido y, según uno de los participantes, eso, lejos de cerrar bares en masa, ha sostenido el consumo de las propias terrazas. Sin esas subidas, el cálculo que circula en el hilo es que habrían cerrado muchos más locales.
Lo que se repite en el hilo es que las ofertas siguen ocultando lo esencial. No aparecen los horarios reales, ni los descansos, ni si se pagan las extras. Sin eso, el porcentaje de presentados seguirá siendo el que es.
Quién cubre esos puestos cuando nadie se presenta
Cuando la oferta no convence a la población local, la solución de mercado es traer gente de fuera. Durante años se ha vendido que los migrantes ocupan los trabajos que los nacionales rechazan, y el argumento tiene una trampa:
si el puesto solo se sostiene porque lo cubre alguien dispuesto a aceptar cualquier cosa, lo que falla no es la disposición de los locales, sino el propio puesto.
El patrón se repite, según se apunta en el hilo, en otros países europeos. Los recién llegados aguantan el primer tramo hasta obtener la documentación o los años necesarios para moverse a mejores salarios; después hacen lo mismo que los locales: buscar algo mejor. A la vez, se apunta a una paradoja demográfica —baja natalidad y población que envejece— que debilita los incentivos para remar por 1.000 euros justo cuando más falta haría que alguien remara.
El dato que descoloca
Mientras se discute por qué 7.500 personas ignoran una convocatoria, aparece otra cifra en el mismo contexto y casi nadie la cita:
1,5 millones de españoles no trabajan ni un solo día, según un titular de
El Correo. Ninguna de las dos encaja del todo con la explicación fácil. Si sobran ayudas, no se entiende que muchos parados no cobren ninguna. Si sobran ganas, no se entiende que no llegue al 1% el porcentaje de convocados que acude.