Por qué los pobres rechazan la redistribución que les beneficia
La pregunta parece un contrasentido: si a alguien le conviene que el Estado reparta más, ¿por qué vota en contra? Un análisis clásico de ciencia política desmonta la intuición de que el bolsillo manda. La situación económica individual importa, sí, pero no lo explica todo. De hecho, el apoyo a la redistribución
aumenta entre quienes pierden el empleo o parte de sus ingresos, aunque no está claro si ese efecto es permanente o se desvanece cuando la economía personal se recupera. Y hay un dato que descoloca: entre las personas con menos recursos el respaldo es más homogéneo y depende menos de las creencias que entre las acomodadas.
¿Qué factores no económicos influyen en apoyar la redistribución?
La ideología es el más obvio: la izquierda es más favorable que la derecha. Pero la lista es larga. Las expectativas de ingresos futuros pesan: quien cree que se hará más rico apoya menos el reparto. También la forma de concebir el mundo:
quien cree que la suerte pesa más que el esfuerzo tiende a ser más favorable a redistribuir. Y la percepción sobre los beneficiarios: no se juzga igual la redistribución
hacia los pobres —donde importa si se esfuerzan— que la redistribución
desde los ricos, donde pesan más la envidia o la admiración.
La información disponible también condiciona. Muchas personas de ingresos bajos
sobreestiman su posición en la escala de ingresos de su país; cuando descubren su lugar real, su apoyo al reparto aumenta. La religiosidad juega en contra, sin que ello impida la caridad individual. Y la confianza —en los conciudadanos y en las instituciones— empuja a favor.
El cálculo que desmonta el reparto de los ricos
En el terreno práctico, los números que circulan en el debate son tozudos. Un cálculo recurrente sostiene que si se repartiera todo el patrimonio de las 100 familias más ricas de España entre todos los españoles,
a cada uno le tocarían unos 3.000 euros, asumiendo que ese patrimonio fuera íntegramente líquido, cuando en realidad está en acciones e inmuebles. Después de ese reparto, dicen, la nada. La cifra se usa para argumentar que la redistribución real no vendría de los grandes patrimonios, sino del trabajo y de las pymes.
Hay quien va más allá y sostiene que el Estado se lleva
entre el 70% y el 80% de lo que produce un trabajador sumando cotizaciones, IRPF e IVA. La cifra no está desglosada, pero es el argumento central de quienes rechazan el reparto: si se castiga el esfuerzo, se deja de producir. El ejemplo que se repite es el del hijo que no valora un gasto porque el dinero le llega gratis.
El problema de definir quién es rico
Antes de repartir nada hay que definir a quién se le quita. Y ahí el consenso se rompe. Una parte del análisis sostiene que
se está tratando como ricos a la clase media trabajadora, que es la que de verdad se esquilma. Otra corriente señala que la riqueza real está en los paraísos fiscales y que los primeros interesados en que existan son los propios políticos, que ganan independientemente de que lo hagan bien o mal.
El debate también mira a Europa. Se argumenta que el capitalismo social europeo, el de la clase media, se está destruyendo, y que el resultado es un capitalismo salvaje con una élite muy rica y una masa de pobres que se resigna a serlo. La respuesta desde el otro lado es que en Europa también hay una élite muy rica, la política y sus redes, a la que ni siquiera se le aplican las leyes.
La ecuación ahorro-inversión y el efecto sobre el empleo
El argumento económico más técnico que recorre el debate es el siguiente: si se quita al rico su ahorro para dárselo al pobre, que lo consume, aumenta el consumo y disminuye el ahorro. Por la identidad
inversión igual a ahorro, cae la inversión; si cae la inversión, baja la variación del stock de capital por trabajador; y si eso baja, se frena el aumento futuro de la productividad. La cadena se corta ahí, pero la conclusión implícita es que el reparto empobrece a todos a medio plazo.
Frente a eso, otra lectura sostiene que los ricos gastan en pocos objetos de mucho valor, con lo que la actividad económica que generan es
nula a efectos prácticos: cien personas gastándose el dinero en coches de gama baja generan más actividad que un rico comprándose dos Bentleys. El dinero no desaparece, simplemente cambia de manos y de destino.
Lo que se pierde si no se entra al detalle
El material de fondo contiene un desarrollo largo sobre la isla desierta, los peces y las redes de pesca que ilustra cómo se crea riqueza antes de repartirla, y una discusión sobre la manipulación del tipo de interés como origen de las burbujas. También hay un intercambio sobre el precio del aceite —de 1,44 euros el litro en los folletos de los noventa a 12 euros hoy— que se usa para discutir la inflación y sus causas. Y un cálculo detallado, partida a partida, sobre cuánto se lleva realmente el Estado de cada sueldo, que aquí solo se ha esbozado.
La predicción con reservas es esta: mientras el debate siga centrado en cuánto quitar a los ricos y no en cómo se genera la riqueza que se quiere repartir, el apoyo a la redistribución entre los que menos tienen seguirá dependiendo menos de su bolsillo que de lo que crean sobre el esfuerzo ajeno. Y eso, con los datos disponibles, no tiene pinta de cambiar pronto.