«Nos faltan ingenieros y podemos pagar millones»: nadie los cobra
La oferta llevaba el nombre de programador junior y una nómina de 1.100 euros netos al mes. Las funciones, sin embargo, eran de senior: asumir proyectos, responder ante el cliente, firmar entregas. El candidato se negó a firmar. Ese episodio mide la distancia entre lo que promete el discurso empresarial y lo que acaba apareciendo en la cuenta corriente.
El presidente del Instituto de Empresa Familiar, que es también presidente de Sener, lo resumió así: faltan ingenieros y ya se les puede pagar «millones». El mercado técnico español responde con otra cifra. Y ya en los años 80 se anunciaba algo parecido de una profesión que iba a ser de triunfadores: «Nos faltan informáticos y ya podemos pagar millones, no encontramos suficientes». El final de aquel aviso es conocido.
De 60.000 euros brutos a 35.000 netos: la cuenta que nadie enseña
Un ingeniero que firme 60.000 euros brutos al año no cobra 60.000. La retención del IRPF se dispara por encima de ese umbral, hasta un 45% sobre la parte que excede, y el líquido real ronda los 35.000. Sobre ese neto cae después la fiscalidad indirecta cada vez que se compra algo, se pone la calefacción o se llena el depósito. El margen disponible queda bastante lejos de lo que sugiere la palabra «millones».
Cuando el candidato acumula quince años de experiencia, la comparación con el mercado alemán es despiadada. Hay quien ha dejado de contestar a los reclutadores porque la gran mayoría de ofertas se quedan por debajo de lo que ya ingresa, y algunos intentan compensar la diferencia con el argumento de que el proyecto es «atractivo». El desglose completo, partida a partida, arroja un disponible que sorprende a quien solo mira el bruto.
El caso Sener: kilometraje, sábados y sueldos fuera de convenio
Sener da nombre al instituto que preside el autor de la frase, y su reputación laboral sale a relucir con detalle. Un relato describe la primera semana, cuando una secretaria pregunta si se va a trabajar el sábado; esas horas no se cobran. Otro narra un viaje Madrid-Murcia de ida y vuelta en el día, más de 800 kilómetros, con coche de alquiler recogido la tarde anterior y devuelto al fichar.
Hay quien califica a la compañía de «cárnica» con ínfulas de contratista de defensa y quien sostiene que en un supermercado se gana más reponiendo lineales. La queja no va contra la ingeniería nuclear o aeroespacial que la firma dice cultivar, sino contra el modelo: perfiles con doctorado y entre cinco y diez años de experiencia en diseño térmico, electromagnético o satélites pagados como recién licenciados.
España ya tiene más ingenieros por habitante que Italia o Francia
La paradoja es cuantitativa. Los datos atribuidos a un reconocimiento de la Universidad Politécnica de Madrid indican que España tiene más ingenieros por habitante que Italia o Francia y que se acerca a Alemania, la locomotora industrial europea. A la vez, el peso del PIB industrial habría caído en torno a cinco puntos en veinte años.
Existe el talento y falta la demanda al precio ofertado. Eso deja una conclusión incómoda: lo que escasea no son ingenieros, sino empleos industriales que paguen la formación que exigen. El propio relato oficial menciona que se necesitarán 200.000, una cifra que circula junto al retroceso industrial y que nadie ha conciliado del todo.
El proyecto a un tercio del precio y el reciclaje a profesor
Sobre el salario pesa además la deslocalización. Se describe la práctica, cada vez más extendida, de encargar el diseño a empresas de ingeniería de terceros países que entregan a una fracción del coste de una ingeniería europea barata. Después, dos o tres veteranos reparan el desaguisado. En el reparto de medallas, el mérito es de quien contrató más barato y las culpas, del departamento técnico.
El rastro se ve en los institutos, llenos de ingenieros reciclados a profesores de matemáticas, ciencias o tecnología, y en las plantillas de bomberos y policía. Se calcula que la vida profesional de un ingeniero en España rara vez supera los quince o veinte años antes de que el desgaste obligue a buscar otra salida.
Qué cobra el techo de la investigación pública
El máximo organismo público de investigación sirve de espejo. La pregunta que circula sobre lo que gana un científico del CSIC, ¿25.000 o 30.000 euros brutos al año?, topa con la misma pared: si el techo de la I+D pública se queda en esa franja, la promesa de «millones» describe un mercado que, a la fecha de estas discusiones, no aparece.
Y un detalle cierra el círculo: con ofertas de 100.000 euros al año, sostiene quien conoce el sector, habría colas que darían la vuelta a la manzana. La empresa que asegura poder pagar «millones» sigue sin encontrar suficientes candidatos.