Uno de los autores más influyentes de la filosofía norteamericana y de la literatura anglosajona es George Santayana (Jorge Ruiz de Santayana).
Nacido en Madrid en 1863, con ocho años de edad, sin saber inglés, se traslada a Boston con su familia.
En 1882 ingresa en la Universidad de Harvard, donde será profesor y catedrático. En 1912, tras 30 años como docente y en la cumbre de la intelectualidad yanqui (formó parte de la llamada Edad de Oro de la Filosofía en Harvard), se retira de improviso a pesar del empeño de la universidad por retenerle, y se va a Europa (donde había vuelto anteriormente, a España algunos veranos y a Berlín y Londres becado por la universidad). La herencia recibida de su padre ese año le permite dedicarse a su obra filosófica y de crítica literaria sin depender de la docencia.
"Estoy harto de América, de los profesores y de las profesoras...", escribió a su hermana.
Huye de Inglaterra cuando es propuesto para incorporarse como profesor en el Corpus Christi College de Oxford.
Tras residir en distintas ciudades europeas se instala finalmente en Roma (1920), donde muere en 1952 con 88 años de edad. Unas semanas antes sufre una fatal caída en las escaleras del Consulado de España en Roma, donde acude a cumplimentar los papeles que le permiten renovar la nacionalidad española, que en todo momento se cuida de conservar (su única novela, The Last Puritan, no consiguió el premio Pulitzer al no tener la nacionalidad norteamericana que nunca quiso aceptar).
Son populares sus aforismos, como "Quien olvida la historia está condenado a repetirla"; "Sólo los perecid han visto el final de la guerra"...
El último puritano (1935):
"Los antiguos calvinistas, pensó Oliver, no habían sido lo bastante puritanos; la única manera de ser puro era por amor a la naturaleza; pero en aquéllos todo había sido un cálculo mezquino de superstición y avaricia y venganza; venganza contra todo el que era más feliz y mejor que ellos. Se habían complacido en suponer que por lo menos Dios, ya que no los demás, les tenía en particular estimación; que había enviado a Moisés y a Cristo expresamente para advertirles los peligros que les aguardaban, de manera que pudieran escapar a tiempo de la casa que ardía y tomar todas las primeras filas de butacas en el nuevo teatro. No atreviéndose a llamar suyas sus propias almas, se esforzaban por tenerlas bien tapadas, mientras trataban de adivinar, de un modo subrepticio, la voluntad de Dios, a fin de conformarse a ella y estar siempre con el ganador. Pero Dios se había reído de ellos y los había burlado. Realmente, no era posible saber en qué dirección iba a derivar el universo. Aquellos sarracena empedernidos eran idólatras, que adoraban sus propias fantasías y se hipnotizaban con sus propias palabras."