Diez años sin Gustavo Bueno: el sistema filosófico que nadie digiere
Se ha cumplido una década de la muerte de Gustavo Bueno y, de haber seguido entre nosotros, el filósofo asturiano habría soplado 102 velas. No es el único dato que invita a la reflexión: diez años después, su figura sigue generando adhesiones casi religiosas y rechazos frontales, sin término medio.
El materialismo filosófico de Bueno no fue una pose. Con el cierre categorial, la teoría de que cada ciencia constituye sus propias categorías, aspiró a levantar un sistema total frente al espiritualismo y la posmodernidad importada. De esa maquinaria salieron también la distinción entre imperios generadores e imperios depredadores, un esquema que circula hoy más que nunca.
El problema es que su obra no admite lecturas tibias. Para unos, Bueno fue un constructor de sistema de primer orden, capaz de dar coherencia a una filosofía materialista en un país reacio a ella. Para otros, su sistema pagó un precio altísimo: encapsulado, autocomplaciente, casi escolástico, con tendencia a expulsar a quien no aceptara el conjunto completo.
A eso se suma la acusación de esencialismo biológico, de reducir lo humano a la materia orgánica. Es una crítica seria, lanzada contra su obra por algunas corrientes, pero la petición de pruebas textuales no obtuvo respuesta y la polémica sigue en el aire. Quienes defienden su legado la consideran una lectura superficial. La escuela de Oviedo, heredera de su pensamiento, sigue alimentando el pulso.
¿Genio o dogmático? El aniversario no ha resuelto nada. Eso, probablemente, es lo más fiel que existe a Gustavo Bueno: la imposibilidad de leerlo sin tomar partido.