La resurrección de Lázaro, una obra maestra del mal olor
El arte cristiano la pintó durante siglos como un milagro impoluto. Pero los maestros no dejaron de recordar que Lázaro llevaba cuatro días muerto y apestando. Desde Duccio a Geertgen tot Sint Jans, el detalle que se repite no es la gloria, sino los testigos tapándose la nariz.
Teología visual, no periodismo
Quien busque exactitud histórica en estas tablas va mal. Duccio, en 1310, sigue anclado en el icono bizantino: fondo dorado, rocas de belén, figuras flotando en un espacio que no existe. Giotto, cinco años antes, ya había dado el salto al volumen y al peso. Y, sin embargo, ambos coinciden en lo mismo: el muerto huele. Hasta en un milagro, cuatro días al sol pesan más que la gloria.
Del difunto envuelto al retrato de familia
Fra Angélico, en 1453, viste a Lázaro de vendas hasta parecer un filete rebozado a punto de freír. Michael Pacher, en 1479, lo pinta con la piel verdosa de un cliente del depósito de cadáveres. Y Geertgen tot Sint Jans, en 1480, convierte la escena sagrada en retrato de encargo: mete al donante, a su mujer, a la hija en miniatura y hasta a un perro dentro de la resurrección. El cliente se colaba en la Biblia, que para eso pagaba.
Detrás queda la pregunta incómoda: ¿fue un hecho histórico? La tradición añade que hubo 40 o 50 testigos, una orden de busca y captura del Sanedrín y miles de curiosos llegados de Jerusalén. Los números no cuadran con la arqueología. El milagro, como el difunto, sigue oliendo a pregunta sin respuesta.