Un forero calcula que solo 1 de cada 5 de sus conocidos tiene hijos
Un hombre que está a punto de cumplir 35 años hizo el recuento de su círculo más cercano: parejas de amigos, vecinos del barrio, compañeros del colegio y del instituto, conocidos de entre 30 y 40 años. El resultado, según su propio cálculo, es que
solo una quinta parte tiene descendencia. Y de ese 20%, la mayoría se ha quedado en el hijo único. Una sola pareja, con los dos miembros ya en la cuarentena, va a por el tercero. El resto lo descarta: pereza, edad, falta de estabilidad. La pregunta que lanza al aire es la que sobrevuela toda la conversación:
¿qué va a ser de ese 80% que nunca tendrá descendencia? Herencias, cuidados, pensiones.
El recuento no es una estadística oficial, pero algunos participantes lo relacionan con los datos que manejan los demógrafos. La conversación derivó rápido hacia el terreno de siempre: la natalidad como síntoma, no como causa.
Por qué se tienen menos hijos a partir de los 35
La edad media del primer hijo se ha desplazado hasta la treintena larga. En el entorno descrito, varios casos lo confirman:
una pareja que esperó a los 32 y 33, otra que se casó a los 27 y tuvo el primero con 28, y un grupo donde los hijos llegaron todos a la vez, con los padres ya cerca de los 40. La pauta se repite: se espera a la estabilidad laboral, a la pareja consolidada, a la casa. Y cuando todo llega, el reloj biológico ya ha empezado a correr en contra.
Hay quien sostiene que la causa es puramente económica.
Trabajos de mierda, pisos carísimos, jefes indeseables y una vida propia que se reduce a la mínima expresión. ¿Cómo traer a un hijo a ese panorama? La pregunta no es retórica. Otra parte del análisis apunta a un cambio cultural más profundo:
la historia de estudiar, trabajar, comprar la casa y tener hijos es una historia antigua. Mucha gente simplemente no quiere. No le gustan los niños, no los aguanta, no está dispuesta a la responsabilidad de por vida.
Los datos que se citan en la conversación apuntan en la misma dirección.
El 30% de las mujeres nacidas en España de 45 años o más no ha tenido hijos, la cifra más alta de la historia. Más de la mitad de las mujeres de 30 a 34 años no ha tenido aún hijos. Entre las de 35 a 39, el porcentaje baja al 27,8%. En las de 40, al 19%. Son cifras que dibujan una tendencia estructural, no un bache coyuntural.
El choque entre los que ven una plaga y los que ven un problema
La conversación se partió en dos desde el primer momento. Un bloque defiende que
la baja natalidad es una buena noticia: somos una plaga, el planeta está superpoblado, la naturaleza acabará equilibrando las cosas. La peste negra dejó a los supervivientes viviendo mejor. El crecimiento de la población solo beneficia a los que quieren más soldados y más consumidores.
El bloque contrario responde con un argumento que no es demográfico sino económico:
los genios que te salvan el culo son un porcentaje ínfimo de la población. Si la población se reduce demasiado, te quedas sin gente que valga. Y añaden un dato que descoloca: la comida sobra, caben muchas más personas sin problemas. Lo que falta no son recursos, es voluntad.
En medio de ese choque aparece un tercer diagnóstico, más incómodo: el problema no es que bajen los nacimientos, sino
quién los tiene. Se argumenta que la población total crece por la llegada de personas migrantes, mientras la natalidad autóctona se hunde. La consecuencia, según esta lectura, es una sustitución demográfica que nadie está abordando de frente.
El cálculo que nadie quiere hacer: herencias, cuidados y pensiones
La pregunta inicial sobre qué será de ese 80% sin descendencia no encontró una respuesta cerrada. Pero el subtexto económico es evidente.
Sin hijos no hay cuidadores naturales, no hay herederos directos, no hay quien sostenga la pirámide de pensiones. Y el sistema, tal como está montado, depende de que cada generación sea al menos tan numerosa como la anterior.
Hay quien ve en esto una oportunidad. Menos gente, menos gasto, menos condicionamientos.
No tener hijos te posiciona más arriba de lo que te toca, dejas de tener tantos gastos y ataduras. La utopía que se dibuja en algunos mensajes es una España de 25 millones de habitantes, casas baratas, trabajo sobrante, nadie pagando pensiones a viejos ni manteniendo funcionarios. El problema, admiten incluso los más optimistas, es que ese ajuste no se hace solo: alguien tiene que ocupar el hueco.
El punto exacto donde el análisis se atasca es siempre el mismo. La natalidad baja no es un fenómeno aislado: es la consecuencia de un modelo laboral, de un precio de la vivienda, de una cultura del esfuerzo que ya no compensa. Y mientras tanto, el reloj sigue corriendo para los que aún se lo plantean.